Tribuna

Bola blanca, bola negra

Los Javis hacen algo más hermoso: les conceden desde el cine la libertad que la vida les negó

'La bola negra': una reivindicación épica y deslumbrante de la identidad queer

Me acordé muchísimo de mi padre viendo La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi. Mi padre fue futbolista profesional, leía a Lorca y le gustaba el cuplé. Las tres cosas cabían perfectamente en el mismo hombre.

Había crecido con los códigos masculinos de su generación —fútbol, vestuario, amigos y pocas conversaciones sobre sentimientos—, pero era un hombre sensible, curioso y respetuoso con la vida de los demás. Un macho de los de antes, si queremos llamarlo así, que no necesitaba demostrarlo diciéndoles a otros cómo tenían que vivir.

Mi padre leía a Lorca porque le gustaba. Lorca le gustaba. Y punto.

La bola negra me devolvió esa imagen porque, aunque Lorca está en el origen de la película, en su imaginario y en las heridas que atraviesan sus historias, esta no es solo una película sobre Lorca ni sobre la homosexualidad. Es, sobre todo, una película sobre la pertenencia. Sobre esa necesidad profundamente humana de formar parte y sobre el poder que otros se han arrogado durante siglos para decidir quién puede entrar y quién debe quedarse fuera.

El título lo explica mejor que cualquier teoría. Una bola negra basta para impedir que un joven entre en el Casino de Granada. No hacen falta gritos ni insultos. Basta un objeto diminuto, un procedimiento aparentemente civilizado y una decisión que cambia el lugar que una persona ocupa entre los demás. Bola Blanca admitido.

De ahí surge una pregunta muy contemporánea: ¿por qué necesitamos saber quién es el otro, a quién ama o cómo se define antes de decidir si puede formar parte de los nuestros? Y, llevándolo a Lorca, ¿necesitamos conocer su sexualidad para leerlo, admirarlo, emocionarnos con él o sentir que su obra también nos pertenece?

Que Lorca era homosexual importa, naturalmente. Importa para comprender su biografía, la España en la que vivió y una parte de su obra. Importa recordar lo que significaba ser homosexual entonces. Pero reconocerlo no obliga a convertirlo en la explicación completa de un ser humano. Lorca era homosexual, pero Lorca no era solamente su homosexualidad.

Las etiquetas tienen, además, una historia compleja. Durante mucho tiempo fueron la medicina, la psiquiatría, las leyes, la Iglesia y las instituciones quienes clasificaron determinadas sexualidades para diagnosticarlas, perseguirlas, castigarlas o esconderlas. Después, quienes habían sido señalados se apropiaron de algunas de esas palabras para reconocerse, organizarse y conquistar derechos. Nombrarse fue necesario. La cuestión es qué ocurre cuando las palabras que ayudaron a abrir puertas empiezan también a levantar nuevas fronteras. Lo que resulta más discutible es que esas mismas categorías acaben determinando quién pertenece a qué mundo y desde dónde tiene derecho a hablar, crear o reconocerse en la vida de los demás. 

Los Javis llevan estas cuestiones al cine sin olvidar algo fundamental: las ideas necesitan personajes. Y La bola negra está llena de intérpretes que sostienen esa ambición sin convertirla en un discurso.

Guitarricadelafuente es una de las grandes sorpresas de la película. Álvaro Lafuente tiene algo que ninguna técnica garantiza: presencia. Su Sebastián está construido desde la contención. No necesita hacer demasiado para que sepamos qué está ocurriendo. Una mirada, una espera, un pequeño gesto bastan. Calvo y Ambrossi entienden lo que tienen delante y no le piden que demuestre que está actuando. Lo dejan estar.

Miguel Bernardeau encuentra frente a él un registro igualmente medido. Entre ambos el deseo no necesita grandes declaraciones. Está en la distancia, en aquello que podría ocurrir y todavía no ocurre, en lo que se dice y, sobre todo, en lo que todavía no puede decirse.

Ahí aparece uno de los aspectos que más me interesan de la dirección de Calvo y Ambrossi: cómo utilizan el cuerpo para narrar. Una postura, la distancia entre dos personas, una mano que se acerca o se retira pueden contar tanto como una página de diálogo. La película entiende que hay experiencias que empiezan en el cuerpo mucho antes de encontrar palabras.

