Telegram, el agujero negro de la violencia machista

Existen redes organizadas donde la violencia contra mujeres y niñas se comparte, se recompensa y, en ocasiones, se vende

Grupos sobre violencia machista en Telegram
Grupos sobre violencia machista en Telegram

Durante años, la violencia machista en internet se ha presentado como una suma de comportamientos individuales: un hombre que difunde una fotografía íntima, otro que amenaza a su expareja, alguien que crea un vídeo falso con inteligencia artificial. Pero las investigaciones recientes obligan a mirar el fenómeno desde otro lugar.

En Telegram existen espacios en los que esas conductas no solo se producen, sino que encuentran espectadores, administradores, intermediarios y usuarios dispuestos a pagar por ellas. El informe de AI Forensics Harassment as Infrastructure, publicado en abril de 2026, analizó durante seis semanas 16 grupos y canales de España e Italia. Los investigadores estudiaron cerca de 2,8 millones de mensajes y más de 82.000 archivos multimedia.

La magnitud rompe con la idea del caso aislado. La investigación identificó redes que reunían a casi 25.000 usuarios entre ambos países, mientras algunos grupos alcanzaban decenas de miles de miembros. En España, uno de los espacios estudiados llegó a rondar los 25.000 integrantes.

No todos desempeñan la misma función. Hay quienes aportan material, quienes lo solicitan, quienes administran o median y quienes simplemente observan. Pero incluso ese último papel importa: mirar, consumir y permanecer dentro de un espacio también contribuye a mantenerlo vivo.

La mujer como moneda de cambio

El material que circula es especialmente revelador porque las víctimas no suelen ser mujeres lejanas o desconocidas. Son novias, exparejas, amigas, conocidas y, en algunos casos, familiares. Mujeres que confiaron en alguien y cuya intimidad termina convertida en una especie de moneda con la que acceder al reconocimiento de otros hombres.

La investigación documenta intercambio de imágenes íntimas sin consentimiento, deepfakes, cámaras ocultas, doxxing, la publicación de información privada para identificar o localizar a una persona, acoso coordinado e incluso contenidos relacionados con agresiones sexuales y abusos contra menores.

En algunos chats, además, se anima expresamente a los usuarios a aportar imágenes de sus parejas, amigas o conocidas. La lógica resulta especialmente perturbadora: para ser aceptado dentro del grupo hay que demostrar que se está dispuesto a cruzar una frontera que, fuera de esa comunidad, debería resultar evidente.

Ahí aparece una de las claves del fenómeno. No se trata únicamente de sexualizar a una mujer. También se recompensa públicamente la capacidad de humillarla, exponerla o dañarla. La violencia se convierte en una forma de validación entre hombres.

¿Identidad masculina?

Esta es quizá la parte menos visible de estos grupos y, al mismo tiempo, una de las más inquietantes. El análisis de Lina Betancourt apunta a que estos espacios muestran una identidad masculina profundamente atravesada por la necesidad de reconocimiento. El deseo no parece dirigirse únicamente hacia las mujeres representadas en las imágenes, sino hacia los hombres que observan, comentan y validan la agresión.

La mujer violentada acaba funcionando como intermediaria de una relación entre hombres: es el objeto sobre el que se construye la complicidad masculina.

Por eso, en estos espacios, una fotografía puede valer más que una conversación. Un vídeo se convierte en una prueba. Mostrar que se ha conseguido una imagen de una novia, una expareja o una mujer dormida demuestra ante el resto que se pertenece al grupo y que se está dispuesto a traicionar la confianza de otra persona. La intimidad deja así de ser una relación entre dos personas y pasa a convertirse en espectáculo colectivo.

También hay dinero detrás

La violencia, además, tiene un precio. AI Forensics encontró grupos en los que el acceso a determinados contenidos se cobraba mediante pagos únicos de entre 20 y 50 euros o suscripciones mensuales de alrededor de cinco euros. Se utilizaban diferentes sistemas de pago, entre ellos Bizum, PayPal, Apple Pay y criptomonedas.

Esto transforma radicalmente el problema. Ya no hablamos solamente de usuarios compartiendo contenidos entre sí, sino de una economía alrededor del abuso.

La propia infraestructura tecnológica facilita además que el contenido se multiplique. Los investigadores detectaron bots capaces de generar imágenes sexuales manipuladas mediante inteligencia artificial, mientras TikTok, Instagram y Reddit aparecían como vías utilizadas para localizar o redirigir contenidos hacia Telegram. El abuso, por tanto, no vive encerrado en una única aplicación. Salta de una plataforma a otra.

Telegram como una red que se recompone

Hay otro elemento que dificulta especialmente combatir estas comunidades: cuando un grupo desaparece, la violencia no necesariamente desaparece con él.

El estudio de AI Forensics documentó que algunos canales cerrados reaparecían pocas horas después. Telegram ofrece además herramientas que permiten crear nuevos espacios, distribuir archivos y automatizar determinadas tareas. La red puede fragmentarse y volver a construirse.

La propia compañía sostiene que la pornografía no consentida, incluidos los deepfakes, está prohibida en sus condiciones de servicio y asegura que elimina contenidos dañinos cuando son detectados. Telegram también defiende que emplea moderadores y herramientas de inteligencia artificial para supervisar sus espacios públicos.

Pero las investigaciones plantean una cuestión: si un grupo puede desaparecer por la mañana y reaparecer por la tarde con nuevos administradores y usuarios, ¿basta con cerrar canales? La respuesta parece cada vez más evidente: no.

Cuando lo digital deja de ser “solo internet”

El problema tampoco termina en la pantalla. Una fotografía íntima difundida sin consentimiento puede permanecer circulando durante años. Una víctima puede ser identificada por su entorno, recibir amenazas, sufrir acoso o descubrir que su imagen aparece en lugares que desconoce.

En España, la difusión no consentida de determinadas imágenes o grabaciones íntimas puede constituir un delito contra la intimidad. El artículo 197.7 del Código Penal contempla penas de prisión o multa y agrava determinados supuestos, entre ellos cuando existe una relación afectiva entre autor y víctima, la víctima es menor o existe ánimo de lucro.

Pero la dimensión jurídica convive con otra mucho más difícil de desmontar: la cultural. La Unión Europea ya ha recibido preguntas específicas sobre las redes de violencia machista detectadas en Telegram y sobre la necesidad de evaluar la plataforma bajo el Reglamento de Servicios Digitales. AI Forensics y más de 80 organizaciones reclamaron además medidas europeas contra determinadas herramientas y una respuesta coordinada frente a estas redes.

Porque el verdadero problema no es que exista un grupo de hombres que comparta una fotografía. Es que haya miles dispuestos a mirar, pedirla, pagarla, distribuirla o celebrar a quien la consigue.

Y ahí es donde Telegram deja de ser simplemente una aplicación de mensajería. Se convierte en el escenario donde la humillación de una mujer tiene un precio que algunos hombres están dispuestos a pagar para sentirse parte de algo.

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

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