Dolly Parton pasó buena parte de su vida permitiendo que los demás se equivocaran con ella. Nunca pareció molestarle demasiado. Exageró el rubio de su pelo hasta convertirlo en una arquitectura, se cubrió de lentejuelas, se subió a tacones vertiginosos y adoptó como modelo estético a la mujer que en su pueblo consideraban vulgar. Mientras el público miraba todo aquello, ella escribía canciones, conservaba los derechos sobre su obra, negociaba contratos, producía discos, entraba en Hollywood, fundaba empresas y terminaba construyendo uno de los mayores imperios personales de la historia de la música estadounidense.
Dolly Rebecca Parton murió este martes en Nashville a los 80 años, después de atravesar durante el último año distintos problemas de salud. Su publicista confirmó que falleció en paz y, al cierre de esta edición, no se había comunicado una causa concreta. Su sobrino Bryan Seaver, que durante más de dos décadas fue además su jefe de seguridad, anunció la noticia y recordó las puertas que su tía había abierto para “generaciones de cantantes, compositores, músicos y soñadores”.
La noticia cierra una trayectoria de más de seis décadas y obliga a medir a Parton en una escala mayor que la del country. Vendió más de cien millones de discos, colocó 25 canciones en el número uno de la lista country estadounidense —un récord femenino—, escribió más de 3.000 composiciones, ganó 11 Grammy y entró tanto en el Country Music Hall of Fame como en el Rock & Roll Hall of Fame. Jolene, Coat of Many Colors, 9 to 5 o I Will Always Love You pertenecen desde hace décadas al repertorio popular estadounidense.
Pero las cifras explican solo una parte de Dolly Parton. Su importancia para las mujeres de la música reside también en cómo consiguió esas cifras y en las condiciones que se encontró por el camino.

Una niña con tres bolsas de papel
Dolly Parton nació el 19 de enero de 1946 en Tennessee, cuarta de los doce hijos de Robert Lee y Avie Lee Owens Parton. La familia vivía en una cabaña de una sola habitación y atravesó una pobreza que ella nunca suavizó retrospectivamente. En casa faltaban agua corriente y electricidad, y su madre reutilizaba telas y sacos para vestir a los niños. De uno de aquellos abrigos confeccionados con retales surgiría décadas después Coat of Many Colors, la canción de 1971 en la que Parton consiguió transformar la pobreza infantil, la humillación de clase y el amor de una madre en apenas unos minutos.
La música estaba por todas partes. Se cantaba en la iglesia; varios familiares tocaban instrumentos y su tío Bill Owens reconoció muy pronto el talento de aquella niña. A los 8 años recibió su primera guitarra; a los 10 ya aparecía en televisión local y a los 13 actuó en el Grand Ole Opry, presentada por Johnny Cash.
Al día siguiente de terminar el instituto, en 1964, tomó un autobús hacia Nashville. Ella misma contó después que llevaba una guitarra, sus canciones y un equipaje formado, en parte, por tres bolsas de papel de la misma tienda de alimentación.
A message from the family of Dolly Parton. pic.twitter.com/9DNRgRx0uH
— Dolly Parton (@DollyParton) August 25, 2026
La anécdota terminó formando parte de la mitología Parton, aunque detrás había una decisión considerable para una muchacha de 18 años criada en el Tennessee rural de comienzos de los sesenta: quería trabajar y vivir de lo que escribía.
Primero escribió para otros. Después comenzó a grabar. En 1967 publicó su primer álbum y entró en The Porter Wagoner Show, uno de los grandes escaparates televisivos del country. Wagoner desempeñó un papel decisivo en su ascenso. Juntos grabaron trece discos y ganaron tres veces el premio de la Country Music Association al mejor dúo vocal. El problema apareció cuando Parton quiso marcharse.
Cómo abandonar a un hombre sin entregarle tu carrera
Su separación profesional de Porter Wagoner contiene una de las claves para comprenderla. Después de siete años trabajando juntos, Parton quería desarrollar una carrera independiente. Wagoner se resistía. Ella respondió escribiendo una canción: I Will Always Love You.
La letra suele escucharse como una despedida amorosa, pero nació de una ruptura profesional. Una mujer agradecía a un hombre lo que había hecho por ella y, al mismo tiempo, le comunicaba que se marchaba. Parton se la cantó a Wagoner… y la canción llegó al número uno en 1974.
