Liberado de cualquier encargo crítico de aquí o de allá, puesto que con él no me atrevo, acudí a la sala oscura para ver El día de la revelación, el último artefacto del gran maestro del cine estadounidense. Ya sabes a quién me refiero.
No quise leer mucho sobre la película ni sobre la historia, pero venía algo intoxicado porque los Blade Runner Uno y Seis ya la habían degustado y, para mí, lo que digan ellos es mucho más importante que cualquier mamotreto teórico del analista de guardia.
Y obviamente, semanas después de su estreno, no voy a escribir ninguna crítica sobre ella. Diré como mucho que, si tuviera que ponerle un título a la crónica sería “Un mucho de Spielberg es mucho”, ultraconcentrado que te lava más rápido cualquier suspensión de incredulidad y, con todas las imperfecciones que haya que colgarle, mantiene intacta la marca con la que Steven Spielberg se ha convertido en la personalidad más importante de la historia del cine. Y si te parece indignante esto que acabo de escribir, vuelve a la línea anterior: nótese que digo “personalidad”.

Con todo, después de verla, nobleza obliga, eché un vistazo a las críticas en Filmaffinity, y la verdad es que me quedé bastante atónito, porque ningún colega destacaba, al margen de interpretaciones narrativas, lo que realmente Spielberg nos está contando detrás de los ojos de la jovial Emily Blunt, que es, en realidad, una autoficción, terapia grupal del director con sus millones de fans, su manera de estar en el mundo desde que era un chiquillo jugando con la Super 8 de su padre, y, desde luego, con una postura mucho más poética, compleja y profunda que en Los Fabelman, su biografía de plástico patrocinada por John Ford.
Si en aquella hacía un ajuste de cuentas con su mundo, su familia y encuadraba la historia en cierta sociología, en esta orgánica continuación de lo que nos quiere hablar es de aquel chaval fascinado por el horizonte infinito del universo —¿te acuerdas de aquel “Where is the horizon?”— y su juguete, más metafórico que aquel tren de Los Fabelman.
Y no es casualidad, pues, que el hito fundacional en este día de la revelación comenzara en 1947, con el hallazgo por parte del gobierno estadounidense de los primeros alienígenas: justo el año en el que Spielberg nació. Y a partir de ahí el cineasta no hace más que contarse a sí mismo a quien quiera verlo, muy pocos, por lo que he leído: el tiempo que pasó desde aquel Peter Pan que parió Encuentros en la tercera fase hasta el anciano de 80 años que vuelve a revisitar al niño que fue.
Y, coincidencias de la vida —o no—, esa misma noche después del cine, abrí la caja dorada del Filmin y me puse una de Sorrentino, que es quien mejor me acuna antes de irme a dormir.
“Cuando eres joven, todo parece estar cerca, pero te conviertes en viejo y todo lo ves muy lejos”.

Esta frase pertenece al filme que escogí, un título menor del italiano, aunque, claro, todas las películas son pequeñas ante La gran belleza. La juventud cuenta la historia de dos amigos octogenarios: uno, Mick, director de cine aún en activo y que trata de arrancar otro esqueje al tiempo preparando un nuevo largo; otro, Fred, compositor y director de orquesta jubilado de todo, que se niega incluso a recibir un premio de la reina de Inglaterra. Ambos pasan su verano en un balneario de lujo en Suiza, rememorando sesenta años de amistad y tratando de mirar al mundo con los ojos del muchacho que también ellos fueron, exactamente igual que hace Spielberg con su cine.
Y lo más curioso es que, aun siendo películas absolutamente diferentes en fondo, forma y sensibilidad artística, ambas dialogan a la perfección.
La juventud está encuadrada en dos planos vitales. Por un lado, dos amigos viejos, o viejos amigos, que quieren saber poco del futuro. Como bien dice Fred, corporeizado en el gigante Michael Caine, “ponerse en forma a nuestra edad es una pérdida de tiempo”. Pero por otro lado aparece la hija del propio Fred inmersa en una monumental crisis sentimental porque su prometido la ha dejado por una imberbe estrella del pop.
Y es precisamente el mismo diálogo que tiene Spielberg consigo mismo en El día de la revelación: ¿dónde quedó aquel joven que rodó en los años 70 Encuentros en la tercera fase, el filme fundacional para entender la ciencia ficción moderna, pero vista 50 años después, con todas las sombras y los surcos del tiempo en la piel?
El día de la revelación no es más que el remake oscuro de aquella obra maestra, hija de una era algo naíf, eso es verdad, pero en la que Spielberg se pregunta qué habría pasado si realmente esos alienígenas hubieran contactado con nosotros. Y las respuestas no son tan humanistas como parecían en aquella, ni el mundo es como lo proyectábamos.
Y ahí están en El día de la revelación los dos Spielberg, algo que nadie ha visto, incomprensiblemente para mí, desbrozando el denso y embrollado plano narrativo de una cinta de acción algo artificiosa en la que el artista necesita toneladas de abigarramiento y andamios de guion para apuntalar el sentido de la maravilla que consiguió sin tanto aspaviento en E.T., el extraterrestre. Y le ayudan los dos mejores en su oficio, David Koepp en la escritura y Janusz Kamiński en la luz, para construir una trama que lleva al cineasta a su particular casita de Bad Bunny, una proyección de su yo joven, el mismo que intentan buscar los dos protagonistas de la película de Sorrentino.
“Tengo que creérmelo todo para contar historias”, dice Mick, el director de cine en La juventud. Lo mismo que le pasa al bendito de Steven.

