Durante décadas, la investigación sobre violencia sexual ha puesto el foco casi exclusivamente en las víctimas. Les ha preguntado qué ocurrió, por qué no denunciaron, cómo reaccionaron o qué secuelas arrastran. Mucho menos habitual ha sido dirigir esas mismas preguntas hacia quienes ejercen la violencia. ¿Qué hacen algunos hombres cuando una mujer dice que no quiere mantener relaciones sexuales? ¿Cómo reaccionan ante una negativa? Un estudio publicado este año en Journal of Interpersonal Violence decidió invertir la mirada y preguntar directamente a los hombres.
El trabajo, titulado: Aislar, embriagar, intimidar y repetir: altas tasas de coerción sexual contra mujeres reconocidas por hombres jóvenes en encuestas anónima, está firmado por los psicólogos canadienses Lucia F. O’Sullivan y Scott T. Ronis, dos investigadores especializados en sexualidad, consentimiento, coerción sexual y violencia en las relaciones.
El punto de partida de su investigación es claro: para comprender cómo se produce la coerción sexual no basta con escuchar a las víctimas o analizar los casos que llegan a los tribunales. También es necesario conocer qué reconocen los propios hombres cuando se les pregunta directamente, de forma anónima, por los comportamientos que han utilizado para intentar mantener relaciones sexuales con una mujer que no quería.
Una única pregunta y 36 estrategias
Con ese objetivo, diseñaron una encuesta online completamente anónima en la que participaron 2.689 hombres de entre 18 y 34 años residentes en Estados Unidos y Canadá. Todos pertenecían a la población general y respondieron sobre experiencias ocurridas durante los cuatro años anteriores.

Tras recoger la información demográfica, el cuestionario les planteaba una única pregunta: cuántas veces habían utilizado alguna de las 36 estrategias incluidas para conseguir —o intentar conseguir— mantener relaciones sexuales con una mujer que no quería hacerlo o actuaba como si no quisiera.
Las 36 conductas analizadas por los investigadores abarcaban desde formas de presión y manipulación hasta comportamientos de intimidación, el uso de situaciones de vulnerabilidad y violencia física. El estudio analizaba la coerción sexual como un conjunto de comportamientos y no únicamente los casos en los que aparece violencia física.
Entre las conductas más frecuentes aparecía decirle a la mujer “lo que quería oír” para conseguir sexo, una práctica reconocida por el 78,1 % de los participantes. Le seguían insistir repetidamente para que aceptara mantener relaciones sexuales (48,6 %) y pedir ayuda a un amigo, a la pareja o a un grupo de amigos para conseguirlo (46,6 %).
La coerción empieza antes de la violencia física
El cuestionario también recogía formas de manipulación a través de terceras personas. Un 43,8 % afirmó haber utilizado a una amiga para que la mujer se sintiera segura y la convenciera; un 39,3 % dijo haberle asegurado que, en realidad, ella sí quería mantener relaciones sexuales.
Otros participantes reconocieron haberse centrado en mujeres desconocidas porque consideraban que sería más fácil conseguir sexo (37,9 %), haber utilizado a una amiga para facilitar el acercamiento (37,6 %) o haber intentado llevar a la mujer a un lugar privado y bajo su control (37,5 %).
Junto a estas conductas, los investigadores incluyeron comportamientos que implicaban un mayor grado de violencia o el aprovechamiento de situaciones de vulnerabilidad.
El 11,2 % reconoció haber aprovechado que una mujer estaba dormida o somnolienta; el 10 % admitió haber utilizado la fuerza física desde el principio; el 9,4 % haberla inmovilizado físicamente y el 9,3 % haber empleado fuerza causándole dolor.
El 9,2 % dijo haber continuado hasta que ella “lo disfrutara”; el 8,6 % haber utilizado drogas como GHB o roofies; el 8,1 % haber amenazado con avergonzarla o humillarla; el 6,8 % haber amenazado con hacerse daño a sí mismo; el 5,5 % haber usado un arma u otro objeto para intimidarla y el 5,2 % haber amenazado con hacerle daño físicamente.

Casi todos admitieron haber recurrido a alguna estrategia
Los resultados fueron contundentes. El 95,1 % de los participantes afirmó haber utilizado al menos una de las 36 conductas planteadas en el cuestionario. Solo un 4,9 % aseguró no haber recurrido nunca a ninguna de ellas.
Además, las respuestas no describían comportamientos aislados. Quienes reconocieron haber utilizado alguna de estas conductas aseguraron haber recurrido a una media de 8,94 de las estrategias incluidas en el cuestionario y 36 hombres —el 1,3 % de toda la muestra— dijeron haber utilizado las 36 conductas incluidas en la encuesta al menos una vez.
Cuando la coerción termina en una agresión sexual
Los investigadores no solo preguntaron qué conductas habían utilizado los participantes, sino también qué ocurrió después. Según las respuestas de los hombres encuestados, el 65 % de las ocasiones en las que recurrieron a alguna de estas prácticas terminó, según su propio relato, en relaciones sexuales que ellos mismos describieron como forzadas. Es decir, situaciones de actividad sexual sin consentimiento, que constituyen una forma de agresión sexual.
El estudio también analizó qué llevaba a algunos participantes a persistir cuando la mujer no quería mantener relaciones sexuales. El 38 % respondió que continuó porque “estaba excitado”, mientras que el 28 % afirmó que lo hizo porque “se presentó la oportunidad”.
La ausencia de consecuencias percibidas
Otro de los datos recogidos por los investigadores fue la percepción de consecuencias entre quienes reconocieron haber utilizado estos comportamientos. El 70 % aseguró no haber experimentado ningún efecto negativo por sus conductas.
El estudio señala que muchos de estos comportamientos pueden no aparecer reflejados en las estadísticas judiciales, ya que no todos los casos llegan a denunciarse ni todos los participantes que reconocieron estas conductas habían tenido contacto con el sistema judicial.
Los resultados del estudio conectan con los datos de la Encuesta Nacional de Salud Sexual del Ministerio de Sanidad y el CIS. Según esta encuesta, el 28,1 % de las mujeres afirma haberse visto forzada a hacer algo que no quería en una relación sexual. Además, el 13,6 % de los hombres reconoce haber tenido la sensación de haber obligado a su pareja a realizar prácticas sexuales no deseadas. Estos datos muestran que la coerción sexual no se limita a las agresiones que llegan al sistema judicial, sino que incluye un amplio abanico de experiencias que muchas mujeres viven dentro de sus relaciones.
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