#Laropahabla

La estética de la respetabilidad, ¿de qué color ocupas tu espacio?

No es que una mujer con una casa minimalista sea más conservadora ni que quien pinta su salón de coral sea más libre. Las personas somos infinitamente más complejas que una paleta de colores. Pero las estéticas sí revelan el clima cultural de una época...

Hubo un tiempo, hace no mucho, en el que parecía que todas queríamos vivir en la misma casa. Paredes blancas, suelos de madera clara, sofás color avena, jarrones de cerámica con ramas de eucalipto, lino lavado. La cocina, si era posible, de piedra natural. Y, por supuesto, ni rastro de un cojín fucsia. O de una pared verde. Estilo escandinavo, lo llaman los medios de comunicación. La nada, opino yo.

Cortesía Casa Vitamina

Lo curioso es que, mientras nuestras casas empezaban a parecerse unas a otras, nuestros armarios seguían el mismo camino. Camisas blancas, pantalones color arena, punto de cashmere, mocasines, americana camel… La famosa estética old money, aunque vistieras fast fashion del más cutre. Durante años pensamos que aquello era simplemente una tendencia surgida tras la pandemia; hoy, inmersa en mi doctorado sobre moda y estética, empiezo a sospechar que era algo más.

Cortesía Coosy

El sociólogo Pierre Bourdieu defendía que el gusto nunca es inocente. Que elegimos aquello que nos permite mostrar quiénes somos, o mejor dicho quiénes aspiramos a ser. Quizá por eso el beige nunca fue solo beige sino una forma de autocontrol, de discreción o incluso de intención de pertenecer a un grupo al que aspirabas. Una estética basada en no llamar la atención.

Pero parece que algo está cambiando. Cada vez veo más mujeres que deciden “ocupar espacio” (no sé si esta expresión de la Generación Z me encanta o me espanta; lo hablaremos). Lo hacen con un vestido rojo en una sala llena de hombres uniformados con trajes azul marino. Con una cocina burdeos, un sofá estampado o simplemente una lámpara amarilla imposible (aunque sea de Ikea). No creo que sea casualidad.

Cortesía Vogana

El historiador del arte David Batchelor lleva años defendiendo que Occidente siempre ha desconfiado del color. Lo ha asociado a lo excesivo, a lo femenino, a lo emocional, mientras reservaba los tonos neutros para la razón, el orden y el prestigio. Dicho de otro modo: aprendimos que la sobriedad era elegante y que destacar podía interpretarse como una falta de refinamiento. Quizá por eso la conversación entre el beige y el color nunca ha sido solo una conversación sobre moda o decoración sino una disposición sobre maneras de estar en el mundo.

No quiero afirmar que una mujer con una casa minimalista sea más conservadora ni que quien pinta su salón de coral sea más libre. Las personas somos infinitamente más complejas que una paleta de colores. Pero sí creo que las estéticas revelan el clima cultural de una época.

Cortesía Casa Vitamina

Después de años en los que admirábamos el control, la perfección y la discreción, parece que empieza a abrirse paso otra aspiración: la de disfrutar (lo que nos dejen). La de vivir en casas que no parezcan un apartamento piloto. La de vestir para expresarnos, no para encajar.

Siempre digo que #LaRopaHabla. Las casas también. En conclusión, nunca discutimos realmente sobre el beige o sobre el rojo: discutimos sobre qué lugar creemos que podemos ocupar en el mundo. Y cuando una mujer deja de pedir permiso para hacerlo, a veces no empieza pronunciando un discurso, empieza comprándose un vestido. O pintando una pared del color que le da la gana.

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