Décadas después, Whitney Houston la convirtió en uno de los mayores éxitos de la historia de la música popular gracias a su interpretación para El guardaespaldas. La grabación de Houston vendió millones de copias y volvió a demostrar otra cualidad menos vistosa de Parton: sabía hacer negocios.
Antes de que Houston existiera siquiera como estrella, Elvis Presley había querido grabar I Will Always Love You. Parton estaba encantada hasta que el entorno de Presley le comunicó que para hacerlo debía ceder una parte de los derechos editoriales. Se negó. Aquella decisión le produjo un disgusto enorme —adoraba a Elvis—, pero conservó la propiedad de su canción. Cuando la versión de Houston se convirtió muchos años después en un fenómeno mundial, la elección mostró todo su alcance.
Para las mujeres que llegaron detrás, aquella negativa contenía una enseñanza difícil de exagerar. Parton había entendido muy pronto que ser autora significaba también poseer y defender lo suyo.
Su experiencia en Nashville le había enseñado qué ocurría cuando una mujer entraba en despachos controlados por hombres. Lo resumió en sus memorias de 1994 con una crudeza extraordinaria: en los negocios encontraba hombres que querían quitarle el dinero y hombres que querían acostarse con ella. La respuesta de Parton consistió en procurar que ninguno pudiera decidir por ella.

Las mujeres que nadie escuchaba en el country
Su repertorio tampoco fue tan inocente como sugería aquella sonrisa televisiva. En 1968 publicó Just Because I’m a Woman, una canción sobre la doble moral sexual que permitía a los hombres juzgar el pasado de las mujeres mientras ocultaban el suyo. Un año después escribió Down From Dover, la historia de una joven embarazada y abandonada cuyo bebé nace muerto. El tema resultaba tan incómodo para el Nashville de finales de los sesenta que las emisoras apenas quisieron tocarlo.
Parton escribió sobre madres, trabajadoras, mujeres abandonadas, pobreza, embarazos, deseo, hombres infieles y familias rurales porque conocía ese mundo desde dentro. En sus mejores canciones, las mujeres del country dejaron de cumplir únicamente la función de novias, esposas o corazones rotos para adquirir biografía.
Esa escritura abrió un camino que después recorrerían artistas muy distintas. The Chicks, Shania Twain, Miranda Lambert, Kacey Musgraves o su ahijada Miley Cyrus trabajan dentro de una industria distinta en parte porque Parton demostró cuánto territorio podía ocupar una mujer sin pedir permiso para cada movimiento. Sin proclamar una escuela feminista, creó una genealogía.
Su relación con esa palabra fue compleja. Durante años evitó las etiquetas políticas y llegó a bromear sobre el movimiento de liberación de las mujeres. Con el tiempo formuló su posición con mayor claridad. En 2020 reconoció que podía considerarse feminista si eso significaba creer que las mujeres debían poder hacer aquello que quisieran. Defendía además una idea que había practicado durante toda su carrera: ejercer plenamente la feminidad y conservar, a la vez, la capacidad de decidir sobre la propia vida.
El problema de tomarse en serio a una rubia
Su aspecto fue una pieza fundamental de esa estrategia. Dolly Parton contó muchas veces que había construido su imagen a partir de la mujer considerada “la fulana del pueblo”: cabello decolorado, labios rojos, ropa ceñida. Los adultos la despreciaban; la pequeña Dolly pensaba que era preciosa.
Cuando alcanzó la fama, llevó aquel modelo hasta la caricatura. Entendió antes que muchas celebridades contemporáneas que una imagen exagerada podía funcionar simultáneamente como identidad, marca comercial y mecanismo de defensa. Si los hombres iban a mirar sus pechos antes de escuchar sus canciones, ella podía controlar al menos la puesta en escena.

El público llegó a conocer perfectamente el personaje y mucho menos a la mujer que lo administraba. Esa distancia fue deliberada. Su marido, Carl Dean, con quien estuvo casada casi sesenta años hasta su muerte en 2025, permaneció prácticamente fuera de la vida pública. No tuvieron hijos. Parton protegió con enorme disciplina aquello que consideraba privado mientras ofrecía al mundo una versión gigantesca de sí misma.
