Resulta del todo apropiado que El final de Oak Street transporte a sus personajes —y a todo el barrio en el que viven— muchos años atrás en el tiempo. Al fin y al cabo, eso es exactamente lo que la propia película hace con el espectador. Las alusiones al cine más vintage de Steven Spielberg que contiene son inconfundibles: la atribulada familia que ocupa su centro argumental vive en los suburbios estadounidenses, una extraña luz interrumpe el sueño de sus miembros, y pronto se ven obligados a enfrentarse a una colección de dinosaurios desbocados. La acción, además, transcurre en 1982, el mismo año en el que E.T. El extraterrestre conquistó la taquilla mundial.
El director de la nueva película, David Robert Mitchell, se erigió en referente del cine de terror independiente gracias a It Follows (2014) y, tras firmar la magnífica e infravalorada comedia conspirativa Under the Silver Lake (2018), pareció desaparecer durante un tiempo en ese limbo al que Hollywood suele condenar a algunos de sus talentos más singulares. Pese a sus evidentes referentes, su primer largometraje en ocho años contiene suficientes dosis de su excéntrica sensibilidad como para poseer una personalidad propia; así lo atestiguan, por ejemplo, esos largos planos secuencia que contemplan el caos extendido por calles bordeadas por vallas blancas, esos encuadres que mantienen simultáneamente enfocados enormes primeros planos y profundos fondos, y su notable falta de piedad a la hora de hacer desaparecer de escena a algunos de sus personajes.
La secuencia inicial de la película muestra a los vecinos de la calle titular mientras participan alegremente en una barbacoa comunitaria y practican diversos juegos en un entorno idílico bañado por el sol. Pese a las apariencias, eso sí, no todo es perfecto para la familia protagonista, los Platt. El padre, Greg (Ewan McGregor), esconde botellas de alcohol por la casa y dedica parte de su tiempo libre a repartir pizzas para un restaurante local, más que nada porque ha perdido el que solía ser su empleo. La madre, Denise (Anne Hathaway), también guarda secretos, sobre todo relacionados con una novela en la que trabaja y cuya protagonista fantasea con abandonar a su familia para empezar una nueva vida en Nueva York. El hijo mayor, Brian, vive constantemente amenazado por un matón del vecindario, y su hermana Audrey trata de lidiar con lo que siente —pero no sabe expresar— hacia su mejor amiga. Tras una serie de inquietantes presagios, los Platt descubren que la electricidad y el agua han dejado de funcionar después de una violenta tormenta, y que la atmósfera exterior se ha tornado casi tropical. No tardan en descubrir la explicación: Oak Street y sus alrededores han sido transportados a una era prehistórica. Más pronto que tarde, los dinosaurios irrumpen en ese paisaje suburbano aparentemente perfecto para perseguir a los aterrorizados vecinos.
Tomando ejemplo de lo que Spielberg hizo en Tiburón (1975), Mitchell inicialmente presenta a sus monstruos con contención, mostrándonos pistas acerca de ellos en forma de un montón de estiércol o una cola escamosa que desaparece tras un seto. En cualquier caso, y aunque los personajes pasan gran parte del metraje corriendo, gritando, disparando y blandiendo armas improvisadas, Mitchell no llega a construir secuencias de acción realmente memorables o innovadoras. Los reptiles creados por ordenador hacen su trabajo con solvencia, pero ya sea por limitaciones presupuestarias o por una falta de ambición visual, carecen de la presencia necesaria para dejar huella. Obviamente, esa carencia sería más fácil de pasar por alto si, por otra parte, El final de Oak Street proporcionara drama humano realmente sustancioso. Sin embargo, es una película tan obsesionada con mostrar dinosaurios provocando masacres que, llegado el momento, renuncia a tener algo que decir. Quien se empeñe en ello podrá dar por hecho que aquí los dinosaurios son una manifestación física de la rutina banal que ha generado engaños, frustración y comportamientos autodestructivos en los Platt, pero Mitchell no llega a desarrollar esa idea. El origen de esos gigantescos depredadores no parece interesarle lo más mínimo, y nada de lo que ocurre parece tener consecuencias reales. Durante un rato, el relato parece plantear una posible reflexión sobre la búsqueda de fuerza e independencia más allá de los roles sociales tradicionales, pero pronto abandona esa vía para refugiarse en terrenos mucho más seguros y convencionales. Entre tanto, apenas hay tensión o terror: solo caos jurásico ocasionalmente interrumpido por más caos jurásico.

En el papel de heroína, Anne Hathaway resulta algo monocorde. Mientras descarga escopetas sobre las colosales bestias, su repertorio interpretativo parece reducirse a una combinación de ojos desorbitados y barbilla temblorosa, complementada ocasionalmente por alaridos que recuerdan la potencia vocal que la actriz exhibió en Los miserables (2012). Por su parte, Ewan McGregor hace cuanto puede con un personaje excesivamente apagado, y el resto de los personajes no llegan a ser más que mero alimento para dinosaurios. ¿Cuál es el origen verdadero de las tribulaciones a las que los vemos sometidos? La película no llega a encontrar una respuesta convincente, y se muestra especialmente débil cuando la busca.
En cualquier caso, cabría esperar que el responsable de It Follows —una de las películas de terror más ricas en subtexto del siglo XXI— utilizara las escenas de destrucción de la película para explorar la creciente distancia emocional entre Greg y Denise, pero, en lugar de eso, ambos se limitan a intercambiar reproches y revelar algún secreto de escasa relevancia dramática. Todo el planteamiento destinado a generar un conflicto interpersonal serio acaba desperdiciado mucho antes de que El final de Oak Street degenere en una poco convincente y muy convencional reivindicación de la familia nuclear.
En última instancia, El final de Oak Street complacerá a aquellos de sus espectadores que se acerquen a ella con el único objetivo de ver a Hathaway y McGregor enfrentándose a dinosaurios. Pero dado que las dos películas inmediatamente anteriores de Mitchell son dos obras absolutamente singulares, resulta inevitable preguntarse por qué ahora entrega una película tan claramente derivativa. ¿Es esto todo lo que el director ha estado urdiendo durante los últimos ocho años? ¿Qué más ha estado haciendo en este tiempo? ¿Volverá en el futuro a hacer un cine más personal y verdaderamente único? Ojalá.

