La crítica ★★★★☆

‘El ser querido’: cuando la familia y el cine se destruyen mutuamente

Rodrigo Sorogoyen convierte el reencuentro entre un director y su hija actriz en un retrato incómodo sobre los abusos de poder, los resentimientos familiares y la violencia latente de un rodaje

Tras años de separación, un director de prestigio decidido a relanzar su carrera se pone en contacto con su hija, actriz, y le ofrece un papel coprotagonista en su nuevo largometraje. La premisa de El ser querido sin duda es parecida a la de la más reciente ganadora del Oscar a la Mejor Película Internacional, Valor sentimental (2025), pero lo cierto es que el nuevo trabajo de Rodrigo Sorogoyen es menos una copia que un correctivo. Después de todo, si la ficción del noruego Joachim Trier transmite una fe inconfundible en la capacidad del cine para conectarnos los unos a los otros, la del director madrileño deja claro con lacerante claridad lo destructivos que tanto las familias como los rodajes cinematográficos pueden llegar a ser.

A lo largo de su carrera, Sorogoyen se ha confirmado como un maestro del thriller psicológico, ya sea en forma de retrato de un asesino en serie —Que Dios nos perdone (2016)—, intriga sobre corruptelas políticas —El reino (2018)— o inmersión en el subgénero del true crime —As Bestas (2023)—. Ahora, El ser querido vuelve a dejar clara su extraordinaria habilidad para desasosegar al espectador aunque, eso sí, lo hace trascendiendo los confines del cine de género. Coescrita por la colaboradora habitual del director, Isabel Peña, la película escenifica una compleja dinámica entre padre e hija estructurada en torno a dos magníficas secuencias que convierten sendos almuerzos en potentes generadores de tensión dramática.

La primera de ellas, los 20 minutos de metraje que abren la película, representa el reencuentro entre ambos personajes después de muchos años. Fijada en sus rostros a través de primeros planos extremos, la cámara captura cómo ambos intentan inicialmente ser educados y esbozan sonrisas forzadas, pero también nos detecta la incomodidad y el malestar en cada microexpresión facial y cada frase de diálogo entrecortada. En el transcurso de la comida descubrimos que Esteban (Javier Bardem), un cineasta ganador de dos Oscar, abandonó a Emilia (Victoria Luengo) al nacer y arrastra un pasado marcado por las adicciones y los comportamientos violentos. Llegado el momento, él le ofrece uno de los papeles protagonistas de su nuevo largometraje, pese a que se trata de una gran producción y ella solo ha actuado en unas pocas series de televisión olvidables, y a que probablemente sea una actriz mediocre. Sean cuales sean los motivos de Esteban, tras su estupor inicial, Emilia acepta la oferta y, llegado el momento, deseará no haberlo hecho. Obviamente, un rodaje no es el lugar adecuado para resolver resentimientos y disputas familiares pendientes, pero eso es exactamente lo que acaba sucediendo en el que El ser querido dramatiza.

Inmediatamente, Esteban debe enfrentarse a los obstáculos que incorporar a Emilia a una producción de semejante envergadura entraña, como las acusaciones de nepotismo y los recuerdos de las borracheras y el abandono paternos que ella acarrea. El estrés no tarda en apoderarse de él, y entonces desaparece ese padre supuestamente reformado para dar paso a un tirano furioso, sobrepasado tanto por el peso de su responsabilidad como director y la rabia contenida ante los errores de su equipo como por la sensación persistente de decepción con respecto a su relación con Emilia. No es extraño que la película que están rodando, un drama histórico ambientado en los años 30 del siglo pasado sobre la explotación colonial española del Sáhara Occidental, dé la sensación de ser terrible.

La segunda de las secuencias arriba mencionadas permite a Sorogoyen establecer una conexión férrea entre la dominación típicamente patriarcal y un determinado tipo de creación cinematográfica. Durante el rodaje de una escena ambientada alrededor de una mesa, mientras los actores arruinan una toma tras otra a causa de un ataque de risa irrefrenable, Sorogoyen deja que la situación se prolongue mucho más allá del punto de incomodidad. En el clímax del momento, Esteban se encara amenazadoramente con sus actores y les grita, y Emilia tiembla; entonces queda inequívocamente claro que a él no le interesa recuperar el pasado con su hija, aclarar nada ni pedir perdón: lo único que realmente quiere es hacer su película. El suyo es el típico comportamiento de un director decidido a hacer realidad su propia visión que ve a sus colaboradores como meras herramientas con las que lograrlo, y Sorogoyen en ningún momento excusa su comportamiento aunque deja claro que es algo profundamente arraigado y sistémico. Bardem resulta cautivador en la piel de Esteban; si la película funciona, es en buena medida por la capacidad de Luengo para darle la réplica. Por eso es una pena que, a medida que El ser querido pasa a centrarse en cómo buena parte del equipo de Esteban abandona el rodaje en protesta por la manera en que él se está comportando, Emilia quede relegada a un segundo plano durante buena parte de la película.

Entretanto, El ser querido va cambiando de estética a lo largo de su metraje, de manera que algunas de las conversaciones entre Esteban y Emilia se nos muestran en blanco y negro y escenas de especial complejidad psicológica parecen haber sido rodadas con videocámara. Dicho planteamiento visual parece tratar de ilustrar hasta qué punto se difuminan las fronteras entre los roles de padre e hija y de director y actriz, pero lo cierto es que estos recursos formales a menudo funcionan como poco más que una distracción. Tampoco resulta especialmente convincente el intento de utilizar la película que Esteban y Emilia están rodando para equiparar la colonización española del Sáhara con la actitud autoritaria de Esteban con su equipo y su hija. En última instancia, eso sí, ni lo uno ni lo otro impiden que El ser querido sea tanto una de las ficciones más reveladoras que se recuerdan sobre el proceso cinematográfico como una obra contundentemente lúcida sobre las dinámicas familiares, y un argumento irrebatible sobre la necesidad de mantener lo uno y lo otro tan separados como sea posible.

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