Carlos González, el nieto que empieza a tirar del hilo de una historia familiar que le precede, aporta otra textura a la película. Su interpretación es contenida y su trabajo con Lola Dueñas resulta especialmente bueno porque entre ambos el pasado familiar va apareciendo sin necesidad de explicarlo todo.

Y está Milo Quifes, el joven que recibe literalmente la bola negra cuando pretende ingresar en el Casino de Granada. Quifes sostiene la humillación sin sobreactuarla, y precisamente por eso la escena resulta todavía más incómoda. La violencia no siempre necesita levantar la voz. A veces puede ejecutarse educadamente, siguiendo un procedimiento y respetando las formas.

El reparto entero está a una altura extraordinaria. Lola Dueñas, Antonio de la Torre, Natalia de Molina, Glenn Close y tantos otros encuentran su espacio dentro de una película con numerosos personajes sin producir la sensación de estar allí simplemente para aparecer.

Y Penélope Cruz está excelente.

Su Nené Romero recupera el mundo del cuplé, y aquí la película toca otra parte fascinante de nuestra historia cultural. Porque el cuplé fue mucho más que entretenimiento popular. En una España profundamente restrictiva, las cupletistas podían cantar al deseo, jugar con la picardía y el doble sentido y exhibir sobre un escenario una libertad, especialmente femenina y sexual, que resultaba bastante más difícil de ejercer cuando se apagaban las luces del teatro.

Cruz trabajó el personaje con Olga María Ramos, hija de la legendaria Olga Ramos y una de las grandes conocedoras del género. Ensayaron Batallón de modistillas y Las tardes del Ritz, y la actriz estudió grabaciones de ambas para acercarse a un lenguaje escénico que tenía sus propios códigos.

Y se nota. Cantar cuplé no consiste simplemente en ponerse un vestido de época e interpretar una canción antigua. Importan la mirada, la pausa, el gesto, la relación con el público, lo que se dice y aquello que deliberadamente se deja en el aire. Penélope Cruz entiende ese lenguaje y evita la caricatura. Hay sensualidad, humor y artificio, pero también una melancolía que aparece por debajo del espectáculo. Sus números musicales no interrumpen la película: cuentan una época y cuentan a una mujer.

Quizá por eso me resultaron tan familiares. Mi padre escuchaba aquellos cuplés sin plantearse si ese mundo tenía algo que ver con el suyo. Como tampoco necesitaba parecerse a Lorca para leerlo. La cultura hacía algo bastante más interesante: le permitía entrar en experiencias ajenas.

La música de Raül Refree y Guitarricadelafuente completa ese universo. No está colocada sobre las imágenes para indicarnos qué debemos sentir; en muchos momentos continúa aquello que los personajes no consiguen decir.

Y queda Lorca.

¿De quién es Lorca?

Su obra no necesita pedirnos el carné de identidad antes de dejarnos entrar. Lorca puede conmover a un hombre o mujer homosexual, a una mujer o a un hombre heterosexual, a un adolescente que todavía no sabe a quién amará o a alguien que vive al otro lado del mundo y jamás ha pisado Granada.

Ahí reside una de las grandes capacidades de la cultura: podemos reconocernos en alguien que no es como nosotros. No hace falta compartir una identidad para compartir una emoción, una canción, un poema, una historia.

Y entonces llega el final de La bola negra.

En la nieve aparecen quienes ya no están. Entre ellos, Judeline encarna a una mujer asesinada por querer algo tan sencillo como salir de casa e ir al teatro. Corre junto a otros personajes muertos. No hay reparación posible para lo que les ocurrió y la película tampoco pretende inventarla.

Los Javis hacen algo más hermoso: les conceden desde el cine la libertad que la vida les negó.

Y ahí termina de cerrarse la película. Después de tantas vidas condicionadas por las decisiones de otros, los muertos aparecen por fin en un lugar donde nadie tiene que autorizar su presencia. Nadie les pregunta quiénes son, a quién aman o si tienen derecho a estar allí.

Al salir del cine, volví a pensar en aquel futbolista que leía a Lorca y escuchaba cuplés. Posiblemente él había entendido de una manera mucho más sencilla algo que hoy nos empeñamos en complicar: no hace falta que el otro sea como tú para dejarle un sitio a tu lado.

Las bolas negras, mejor dejarlas para el cine.

Y esta es excelente.