El humor resultó decisivo. Se adelantaba al chiste para desactivarlo. Su célebre observación sobre lo caro que resultaba parecer tan barata contenía más inteligencia de la que aparentaba: si ella misma formulaba la broma sobre su cuerpo, le quitaba al interlocutor buena parte del poder de humillarla. Y hubo muchos interlocutores dispuestos a intentarlo.
Hollywood comprendió finalmente que detrás de aquella imagen había una actriz. Jane Fonda fue una de las primeras en verlo. Cuando preparaba 9 to 5 (Cómo eliminar a su jefe, 1980), quiso que Parton interpretara a Doralee Rhodes, una secretaria acosada sexualmente por su superior. Fonda explicó después que quien era capaz de escribir y cantar Coat of Many Colors poseía recursos para hacer prácticamente cualquier cosa.

La película reunió a Fonda, Lily Tomlin y Parton alrededor de una fantasía de rebelión laboral femenina. Las tres trabajadoras soportaban el machismo de un jefe que las acosaba, despreciaba o utilizaba y terminaban volviendo contra él las estructuras de poder de la oficina. Recaudó más de cien millones de dólares y convirtió a Parton en estrella cinematográfica.
La canción principal fue todavía más lejos. El sonido que abre 9 to 5 —Parton utilizó sus uñas acrílicas como percusión para imitar el ruido de una máquina de escribir— acompañaba una letra sobre mujeres atrapadas en jornadas laborales interminables, mal pagadas y sometidas a hombres que se apropiaban de sus méritos. Alcanzó el número uno de la lista pop estadounidense y obtuvo una nominación al Oscar.
Más de cuatro décadas después, continúa funcionando como himno laboral. El feminismo de Dolly Parton se entiende mejor escuchando esa canción que buscando declaraciones doctrinales.
De cantante a propietaria
En 1986 llegó otra decisión que inicialmente desconcertó a parte de la industria. Parton compró una participación en un parque de atracciones de Pigeon Forge, cerca de donde había crecido, y lo rebautizó como Dollywood. La estrella se convirtió definitivamente en empresaria.
El proyecto creció hasta transformarse en uno de los grandes motores turísticos del este de Tennessee y generó miles de empleos alrededor de los Smoky Mountains. Parton había salido de una de las regiones pobres de Estados Unidos y, una vez millonaria, decidió invertir una parte considerable de su capital precisamente allí.

Con los años amplió sus negocios a hoteles, restauración, productos, libros y numerosas operaciones vinculadas a su propia marca. En 2025 su patrimonio se estimaba en unos 450 millones de dólares. Una parte importante procedía de aquello que había protegido desde joven: su catálogo de canciones y su participación en Dollywood. Ese patrimonio explica también la escala de su filantropía.
Los libros que su padre no pudo leer
En 1995 creó la Imagination Library. El origen era familiar: Robert Lee Parton, su padre, había abandonado la escuela para trabajar y nunca aprendió a leer con soltura. Su hija decidió crear un programa que enviara gratuitamente libros a niños desde su nacimiento.
Lo que comenzó en Tennessee terminó extendiéndose internacionalmente y ha distribuido cientos de millones de ejemplares. La alfabetización infantil se convirtió en la obra filantrópica más identificable de Parton.
También actuó cuando su tierra sufrió incendios forestales, destinando ayuda directa a las familias damnificadas; después del huracán Helene aportó millones a las tareas de recuperación. Durante la pandemia donó un millón de dólares a la investigación de la Universidad Vanderbilt que contribuyó al desarrollo de la vacuna de Moderna.
Nunca convirtió esas actuaciones en una plataforma partidista. Esa decisión permitió que una mujer profundamente religiosa, procedente del sur rural y vinculada al country conservara simultáneamente el afecto de públicos conservadores, progresistas, urbanos, rurales y LGTBIQ+. Pocas figuras estadounidenses consiguieron atravesar durante décadas semejantes fronteras culturales.
