Redacción en serie

‘Clanes’ 2: todo lo que aprendí viendo la serie del narcotráfico español

Solo hay una cosa peor que dedicarse al negocio de la droga y es ser pariente de uno de esos 'autónomos' que lo único que prometen es que todo se va a solucionar

La serie 'Clanes', protagonizada por Clara Lago y Tamar Novas
La serie 'Clanes', protagonizada por Tamar Novas y Clara Lago

Se supone que ser narcotraficante tiene sus cosas buenas y que no se pasa uno todo el día en aprietos. Pero en Clanes apenas tienen respiro los narcos, sea porque tienen encima a agentes de la DEA, a patrullas de la Guardia Civil o —lo que es peor— a otros delincuentes con ganas de volcar su negocio.

La segunda temporada de Clanes nos trae, sobre todo, a un nuevo narcotraficante en Cambados, a Luis Zahera, que da vida a Paco El Curita. Este Zahera apenas mueve los labios cuando habla, quizá tratando de demostrar que no hace falta levantar la voz para asaltar el trono de los Padín (los grandes dealers de la cocaína en las Rías Baixas).

El duelo de El Curita y Padín no es muy convencional, ya que, si bien sus muchachos hacen por las noches lo que se espera de ellos (ir a toda velocidad en narcolanchas cargadas de sorpresas), por las tardes juegan al dominó en un bar de parroquianos.

“¡Dominé!”

Allí, en O Gaiteiro, abundan las indirectas y frecuentan las escenas de narcos mirando de reojo el móvil para leer mensajes que nunca traen buenas noticias. Así que las rondas de la partida duran menos de lo que tocaría y uno grita “¡Dominé!” para levantarse y seguir con lo suyo, sea amenazar a un hijo o encargarle un trabajito a un esbirro.

El hijo de Padín, Daniel (Tamar Novas), brilla junto a la abogada Ana González Soriano (Clara Lago) en la otra gran trama de la serie: la de un amor imposible, peligroso, frustrante y, sobre todo, estresante porque, claro, qué va a pensar un narco cuando su pareja no descuelga el teléfono. Pues no estaba en un salón de uñas, no.

La abogada se dedica a lo que pueden ustedes suponer en el Cambados de la droga, es decir, a blanquear dinero, aunque con ideas algo delirantes. Otra cosa es para quién trabaja, que para eso está la serie en Netflix.

Del padre ni hablamos

Como el asunto de blanquear no es sencillo ni de 8h a 15h, la pequeña hija de la abogada se convierte en algo parecido a una huérfana. No porque su madre no la quiera con locura, sino porque en el sector del narcotráfico no está inventada la conciliación. Del padre ni hablamos, puesto que su gran aportación a los cuidados de la cría es el regalo de un origami que tampoco le deja como gran maestro de la papiroflexia.

Quien en realidad cuida a la hija es la abuela, una santa que nunca tiene una mala palabra palabra para la niña, que traga con los desplazamientos más rocambolescos y que soporta un susto en un parque que nadie se merece. Y ahí tenemos una lección: solo hay una cosa peor que dedicarse al negocio de la droga y es ser pariente de uno de esos autónomos que lo único que prometen es que todo se va a solucionar.

Un festín con las localizaciones

Clanes es un buen rato en el sofá para todos los que celebramos el narcotráfico en la pantalla (otra cosa es fuera de ella) y es también una gozada para los que amamos los paisajes de Galicia, una tierra donde he veraneado 45 veces. Son magníficos los planos de Cambados (epicentro de la serie), pero también los de O Grove, la Isla de La Toja (¡el gran hotel!), Sanxenxo, Carril y Vilagarcía de Arousa.

Así que existirán motivos de sobras para felicitarse en el caso de que se anuncie Clanes 3, ninguno de ellos relacionado con el atropellado desenlace de esta segunda temporada.

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