Bert Hellinger, teólogo: “Eso de amar sin esperar nada a cambio es bonito en los cuentos, la vida real exige un delicado equilibrio”

Bert Hellinger situó la reciprocidad entre los pilares de una pareja y advirtió del desequilibrio que aparece cuando uno da siempre más

Bert Hellinger - Cultura
Una fotografía de archivo del teólogo.
Sistemia Consulting

Hay una idea sobre el amor que resulta especialmente seductora: querer a alguien sin esperar absolutamente nada a cambio. Entregarse sin calcular, cuidar sin reclamar y permanecer incluso cuando la balanza comienza a inclinarse siempre hacia el mismo lado. Bert Hellinger construyó buena parte de su pensamiento sobre las relaciones precisamente alrededor de una visión diferente: el vínculo entre dos adultos necesita reciprocidad.

Una frase ampliamente difundida y atribuida a Bert Hellinger lo resume de una manera contundente: “Eso de amar sin esperar nada a cambio es bonito en los cuentos de hadas. Pero en la vida real, un amor maduro exige un delicado equilibrio entre dar y recibir, porque todo aquello que no es mutuo resulta tóxico”.

Para él, amar no significaba llevar una contabilidad emocional permanente ni devolver inmediatamente cada gesto recibido. Su planteamiento era más profundo. Una relación entre iguales solo puede sostenerse cuando ambos conservan la posibilidad de dar y también de recibir. Si una persona queda convertida permanentemente en quien entrega y la otra únicamente en quien acepta, la propia naturaleza del vínculo cambia.

El equilibrio entre dar y recibir que defendía Bert Hellinger

Bert Hellinger consideraba el equilibrio entre dar y tomar uno de los principios básicos de las relaciones humanas. Dentro de su concepción de los llamados “Órdenes del Amor”, sostenía que recibir algo de otra persona genera de forma natural el impulso de corresponder.

En una relación afectiva, ese mecanismo adquiriría una dimensión particular. Quien recibe algo de alguien a quien quiere no se limita, según su planteamiento, a restituir exactamente lo mismo. Puede ofrecer algo más y provocar así que el intercambio continúe.

Hellinger entendía ese movimiento como una especie de círculo que alimenta la relación. Uno da, el otro recibe y devuelve; el primero vuelve a responder y el vínculo crece a través de esa reciprocidad.

El problema aparece cuando ese intercambio deja de existir.

Una persona puede ofrecer tiempo, atención, afecto, cuidados o renuncias durante meses o años convencida de que hacerlo demuestra hasta dónde llega su amor. Pero si el movimiento sucede siempre en una única dirección, lo que inicialmente parecía generosidad puede acabar generando frustración, resentimiento o una profunda desigualdad entre ambos.

Dar demasiado también puede romper una relación

Uno de los aspectos más llamativos del pensamiento de Bert Hellinger es que no consideraba necesariamente virtuoso entregar siempre más.

Su planteamiento cuestionaba una idea profundamente instalada en el imaginario romántico: cuanto mayor sea el sacrificio realizado por alguien, mayor será también su amor.

Para Hellinger, podía ocurrir exactamente lo contrario. Dar al otro más de lo que quiere o puede devolver introduce un desequilibrio. Quien recibe queda situado en una posición en la que cada vez resulta más difícil responder en condiciones similares.

Pensemos en una relación cotidiana. Una persona reorganiza constantemente su agenda, renuncia a planes, escucha todos los problemas de su pareja y adapta sus decisiones a las necesidades del otro. Al principio puede interpretarlo como una demostración de afecto. Pero si nunca existe un movimiento parecido en sentido contrario, llega un momento en el que ambos ocupan lugares completamente distintos dentro de la relación.

Uno se convierte en quien siempre cuida. El otro, en quien siempre es cuidado.

La reciprocidad no significa hacer exactamente lo mismo, sino sentir que los dos participan en la construcción del vínculo.

Amar sin esperar nada a cambio no significa aceptar cualquier cosa

Ahí reside precisamente la fuerza de la frase atribuida a Bert Hellinger. La idea de “no esperar nada a cambio” puede resultar hermosa cuando se interpreta como una forma de generosidad: ayudar sin reclamar inmediatamente una recompensa, querer sin utilizar el afecto como moneda de cambio o realizar un gesto porque verdaderamente se desea hacerlo.

El problema comienza cuando ese principio se convierte en una obligación permanente.

