A Ana Mauricia de Austria la cruzaron a Francia el 9 de noviembre de 1615, cuando apenas contaba 14 años. El escenario fue la célebre Isla de los Faisanes, testigo habitual de los intercambios de princesas entre España y Francia. Sin embargo, apenas actuó como espectadora. El verdadero intercambio se realizó sobre las aguas del Bidasoa: desde cada orilla avanzaban alternativamente las embarcaciones, guiadas por cuerdas, mientras una tercera embarcación estaba ocupada por el duque de Uceda, hijo del duque de Lerma, y por el duque de Guisa, por parte francesa, encargados de que la «mercancía» llegara en perfectas condiciones. Los padres de ambas estuvieron ausentes, Ana había perdido a su madre con 10 años y Felipe III no acudió al intercambio.
Las princesas viajaban ataviadas con joyas, ricos tejidos y exquisitos bordados, una demostración de poder para exhibir la calidad del intercambio dinástico. Ana alcanzó a ver de soslayo a Isabel de Borbón, que se dirigía a España para casarse con su hermano, Felipe IV. E Isabel seguramente miró a Ana Mauricia, conocedora de que la boda con su hermano Luis XIII no iba a ser fácil: su madre, María de Médicis, había sido dominante con su hijo Luis y distante con la propia Isabel, una combinación que no presagiaba una convivencia sencilla para la joven princesa española.
Al llegar a Francia, Ana lo hizo acompañada de un séquito español de más de cien servidores, elegido tras tres años de negociaciones entre ambas coronas sobre su número y categoría. La casa de Ana de Austria se convirtió en un pequeño núcleo de poder femenino y diplomático, en el que destacaban mujeres como Inés de la Torre e Inés Enríquez de Sandoval.
La presencia de aquel nutrido séquito español generó inquietud en María de Médicis, su suegra y reina madre de 40 años, experimentada y acostumbrada a ejercer el poder. A Ana con 14 años, se le impuso la presencia constante en sus aposentos de la antigua ama de cría de Luis XIII, quien, según algunas crónicas de la época, «roncaba como un toro». Poco a poco aceptó la incorporación de damas francesas y fue adaptándose a las costumbres locales. Al fin y al cabo, Ana era española y María italiana: dos extranjeras en la corte francesa. Mientras María de Médicis permaneció en el poder, Ana encontró en ella más una tutela incómoda que una verdadera enemiga.
El matrimonio, sin embargo, estuvo marcado por la frialdad de Luis XIII, un hombre reservado y difícil de descifrar que parecía sentirse más cómodo en compañía de sus favoritos que junto a Ana. Entre ellos destacaba Charles d’Albert de Luynes, que había pasado de halconero del rey a hombre de confianza y mano derecha. La joven reina se encontró cada vez más aislada en una corte que la observaba con desconfianza por su origen español y donde fue perdiendo el séquito que había cruzado con ella los Pirineos.
En medio de este escenario, encontró una aliada en Marie de Rohan, duquesa de Chevreuse, una mujer brillante, seductora y hábil en el arte de la intriga. Su amistad proporcionó a Ana la complicidad que no hallaba en su matrimonio, aunque también la situó en el centro de conspiraciones, rumores y enfrentamientos con el poderoso cardenal Richelieu. La reina aprendió pronto que en Francia una carta podía convertirse en un asunto de Estado y una amistad en una amenaza política.
Durante años vivió bajo sospecha. Era española en una corte francesa cada vez más recelosa de los Habsburgo, una reina vigilada y a menudo aislada. A esa atmósfera de recelo contribuyó la sombra de George Villiers, duque de Buckingham, cuyas insistentes visitas a París y la aventura que se le atribuyó, nunca probada, alimentaron los rumores cortesanos y, más tarde, la imaginación de Dumas.
La paciencia terminó jugando a su favor. En 1643 falleció Luis XIII, su “querido marido”, tras casi tres décadas de desencuentros. Su testamento pretendía recortar deliberadamente su poder. Ana intervino rapidamente para que el Parlamento de París lo anulara y le reconociera la regencia plena. Contra todo pronóstico, Ana de Austria gobernó Francia durante ocho años, entre 1643 y 1651. Su influencia se prolongó gracias a Mazarino y a la confianza que siempre le profesó su hijo, Luis XIV.
Fue entonces cuando la relación con el cardenal Mazarino adquirió una dimensión política y personal aún mayor. Entre ambos nació una complicidad tan estrecha que dio lugar a uno de los grandes enigmas de la historia francesa. ¿Llegaron a casarse en secreto? Nunca se ha encontrado una prueba definitiva, pero el rumor recorrió los salones de Europa y ha sobrevivido hasta nuestros días. Lo indiscutible es que fue su principal apoyo en una de las etapas más delicadas de la monarquía francesa.
En su lecho de muerte, consumida por un cáncer de pecho, Ana pidió a su hijo que mantuviera la paz con España y protegiera los derechos de su sobrina y nuera, María Teresa. Era la despedida de una mujer que había pasado medio siglo en Francia sin dejar nunca de ser española. Luis XIV escuchó a su madre, pero no obedeció todas sus recomendaciones. La razón de Estado volvió a imponerse sobre los afectos familiares y Francia continuó escribiendo su historia a golpe de guerras, alianzas y ambiciones dinásticas.
Hoy, sin embargo, muchos la recuerdan por otro motivo. Ana de Austria es la reina inmortalizada por Alejandro Dumas en Los tres mosqueteros: la soberana acosada por las intrigas de Richelieu, vinculada al duque de Buckingham y protegida por D’Artagnan y sus inseparables compañeros. La novela transformó la realidad, pero convirtió a aquella adolescente que cruzó el Bidasoa rumbo a un destino incierto en uno de los personajes más célebres de la literatura universal.

