Suele decirse que una familia es como un invernadero lleno de plantas que necesitan ser regadas, trasplantadas y cuidadas de diversas maneras y, por tanto, las que prosperan son aquellas en las que todos sus miembros se cuidan activamente los unos a los otros. Es una de las cosas que la nueva película del islandés Hlynur Pálmason deja claras mientras retrata un año en la vida de una familia solo a primera vista común, diseccionando en el proceso las contradicciones consustanciales al matrimonio, el sexo y la paternidad y exhibiendo a la vez mucha ternura y algunos matices oscuros. También es una película muy divertida, aunque el humor del que se sirve para serlo es seco, ocasionalmente sardónico y cada vez más surrealista.
A lo largo de su metraje, los largos días de verano dan paso a noches de invierno aún más largas, la nieve cae y se derrite, y un matrimonio va dejando en evidencia su declive. Anna está preparada para separarse del todo de su marido, Magnús, mientras él se aferra a mantener su presencia tanto en la casa que ella comparte con sus tres hijos y un adorable perro pastor como, de vez en cuando, también en su cama; para ella, la apariencia de estabilidad doméstica que el arreglo ofrece resulta cada vez más desestabilizadora. Ella es escultora y artista visual, cuyo oficio —metáfora inconfundible de su relación conyugal— consiste en trabajar con la descomposición y la decadencia; él es pescador en un arrastrero industrial y su trabajo, que lo obliga a recorrer gélidas rutas durante semanas, ha contribuido a que se sienta como algo parecido a un invitado en su propio hogar; desempeña con convicción su papel en una separación tan estratégicamente relajada y cordial que casi parece invisible, aunque cualquiera que haya sufrido una ruptura sentimental conoce la facilidad con la que las grietas en una pareja que se quiebra pueden ensancharse, y qué dolor causan al hacerlo. Mientras Anna se sumerge en el trabajo y las responsabilidades del hogar —estrechando aún más el vínculo de los niños con ella en el proceso—, Magnús hierve por dentro; nadie lo convierte en el malo de la historia, pero se pregunta si eso no sería mejor que verse arrinconado en los márgenes de la prole, como un fantasma.

Organizada en torno a oposiciones elementales y un tratamiento temático deliberadamente esquemático, El amor que permanece da la impresión de haber sido compuesta más que escrita, y se despliega menos como una narración en movimiento o una coreografía dramática que como una sucesión de viñetas de vida familiar, algunas apacibles y otras discordantes: comidas que a veces transcurren animadas y a veces rezuman tensión, un pícnic vespertino en el que una mirada fugaz bajo la falda de Anna sume a Magnús en una ensoñación erótica, una frenética carrera a urgencias tras un accidente, etc. Pálmason examina a los personajes con calidez y compasión hacia todos ellos, naturalmente atento a los momentos de calma, alegría y absurdo que afloran incluso en medio de crisis emocionales de mayor calado, como el jubiloso caos que la familia vive mientras prepara mermelada o una noche que pasa frente al televisor tras experimentar una angustiosa crisis. Entretanto, la película va dotándose de estructura e impulso a medida que se aleja del realismo estricto y su percepción de la realidad se va deshilachando paulatinamente a partir de una escena rebosante de vitriolo en la que tras pasar el día atendiendo a un insoportable galerista sueco, Anna imagina que el avión en el que el tipo viaja cae del cielo.
Aunque aparentemente más pequeña y muy distinta en forma y enfoque de la película inmediatamente anterior de su director, la epopeya decimonónica Godland (2022) —una obra visualmente deslumbrante centrada en la fe y la devoción religiosa—, El amor que permanece comparte con esa predecesora una fascinación por los cambiantes estados de ánimo del paisaje rural islandés y cómo influyen en el de los humanos que lo habitan, o lo reflejan, además de una capacidad de observación irónica a las curiosidades más perversas del comportamiento humano.

Para ejercer esta última, decimos, aquí Pálmason se permite sucesivas irrupciones en el terreno de lo surrealista que contrastan de forma agresiva con el ritmo naturalista y la fotografía estática de la película -enfatizando así el caos calmo y la violencia latente que anidan en hogares normales empeñados en encubrir sus disfunciones-, culminando en prolongadas secuencias oníricas protagonizadas por un espantapájaros o un gallo gigantesco y vengativo que acecha el subconsciente de Magnús. Pálmason se niega a delimitar explícitamente las fantasías de sus personajes, de modo que cada escena parece susceptible de sufrir algún tipo de interrupción de esa naturaleza, y eso acaba poniendo en duda la veracidad de hasta las situaciones más aparentemente cotidianas. A la atmósfera agradablemente enrarecida que alimentan esas incursiones en lo irreal contribuyen también otros elementos: la grisura tanto de los paisajes exteriores como de los espacios interiores, estratificada por sutiles y desconcertantes variaciones de la luz y la visibilidad; el aspecto vintage de las imágenes -casi propio de película doméstica-, que despiertan nostalgia pese a que la historia transcurre en el presente y nos permiten al espectador sentir cómo si los recuerdos de la familia se formaran en tiempo real; y un ritmo de montaje realmente impredecible, que prolonga momentos de inactividad y en cambio cercena con brusquedad otros que, en apariencia, son más decisivos a nivel argumental.
En última instancia, El amor que permanece se sostiene sobre su profunda comprensión de la singularidad de cada familia y de la confusión gradual que los hijos sienten a medida que crecen y van descubriendo las flaquezas e imperfecciones de sus padres, y en la habilidad de Pálmason para manejar un asunto temáticamente pesado con extraordinaria ligereza pero sin restarle presión emocional ni trivializarlo, sin caer en una extravagancia afectada y sin subrayar en exceso sus metáforas aunque las exponga sin vacilar. Es una película que contiene una alegría reconfortante, un dolor desgarrador, un humor tan profundamente encantador que hasta provoca envidia, y una capacidad extraordinaria de observación. Contemplarla es como testimoniar una vida entera.