No exigir una recompensa por cada gesto no significa que una relación pueda sobrevivir indefinidamente sin atención, reconocimiento, presencia o cuidado por parte del otro. Existe una distancia importante entre amar generosamente y asumir que el amor debe ser unilateral.

La primera opción deja espacio a la libertad. La segunda puede transformar la entrega en desgaste.

Desde esta perspectiva, esperar cierta reciprocidad no convierte necesariamente una relación en interesada. No se trata de llevar una cuenta exacta de quién llamó más veces, quién preparó la cena o quién hizo el último sacrificio. Se trata de percibir que existe un movimiento en ambas direcciones.

Quién fue realmente Bert Hellinger

Nacido en Alemania en 1925, Bert Hellinger tuvo una trayectoria difícil de encerrar en una única profesión. Estudió filosofía, teología y pedagogía y durante 16 años trabajó como misionero de una orden católica entre la población zulú de Sudáfrica.

Posteriormente abandonó la vida religiosa y se formó en psicoanálisis y en diferentes corrientes terapéuticas. Con el paso de los años desarrolló el trabajo por el que acabaría siendo internacionalmente conocido: las constelaciones familiares.

Sus planteamientos alcanzaron una enorme difusión y continúan utilizándose décadas después, aunque las constelaciones familiares siguen siendo una práctica controvertida y no deben confundirse con principios científicos consolidados sobre el funcionamiento psicológico de las relaciones.

La investigación sobre esta práctica es limitada. Algunos estudios han comunicado resultados positivos, pero las revisiones científicas han advertido de que la cantidad de trabajos disponibles es reducida y que su calidad metodológica general sigue siendo baja.

Eso obliga a diferenciar dos planos. Una cosa es considerar las ideas de Hellinger como una reflexión sobre los vínculos personales y otra distinta presentarlas como leyes psicológicas demostradas.

Una excepción fundamental: padres e hijos

El propio Bert Hellinger establecía además una diferencia importante cuando hablaba de reciprocidad. El equilibrio entre dar y recibir que planteaba para una pareja no funcionaría de la misma manera en una relación entre padres e hijos.

Un niño recibe cuidados, alimento, protección, educación y atención durante años sin encontrarse en condiciones de devolver algo equivalente. No existe entre padres e hijos la misma igualdad de posiciones que puede existir entre dos adultos que construyen una pareja.

Según el planteamiento de Hellinger, aquello que los hijos reciben no tendría que ser devuelto directamente a sus padres en una proporción equivalente. La continuidad se produciría más adelante al ofrecer algo a otras personas y, especialmente, a la siguiente generación.

La distinción resulta importante porque impide convertir la reciprocidad en una regla matemática aplicable a cualquier forma de amor.

El amor adulto también necesita aprender a recibir

Existe además otra lectura menos evidente. Para que haya reciprocidad no basta con aprender a dar. También hace falta saber recibir.

Hay personas acostumbradas a resolverlo todo por sí mismas, a cuidar permanentemente a los demás o a sentirse incómodas cuando alguien intenta hacer algo por ellas. Desde fuera pueden parecer extraordinariamente generosas. Sin embargo, negar al otro cualquier posibilidad de ofrecer también puede terminar construyendo una relación desequilibrada.

Una pareja necesita poder entrar y salir de ambos lugares. A veces uno sostiene mientras el otro atraviesa una mala etapa. Meses después pueden invertirse los papeles. La reciprocidad no tiene por qué producirse cada día ni responder a una equivalencia exacta.

Lo importante es que ninguna de las dos personas quede condenada permanentemente a una sola posición.

El verdadero límite de amar sin esperar nada

Tal vez por eso la reflexión asociada a Bert Hellinger continúa circulando tantos años después. Choca contra una de las grandes frases heredadas del amor romántico: querer de verdad significa hacerlo sin esperar absolutamente nada.

Puede ser cierto cuando “esperar” significa exigir recompensas por cada gesto realizado.

Pero resulta mucho más difícil sostenerlo cuando significa renunciar para siempre a ser escuchado, respetado, acompañado o querido.

Una relación adulta no necesita dos personas entregando exactamente lo mismo. Necesita dos personas que sigan encontrando razones para caminar hacia el otro.

Quizá ahí se encuentre la parte más valiosa de la idea que Hellinger sí dejó documentada. No en convertir el amor en una balanza perfecta ni en medir constantemente cuánto aporta cada persona, sino en comprender que una relación deja de ser verdaderamente compartida cuando solo uno de los dos continúa sosteniéndola.

TAGS DE ESTA NOTICIA