Una estrella, no una reliquia
Dolly Parton tampoco aceptó el retiro decorativo que la industria reserva con frecuencia a sus grandes mujeres cuando envejecen. Grabó bluegrass cuando sus ventas descendieron. Cantó ante más de 100.000 personas en Glastonbury en 2014. Publicó literatura infantil, escribió una novela junto a James Patterson y continuó componiendo. Cuando el Rock & Roll Hall of Fame anunció su inclusión en 2022, reaccionó inicialmente con pudor porque consideraba que no había hecho suficiente rock para merecerla. Después grabó Rockstar, un álbum monumental junto a Paul McCartney, Ringo Starr, Joan Jett, Pink, Brandi Carlile, Rob Halford, Steven Tyler y Miley Cyrus, entre muchos otros.

A los 77 años apareció durante el descanso de un partido de los Dallas Cowboys vestida con el uniforme de sus cheerleaders. La escena podía interpretarse como extravagancia, pero en realidad resumía medio siglo de control sobre su cuerpo público. La mujer a la que durante décadas habían reducido a sus curvas seguía decidiendo a los 77 años cómo, cuándo y cuánto quería enseñarlas.
En 2025 sufrió uno de los golpes más duros de su vida con la muerte de Carl Dean. Poco después publicó If You Hadn’t Been There, dedicada al hombre al que había conocido apenas llegar a Nashville y con quien había compartido casi seis décadas. Sus problemas de salud se hicieron más visibles durante los meses siguientes y acabaron obligándola a aplazar y posteriormente cancelar sus conciertos previstos en Las Vegas. Aun así, continuó trabajando en distintos proyectos y apareció públicamente de manera ocasional durante 2026.
Las canciones después de Dolly
Durante sus últimos años había comenzado a preparar conscientemente su obra para cuando ella faltara. Grabó voces de cientos de canciones inéditas con la intención de que futuros productores pudieran trabajar sobre ellas después de su muerte. Había pensado incluso en la tecnología necesaria para que esas composiciones sobrevivieran a su autora.
Resulta coherente que preparara así su despedida. Dolly Parton comprendió que una carrera artística podía desaparecer y que una canción bien escrita podía durar mucho más.
Su legado femenino tampoco cabe únicamente en haber sido “pionera”. Esa palabra, aplicada retrospectivamente a las mujeres que consiguieron triunfar en industrias masculinas, puede esconder la dificultad concreta de lo que hicieron. Parton tuvo que negociar su independencia frente al hombre que la había convertido en estrella; proteger sus derechos editoriales cuando hubiera resultado más fácil cederlos; soportar que periodistas y ejecutivos prestaran más atención a su pecho que a sus composiciones; entrar en el pop sin permitir que Nashville decidiera hasta dónde podía llegar; hacerse empresaria cuando una cantante debía limitarse a cantar; y envejecer públicamente dentro de una industria que convierte la juventud femenina en requisito comercial.
Lo hizo además sin desprenderse de ninguno de los atributos que podían utilizarse para desacreditarla. Nunca necesitó masculinizarse para ejercer autoridad. No rebajó su voz, escondió su cuerpo ni sustituyó el rosa y las lentejuelas por el uniforme de la mujer que desea ser tomada en serio. Al final, consiguió algo bastante más difícil: obligó al mundo a tomarse en serio a Dolly Parton exactamente con el aspecto que Dolly Parton había elegido.
Su muerte ha provocado este martes homenajes de varias generaciones de artistas. Linda Ronstadt, Reba McEntire, Kacey Musgraves, Dionne Warwick, Miley Cyrus y numerosas figuras de la música y el cine han recordado tanto su talento como su generosidad. La amplitud de esas despedidas ayuda a entender hasta dónde llegó aquella muchacha que bajó de un autobús en Nashville con una guitarra y tres bolsas de papel.
Dolly Parton dijo muchas veces que, cuando todo terminara, quería ser recordada fundamentalmente como compositora. Tenía razones para insistir. La celebridad podía ocultar a la autora, igual que las pelucas podían distraer de la empresaria y los chistes sobre sus pechos de la mujer que llevaba décadas tomando sus propias decisiones.
Ahora quedan las canciones. Y en ellas permanecen las niñas pobres vestidas con retales, las mujeres juzgadas por su sexualidad, las trabajadoras que se levantan cada mañana para enriquecer a su jefe, las embarazadas abandonadas, los amores imposibles, la fe, los Apalaches y aquella mujer que le pedía a Jolene que no le quitara al hombre que amaba. Una parte considerable de la experiencia femenina estadounidense del último medio siglo quedó escrita allí para siempre.

