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Céline Dion siempre será Céline Dion

Seis años después, Céline Dion volvió a cantar en París. Artículo 14 estuvo allí para contar cómo sonó el regreso de una voz que tantos echaban de menos

Céline Dion a lo largo de los años.

Mágico. Magnético. Emocionante. Inolvidable. Cuatro adjetivos que se quedan cortos para describir lo que ocurrió en París.

Céline Dion lleva décadas poniendo voz a recuerdos que no son únicamente suyos. Su canto ha acompañado películas, amores, despedidas y generaciones enteras, como si formara parte de la biografía de cada uno. En el Plénitude Arena de París, el 16 de septiembre, en el segundo concierto de su residencia, hubo algo que pesó más que cualquier récord o cualquier premio: la cantante estaba ofreciendo su segundo concierto completo después de seis años alejada de los escenarios. Estuvimos allí para verlo.

Durante más de dos horas, la canadiense se entrega a un repertorio que recorre buena parte de su vida. Hay canciones que exigen menos de su voz y otras que todavía le permiten mostrar toda su personalidad. No es la Céline de hace veinte años, ni tiene por qué serlo. Es una artista que conoce lo que su cuerpo puede darle hoy y que ha encontrado la manera de seguir haciendo suyo cada tema.

La primera canción es On ne change pas. Difícil imaginar un comienzo más perfecto. Habla de lo que permanece, aunque en ella hayan cambiado tantas cosas. En 2022 reveló que padecía el síndrome de la persona rígida, una enfermedad neurológica rara que provoca rigidez muscular y espasmos y que llegó a poner en peligro su capacidad para cantar. Canceló su gira, se alejó de los escenarios y tuvo que enfrentarse a la posibilidad más aterradora que puede vivir una cantante: que aquello que había sido el centro de su vida dejara de ser posible.

Basta con verla ahí para entender que verla de nuevo sobre un escenario ya es una historia extraordinaria

París después del silencio

Destin, Because You Loved Me, Encore un soir, Les derniers seront les premiers y Tout l’or des hommes convierten los primeros minutos en una especie de recorrido por la vida de Céline. Hay canciones sobre el amor, sobre el paso del tiempo y otras sobre aquello que nos queda cuando la vida cambia de rumbo.

Encore un soir adquiere una fuerza especial. La canción habla del deseo de conservar un poco más aquello que nos gusta; escuchada ahora, después de una enfermedad que le arrebató temporalmente los escenarios, parece escrita para una mujer que ha tenido que luchar por recuperar algo que antes daba por sentado.

La historia reciente está todavía demasiado cerca para que pueda pasar desapercibida. Después de la cancelación de su gira y de años de incertidumbre, Céline volvió a aparecer en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de París 2024 para cantar L’Hymne à l’amour desde la Torre Eiffel. Aquella actuación demostró que todavía había una puerta abierta. Ahora esa puerta se ha convertido en una residencia de 26 conciertos en París: 16 entre septiembre y octubre de 2026 y otros diez en mayo de 2027.

Después llega The Power of Love. Una de las canciones con las que la canadiense vuelve a demostrar hasta qué punto algunos temas terminan llevando su nombre. El público conoce cada giro, cada subida, cada palabra, pero escucharla después de todo lo sucedido cambia la perspectiva. Ya no se trata solo de recordar a la mujer que hizo de estas baladas una demostración de fuerza vocal. Se está viendo a una artista que ha tenido que reconstruir su relación con su propia voz y que vuelve a enfrentarse a ella delante de un recinto lleno.

Céline Dion emocionada tras su regreso a los escenarios en París, tras seis años de ausencia
Céline Dion, emocionada durante su regreso a los escenarios en París después de seis años de ausencia
@plenitudearena

Céline no ha vuelto para pasar un examen

Claro que Céline Dion ha cambiado. Su voz ya no suena exactamente igual que hace veinte o treinta años y su cuerpo tampoco le permite moverse por el escenario de la misma manera. Negarlo sería absurdo. Lo que resulta mucho más difícil de entender es que haya quien convierta esos cambios en una razón para restarle valor a lo que está haciendo ahora.

Porque no estamos viendo a una cantante que simplemente haya envejecido y haya decidido regresar a los escenarios. Estamos viendo a una mujer que en 2022 tuvo que contarle al mundo que padecía el síndrome de la persona rígida, que había perdido el control sobre su propio cuerpo y que cantar se había convertido en una batalla. Después de años de tratamientos, incertidumbre y silencio, ha conseguido recuperar una parte de su vida que llegó a parecer inalcanzable.

Y todavía hay quien escucha una nota diferente y piensa que eso es lo importante.

No. No lo es. Lo importante es que Céline Dion sigue siendo capaz de subirse a un escenario y hacerlo suyo sin perseguir constantemente el recuerdo de quien fue. No necesita demostrar que todavía puede cantar exactamente como en 1997. No necesita reproducir cada movimiento, cada agudo ni cada gesto de aquella mujer para justificar que merece estar ahí.

La cantante canadiense, Céline Dion, durante uno de sus conciertos en París
La cantante canadiense, Céline Dion, durante uno de sus conciertos en París
@celinedion

Ahora hay algo mucho más interesante delante de nosotros: una artista que conoce sus límites y que, en lugar de esconderlos, ha aprendido a cantar desde ellos. Las adaptaciones vocales forman parte de esta nueva etapa y no convierten su regreso en una versión descafeinada de Céline Dion. Cuando sostiene una frase o simplemente se queda delante del público cantando con esa mezcla tan suya de fuerza y vulnerabilidad, se percibe todo lo que hay detrás de cada canción. No hace falta que lo explique: basta con escucharla.

