La crítica ★★★★☆

‘El coro de Praga’: la demoledora mirada a las circunstancias de un abuso sexual sistemático

La película de Ondřej Provazník evita el tremendismo para observar cómo la autoridad, la ambición y el silencio de los adultos permiten que el abuso se instale dentro de una institución artística

'El coro de Praga'.
'El coro de Praga'.
Montaje: kiloycuarto

Aunque sobre el papel pueda parecer ni más ni menos que otra película sobre el MeToo, el largometraje dirigido por el checo Ondřej Provazník se distingue tanto por la originalidad de su enfoque como por su extraordinaria capacidad de reflexión. Basado en los abusos sufridos por 49 chicas del coro Bambini Praga entre 1984 y 2004 a manos de su director, Bohumil Kulínský, trata no tanto sobre el abuso sexual en sí mismo como sobre la forma de proceder del abusador, y pospone deliberadamente la mención o la representación explícitas de cualquier abuso hasta los últimos compases de su metraje. Eso significa que evita escenificar posibles consecuencias u otras formas de castigo del crimen, evitando así ofrecer resolución al trauma y, por consiguiente, privándonos de sensación alguna de catarsis. Provazník va introduciendo gradualmente en el relato indicios de desasosiego, pero, hasta el final, no permite que eso sea lo que vehicule la narración; durante la mayor parte de su transcurso, en cambio, El coro de Praga propone una absorbente inmersión en los rituales del hermético grupo de niñas que le da título.

Ambientada a mediados de los 90, la película orbita alrededor de Karolina, de 13 años, y su hermana Lucie, de 15. Ambas forman parte del coro Cantinella, dirigido por el reverenciado y temible director Vitek Macha, famoso por castigar hasta las infracciones más insignificantes; en cualquier caso, tanto los insultos que profiere a las cantantes que a su juicio no están a la altura como las retorcidas dinámicas de poder que impone durante el proceso de selección de las chicas que se irán de gira por Estados Unidos son aceptados como algo lógico viniendo de alguien de su autoridad y su genio artístico.

Provazník cuenta la historia principalmente desde el punto de vista de Karolina y se las arregla para retener su mirada inocente incluso cuando queda claro que Vitek no está interesado en ella únicamente por su voz. Después de que el maestro anime a su pupila a acompañarlo a la sauna a altas horas de la noche, seguimos sintiendo la euforia que ella siente a causa de sus progresos en el coro, compartimos la felicidad que le provocan su propio éxito y el de su hermana pese a ser conscientes del precio que deberá pagar por todo ello. Entretanto, Vitek es tratado como algo parecido a un enigma durante toda la película, una criatura fría y distante pero capaz de ejercer un gran encanto, y cuando revela su verdadera naturaleza de depredador sexual, Provazník se niega a empujar la película hacia el tremendismo y lo escabroso.

Después de todo, decimos, El coro de Praga trata principalmente de las circunstancias que permiten que el abuso se produzca. Más concretamente, ofrece una exploración fascinante de las distintas formas de manipulación, rivalidad y coerción que proliferan bajo el dominio de un abusador y de cómo cualquier microcosmos cultural como el aquí representado es susceptible de convertirse en un sistema de complicidades. Dado que el principal objetivo de cada una de las chicas es formar parte del grupo que viajará a América, emociones incómodas como la envidia, el deseo y la ambición personal influyen en las diversas versiones, contradictorias entre sí, que tienen de lo que sucede en el coro, y la película destaca por la sutileza con la que las retrata. Mientras tanto, nos mantiene angustiados ante la falta de protección a la que las niñas son sometidas por parte de adultos que parecen ignorar deliberadamente las señales para ver únicamente lo que quieren ver. Prefieren escuchar la música que prestar atención a los lamentos de dolor que se esconden bajo ella.

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