¿Puede un cronómetro explicar el daño de una agresión sexual?
La frase aparece en la sentencia con una frialdad mayúscula; “ha de ponderarse que la acción presenta una ejecución de muy breve duración”. Esa valoración ha sido determinante para que la Audiencia Provincial de Palma imponga la pena mínima legal, seis años de prisión, a un hombre que penetró a una mujer dormida tras una fiesta en su casa, en Palma. La víctima despertó sobresaltada, él se detuvo y abandonó la habitación. La justicia considera probada la agresión sexual, pero el tiempo, ese cronómetro que aparece en el fallo, ha pesado.
Los hechos ocurrieron la madrugada del 30 de julio de 2023. Tras una celebración con amigos, la mujer se fue a dormir con su pareja; estaba cansada, había bebido alcohol y eran cerca de las cinco de la mañana. El acusado, que también se encontraba en la vivienda con su novia, entró en el dormitorio, le bajó el pantalón y la ropa interior y la penetró sin consentimiento. Cuando ella despertó y comenzó a llorar, él cesó. El ADN hallado en la ropa interior de la víctima corroboró su relato y un mes después, el hombre fue detenido.

La sentencia reconoce la “indudable gravedad inherente a toda agresión sexual”, pero subraya que la ejecución fue breve y que no concurren agravantes. La horquilla penal para este delito oscila entre seis y doce años y el tribunal optó por el mínimo, y fija una indemnización de 6.000 euros.
El tiempo en el centro del debate
La resolución ha reabierto una cuestión que trasciende lo jurídico y entra de lleno en lo psicológico y lo social, ¿Puede medirse el daño de una agresión sexual con un reloj? ¿Tiene sentido vincular la intensidad del trauma a la duración del ataque?
Para el psicólogo especializado en violencia de género José Antonio García, la respuesta es tajante. “No existe una relación lineal ni directa entre el tiempo que tú estás expuesto a una agresión sexual y la magnitud del trauma que puedas desarrollar”, afirma. “Una agresión de pocos minutos, incluso de pocos segundos, puede desembocar en un trastorno de estrés postraumático complejo”.
García explica que el trauma no depende del cronómetro, sino de cómo reacciona el cerebro ante una situación percibida como amenazante. “Tenemos una estructura que se llama amígdala, que es como el botón del pánico. No hace falta mucho tiempo para que salte. Y cuando salta, se activa todo el engranaje del miedo”, detalla.
Esa reacción puede darse en cuestión de segundos. “Una agresión muy prolongada puede no generar ese impacto, y una muy breve sí. Porque el trauma no es el evento en sí, es cómo cada persona lo vive y lo procesa”.
La onda expansiva del trauma
El psicólogo recurre a una metáfora para explicarlo: “Tú tiras una piedra al lago y no te fijas en el tiempo que tarda en tocar el fondo. Te fijas en la onda expansiva que genera”. Esa onda, dice, es lo que permanece en las víctimas. “Cuando ellas llegan a consulta, rara vez te hablan del tiempo. Te hablan de la pérdida de control sobre su vida, de la indefensión, de la inseguridad constante. De que miran a los lados cuando van por la calle, de que no pueden dormir, de que tienen pesadillas, ataques de pánico, pensamientos intrusivos”.
García insiste en que lo que pesa no es cuánto duró la agresión, sino las consecuencias posteriores; “la hiperalerta, el insomnio, la irritabilidad, el sobresalto exagerado, la culpa, la vergüenza, el miedo a volver a mantener relaciones sexuales, incluso problemas físicos como vaginismo o dispareunia derivados de la memoria corporal del trauma”. Y añade una reflexión clave: “Lo que realmente preocupa a la víctima no es cuánto duró la agresión, sino cuánto tiempo va a tardar en volver a ser ella”.
Cultura de la violación, minimizar desde el lenguaje
Para el psicólogo, hablar de agresiones sexuales “muy breves” tiene un efecto que va más allá de lo semántico. “Cuando se pone el foco en que duró poco tiempo, no solo se minimiza, es que se elimina el impacto psicológico”, sostiene. “Se está haciendo un catálogo en el que el tiempo es el criterio principal, cuando sabemos que eso no funciona así. Es un error científico y, además, una negligencia ética”.

García vincula esta forma de analizar los hechos con una mirada social más amplia. “Esto conecta directamente con la cultura de la violación, que tiende a justificar al agresor minimizando el impacto en la víctima. Se busca el prototipo de agresión violenta en un callejón oscuro, cuando la mayoría de agresiones ocurren en entornos conocidos, sin esa violencia explícita, y donde muchas mujeres se quedan paralizadas”. En este caso, recuerda, la víctima estaba dormida en su propia casa tras una fiesta. “Esa es la realidad de muchas agresiones sexuales. Y son igual de reales”.
La justicia y la percepción social
La sentencia puede ser recurrida ante el Tribunal Superior de Justicia, pero el debate ya está en la calle. No solo por la condena mínima, sino por el mensaje que puede trasladar. “Lo peligroso de este tipo de resoluciones es el impacto social”, advierte García. “Puede generar la idea de que un ‘error de cinco minutos’ arruina la vida a un hombre, y al mismo tiempo que una violación de cinco minutos no es tan grave para una mujer. Y eso es devastador”.
Porque, concluye, el foco nunca debería estar en el cronómetro. “La violencia sexual es un ejercicio de poder. Arrebatarle a una mujer la soberanía de su cuerpo, aunque sea durante diez segundos, es suficiente para causar una herida psicológica devastadora”. Para el psicólogo, la clave está en la formación y en la escucha. “Hace falta que quienes juzgan escuchen a las víctimas, que comprendan cómo funciona el trauma. Cuando se entiende eso, las sentencias cambian”.
Mientras tanto, en este caso, la justicia ha dictaminado que la agresión fue probada, que hubo violación y que merece cárcel. Pero también ha dejado por escrito que fue “muy breve”. Una expresión que, fuera del papel, resuena con una intensidad que no entiende de segundos.
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