Día Internacional del Orgasmo Femenino

“No somos actrices”: por qué tantas mujeres siguen fingiendo orgasmos

Hablar de sexo sigue siendo más fácil que hablar de placer. Y cuando se trata del femenino, los silencios, los mitos y las expectativas continúan pesando

Durante décadas, el placer femenino apenas tuvo espacio en la conversación sexual. El cuerpo de la mujer se entendió desde la reproducción, mientras que el deseo y el disfrute quedaban relegados a un segundo plano. Ese aprendizaje, aunque la sociedad haya avanzado, todavía deja huella.

La psicóloga y sexóloga María Marcén explica que la prioridad histórica del placer masculino no es casual. “Venimos de ahí. No es algo que haya aparecido de repente, sino el resultado de una herencia cultural y educativa en la que el placer masculino siempre ha ocupado el centro y el femenino ha quedado escondido”, señala. Durante mucho tiempo, recuerda, “ni siquiera se contemplaba que la mujer tuviera que sentir placer”.

A esa herencia se suma una realidad cotidiana que también puede dificultar el deseo: la carga mental. Marcén apunta que muchas mujeres viven pendientes de los hijos, la casa, el trabajo y una lista interminable de responsabilidades. “Si nuestro cerebro tiene constantemente encendido el interruptor del estrés, el otro tiene muy poco espacio para activarse”, explica en referencia al placer.

El resultado es que muchas mujeres siguen entrando en las relaciones sexuales más preocupadas por que la otra persona disfrute que por preguntarse qué necesitan ellas.

El sexo no termina en la penetración

Uno de los grandes problemas, según las expertas, está en los modelos sexuales que todavía se transmiten. El coitocentrismo continúa situando la penetración como centro del encuentro y convierte todo lo demás en una especie de complemento.

Marcén advierte de que todavía persisten numerosos mitos. Uno de ellos es la idea de que una relación sexual funciona únicamente cuando ambos alcanzan el orgasmo al mismo tiempo. “Eso hace que muchas mujeres dejen de conectar con lo que están sintiendo porque están pendientes de cumplir una expectativa”, afirma.

También pesa la imagen irreal del orgasmo que transmiten determinadas películas o la pornografía. “Seguimos teniendo una idea muy poco realista de cómo tiene que ser el orgasmo femenino; que tiene que ser espectacular, muy evidente, con determinados gestos o reacciones”, apunta.

En ese imaginario, además, el clítoris continúa siendo el gran olvidado. Marcén recuerda que para muchas mujeres es fundamental durante toda la relación sexual, frente a un modelo que sigue colocando la penetración como objetivo principal.

Cuando no sabemos hablar, tampoco sabemos pedir

La educación sexual recibida tiene mucho que ver con esta dificultad. Se ha hablado durante años de reproducción, anticonceptivos o infecciones, pero mucho menos de deseo, placer, conocimiento corporal o comunicación.

“Yo diría que lo condiciona casi todo”, sostiene Marcén. “Nos han enseñado a evitar riesgos, pero no a conocer nuestro cuerpo.” Y ese desconocimiento puede acompañar a las mujeres durante distintas etapas de su vida, desde el ciclo menstrual hasta el embarazo, el posparto o la menopausia.

La sexóloga Nayara Malnero coincide en que el problema también está en la falta de conocimiento propio. “Muchísimas mujeres ni siquiera saben cómo disfrutar de sí mismas porque no se conocen lo suficiente”, afirma. Para ella, esa falta de aprendizaje termina teniendo consecuencias en la vida íntima: “Acaban viviendo vidas íntimas muy tristes y perdiéndose una parte muy importante de su vida”.

Malnero pone además el foco en una creencia especialmente dañina. Pensar que el orgasmo femenino es más difícil que el masculino. “Es una auténtica absurdez a nivel anatómico y a todos los niveles”, asegura. El problema, explica, es que cuando una mujer parte de la idea de que le va a costar más, puede terminar invirtiendo menos tiempo y esfuerzo en descubrir qué le produce placer.

Fingir para agradar, fingir para terminar

Quizá uno de los síntomas más claros de esta desigualdad sea el orgasmo fingido. No siempre responde al mismo motivo. A veces busca evitar decepcionar; otras, simplemente poner fin a un encuentro que no está resultando satisfactorio.

Marcén asegura que escucha ambas situaciones en consulta. “Muchas lo hacen porque sienten que así la otra persona va a pensar que todo ha ido bien”, explica. Durante años, el orgasmo femenino se ha convertido incluso en una especie de certificado del buen desempeño masculino.

Pero también existe otra realidad: “Muchas mujeres fingen simplemente para que el encuentro termine”. Puede ocurrir porque no les gusta lo que está pasando, porque han desconectado o porque sienten que siguen un guion del que no saben cómo salir.

Malnero es todavía más contundente al describir esta dinámica: “No sabemos tener orgasmos, pero pensamos que tenemos que tener orgasmos para ellos para que se sientan bien”. Y lanza una advertencia sobre las consecuencias: “No somos actrices”. Fingir, sostiene, no solo impide comunicar lo que realmente se necesita, sino que puede hacer que la pareja crea que está haciendo algo bien cuando en realidad no es así.

Hablar de placer también es educación

Romper con esta dinámica no pasa únicamente por enseñar cómo alcanzar un orgasmo. Pasa por lograr que las mujeres conozcan su cuerpo, identifiquen sus deseos y puedan expresarlos sin vergüenza. Y también por enseñar que el placer de una persona no debería estar construido sobre la renuncia de la otra.

“Creo que el placer de ambos es igualmente importante”, resume Malnero. La cuestión, añade, es que “si nosotras no reivindicamos nuestro placer y a ellos nadie les ha enseñado tampoco, pues claro, acabamos muy mal todas las partes”.

En el Día Internacional del Orgasmo Femenino, la conversación va mucho más allá del orgasmo. Habla de educación, de comunicación y de una sexualidad en la que disfrutar no sea una obligación ni una actuación. Porque quizá el primer paso para dejar de fingir sea, precisamente, poder decir sin miedo qué queremos.

 

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