La crítica ★ ★ ☆ ☆ ☆

‘Insaciable’ prefiere dar (pocos) sustos que explorar nuestra obsesión por adelgazar

Al calor del fenómeno Ozempic, Natalie Erika James convierte la obsesión por la delgadez en un relato de terror corporal

La perniciosa obsesión por la pérdida de peso que nos asola se ensaña especialmente con mujeres jóvenes que no encajan en el estrecho canon de belleza que triunfa en Instagram. Los cada vez más numerosos y accesibles métodos para adelgazar rápidamente tienen un precio, y para la protagonista de Insaciable ese coste resulta mucho más alto que el de las inyecciones de Ozempic. Si bien se inspira en un fenómeno médico de plena actualidad, el tercer largometraje de Natalie Erika James asimismo se inscribe en una reciente corriente del cine de terror, cuyo más célebre exponente es La sustancia (2024), centrada en la dismorfia corporal y en la incesante búsqueda de la apariencia perfección física en una cultura obsesionada con la juventud y el atractivo físico. Y el principal problema de la nueva película es que, si por un lado resulta tan discutible como la de Coralie Fargeat cuando trata de exhibir feminismo y crítica social, por el otro no logra proponer el tipo de propuesta estética febril que distinguió a esa predecesora.

Su protagonista es Hana, una estudiante de Medicina convencida de sufrir sobrepeso -y atormentada por ello- pese a tener un aspecto completamente saludable, y atrapada en una espiral de hábitos alimentarios nocivos, que decide inscribirse en un exigente programa de transformación física dirigido por una atractiva entrenadora personal por la que se siente claramente atraída. Desde el principio, James parece quedar claro que la conflictiva relación de la joven con la comida tiene sus raíces en su disfuncionales vínculos con sus padres, y de ese modo conecta Insaciable con su ópera prima, Relic (2020), que ya abordaba el trauma familiar intergeneracional.

Un día, Hana se reencuentra por casualidad con una antigua compañera de colegio, antes obesa y ahora irreconociblemente delgada gracias a una exclusiva nueva píldora para adelgazar de la que, por supuesto, es insistente defensora. Tentada por la milagrosa medicina, pero reacia a pagar su elevado precio, la aspirante a doctora decide analizar el fármaco y descubre que su composición se basa en cenizas humanas.

Inexplicablemente, el hallazgo no le provoca el suficiente rechazo como para abandonar la idea, sino que opta por fabricar sus propias pastillas robando el cadáver que disecciona durante sus prácticas académicas y cremando su carne, y la estupidez de su decisión refleja a la perfección resumela incapacidad de Insaciable para decidir si quiere reflexionar seriamente sobre la obsesión social por el peso o simplemente utilizarla como excusa para provocar repulsión en el espectador.

El caso es que los kilos empiezan a desaparecer del cuerpo de Hana a un ritmo vertiginoso. Sin embargo, ingerir restos humanos incinerados resulta ser una pésima idea por varios motivos además de los estrictamente obvios. Pronto, el espíritu del cadáver —una mujer obesa fallecida de cáncer— se hace presente, aparentemente indignado no solo por la macabra profanación de su cuerpo sino también por el deterioro físico de Hana, cada vez más demacrada y enfermiza. Lo que sigue provoca en el espectador algunos sobresaltos gracias a unos eficaces efectos prostéticos y a un uso solvente de las convenciones del cine de fantasmas, aunque la película resulta más efectiva en el apartado sonoro gracias a una banda sonora que combina una instrumentación mecánica y deshumanizada con sonidos de jadeos, vocalizaciones entrecortadas y el chasquido propio de la masticación. En cualquier caso, Hana se muestra casi más fascinada que aterrorizada por lo que le ocurre, por lo que Insaciable en ningún momento llega a resultar verdaderamente perturbadora.

Peor aún, el hecho de que el voluminoso y putrefacto cadáver sea utilizado como un monstruo cada vez más amenazador para provocar sustos acaba poniendo en cuestión el mensaje de aceptación corporal que Insaciable pretende transmitir. Sus apariciones admiten ser interpretadas como una torpe metáfora de la vergüenza que consume a Hana, pero el la muerta está representada de un modo tan caricaturesco que su presencia termina reforzando precisamente la crueldad que la película pretende denunciar y, como consecuencia, en ningún momento demuestra tanta empatía con el sobrepeso y las ansiedades femeninas como cree tener.

Entretanto, al igual que le ocurre a su protagonista, Insaciable parece mucho menos interesada en explorar las razones por las que Hana sufre el acoso del espectro que en observar la pérdida de peso, y quizá es por eso que sus distintos elementos —el relato de fantasmas, el drama sobre el trauma, el ejercicio de terror corporal y de gore— en ningún momento llegan a componer un conjunto realmente sólido. Cuando, en su tercer acto, la película abraza un terror mucho más grotesco y descarta toda posibilidad de que todo cuanto le sucede a Hana exista solo en su mente, lo que había empezado como una reflexión sobre la dismorfia corporal se confirma como la historia de una joven perseguida por el fantasma desnudo de una mujer obesa o, dicho de otro modo, como el desperdicio de una excelente oportunidad para explorar los terrores consustanciales a la obsesión por adelgazar.

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