Tampoco necesita una escenografía que intente competir con ella. Se ha hablado de si el espectáculo debería tener más efectos, más pantallas o una producción más espectacular. Pero quizá estamos confundiendo espectáculo con artificio. Cuando una mujer consigue mantener pendiente de ella a 35.000 personas con un micrófono y una canción, añadir cosas por añadirlas no haría el concierto más grande.

Céline no necesita que una pantalla le recuerde al público quién es. No necesita fuego, plataformas ni una montaña de efectos para parecer una estrella. Ella es la razón por la que están allí. Y cuando empieza a cantar, queda bastante claro que el escenario no se le queda grande. Es el escenario quien tiene suerte de tenerla.

Por eso resulta tan injusto mirar este regreso buscando constantemente aquello que ya no existe. La pregunta no debería ser si Céline Dion puede volver a ser la cantante que fue. La pregunta es qué consigue hacer la cantante que es hoy después de todo lo que ha vivido.

La respuesta está delante de nosotros: consigue emocionar. Consigue hacer reír. Consigue que un recinto entero cante. Consigue que My Heart Will Go On vuelva a sonar como si acabara de estrenarse. Consigue que All by Myself duela. Y consigue algo todavía más difícil: que durante más de dos horas nadie esté pensando en lo que ya no puede hacer.

Todos estamos mirando lo que sí puede.

Cuando el concierto te atrapa

Después de My Heart Will Go On, el ambiente cambia. Llegan Beauty and the Beast, The Chase, J’irai où tu iras, Ne bouge pas y Dans un autre monde, y Céline pasa de una canción a otra con una naturalidad que permite descubrir diferentes caras de una artista que lleva décadas sobre los escenarios. Algunas forman parte de la memoria colectiva; otras muestran una faceta menos habitual.

I Feel Love abre una nueva puerta y I’m Alive termina de convertirla en una fiesta. Céline termina la canción cambiando una sola palabra: donde debería cantar I’m alive, dice We’re alive. De pronto, ya no habla solo de ella. Habla de todos. De estar aquí, de poder abrazar, querer, cantar, celebrar y tener todavía la oportunidad de empezar de nuevo. Después de todo lo ocurrido, cuesta imaginar una manera más sencilla y más bonita de decir: seguimos aquí. Estamos vivos.

Después llegan That’s the Way It Is y una versión de Sweet Dreams (Are Made of This), el clásico de Eurythmics, que Céline lleva a su terreno sin perder la esencia de la canción. La mujer que durante años hizo de la balada una de sus grandes armas demuestra también que sabe divertirse con el escenario, bailar, sonreír y dejarse llevar por una parte mucho más despreocupada del repertorio.

Céline Dion durante uno de sus conciertos en París
@celinedion

El coraje de volver

Cuando llega Courage, la canción encaja en la noche sin necesidad de subrayados. Céline la canta con una serenidad que contrasta con la intensidad de algunos de los temas anteriores, y resulta imposible escucharla sin pensar en todo lo que ha tenido que atravesar para volver a estar frente a un público.

Love Can Move Mountains cambia de nuevo el pulso y devuelve la energía. Céline juega con el público, se deja llevar por la música y convierte la canción en uno de los momentos más luminosos del concierto. Después, The Prayer baja el ritmo y crea un espacio mucho más íntimo, casi suspendido, antes de que It’s All Coming Back to Me Now vuelva a abrir la puerta al pasado.

Las canciones llegan cargadas de recuerdos para quienes las han escuchado durante años, pero también adquieren algo nuevo al ser cantadas ahora, en este momento concreto de la vida de Céline. No suenan exactamente igual que antes porque tampoco ella es exactamente la misma, y ahí está parte del interés de escucharlas hoy.

Todavía queda mucho por cantar

Entonces llega Je chanterai. El título lo dice todo: cantaré. No “canté”, no “cantaba”. Cantaré. Después de tantos años sin saber si podría volver a hacerlo, escucharla pronunciar esas palabras tiene algo de promesa cumplida.

Durante Ebben? Ne andrò lontana, el aria de La Wally, cae nieve sobre el escenario y este se transforma. Céline entra en un registro clásico y teatral que vuelve a poner de manifiesto la dimensión de su voz, pero también una faceta que no siempre asociamos a sus grandes éxitos. Por unos minutos, el concierto cambia de piel.

Después llega All by Myself, la canción que durante años ha servido para medir hasta dónde podía llegar su voz. Ahora la interpreta en una tonalidad adaptada. Suena diferente, sí, pero escucharla únicamente para señalar qué nota ya no alcanza sería perderse todo lo demás.

Las leyendas también vuelven

El concierto termina con Pour que tu m’aimes encore y S’il suffisait d’aimer. Son dos clásicos, de esos que no hace falta presentar porque basta con que suenen las primeras notas para que todo el mundo sepa lo que viene. El público entero se entrega a las canciones y, durante unos minutos, ocurre algo precioso: ya no parece que estemos viendo un concierto, sino recordando juntos todas las veces que esos temas han formado parte de nuestras vidas. Probablemente sea el momento más mágico de la noche.

La cantante sonríe mientras el público canta. Mira hacia las gradas y escucha cómo miles de personas se saben sus canciones de memoria. Después de haber pasado tanto tiempo lejos, verla ahí, disfrutando de ese momento con el público, resulta difícil de explicar con palabras. Son canciones que ha cantado durante décadas, pero que esta noche parecen tener una vida propia: están en la voz de quienes crecieron con ellas, de quienes las han cantado en casa, en el coche o en momentos que solo ellos conocen. Y ahora vuelven a sonar todos juntos.

Y cuando finalmente se encienden las luces, queda esa sensación tan rara que dejan los momentos que de verdad importan: la de haber estado exactamente donde había que estar.

Céline Dion ha vuelto a cantar. Y París, esta vez, ha cantado con ella.

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