Nadie presume de haberse sacado una muela sin anestesia. Tampoco admiramos al paciente que decide operarse sin analgésicos o al diabético que rechaza la insulina porque “eso sería demasiado fácil”. Sin embargo, cuando se trata de adelgazar, seguimos creyendo que el sufrimiento tiene un valor moral.
La irrupción de medicamentos como Ozempic o Mounjaro ha revolucionado el tratamiento de la obesidad, pero también ha generado una curiosa necesidad de justificar la pérdida de peso. ¿Por qué tantas personas prefieren ocultar que utilizan estos tratamientos? ¿Y por qué la frase “así cualquiera” aparece con tanta frecuencia cuando alguien reconoce que ha recurrido a ellos?
La respuesta de la ciencia
Al parecer, no juzgamos tanto el resultado como el camino. Dos investigaciones realizadas en Estados Unidos han llegado a la sorprendente conclusión sorprendente de que una parte de la población valora peor a quien adelgaza mediante un agonista del receptor GLP-1 que a quien consigue exactamente la misma pérdida de peso con dieta y ejercicio. Lo más llamativo es que, en algunos escenarios experimentales, el juicio social era incluso más severo hacia quien había adelgazado gracias a la medicación que hacia quien seguía teniendo obesidad.

Para comprobarlo, investigadores de la Universidad Rice presentaron a más de seiscientos voluntarios el perfil de una persona con obesidad desde la adolescencia. La historia era idéntica en todos los casos. Solo cambiaba que unos habían perdido dieciséis kilos gracias a un GLP-1; otros, mediante dieta y ejercicio; un tercer grupo no había adelgazado. Los participantes atribuían al usuario del medicamento rasgos como menor disciplina, menos fuerza de voluntad o escasa capacidad de esfuerzo. También manifestaban menor deseo de relacionarse con él. El resultado sorprendió incluso a los propios autores del estudio por la magnitud del rechazo.
La investigación fue un paso más allá. En un segundo experimento analizó qué ocurría cuando una persona abandonaba el tratamiento y recuperaba parte del peso perdido, algo relativamente frecuente porque estos fármacos suelen requerir un uso continuado para mantener sus efectos. El castigo social volvía a aumentar. No solo se cuestionaba haber utilizado el medicamento; también se interpretaba la recuperación del peso como un fracaso personal. La sociedad dice querer que las personas con obesidad adelgacen, pero penaliza el procedimiento más eficaz del que dispone actualmente la medicina para conseguirlo.
Culto al mérito
Lo que estos estudios ponen sobre la mesa es nuestra fascinación por el mérito. Vivimos en una cultura que convierte el esfuerzo en una virtud moral. Admiramos a quien corre una maratón, estudia durante años una oposición o aprende un idioma desde cero porque detrás existe una historia de sacrificio. El sufrimiento legitima el éxito. Cuando alguien explica que ha perdido veinte kilos levantándose cada mañana para correr, recibe admiración. Si dice que lo ha conseguido con Ozempic, aparecen enseguida expresiones como “eso no tiene mérito”, “has hecho trampas” o “es el camino fácil”.

Nadie emplea ese razonamiento cuando hablamos de otras innovaciones médicas o tecnológicas. Celebramos la cirugía láser que evita llevar gafas, la anestesia que elimina el dolor, la fecundación asistida que permite tener hijos o los avances que reducen la recuperación tras una operación. Sin embargo, adelgazar solo cabe dentro del sacrificio.
Hasta no hace demasiado, muchas personas ocultaban que acudían al psicólogo o que tomaban antidepresivos. Hoy empieza a suceder algo parecido con los medicamentos para adelgazar. Pesa el juicio moral de los demás. Algunos pacientes prefieren atribuir la pérdida de peso a una dieta estricta antes que explicar que siguen una terapia prescrita por un especialista.
El estigma perjudica seriamente la salud
Ese silencio tiene consecuencias prácticas. Los investigadores advierten de que anticipar ese rechazo puede retrasar el inicio del tratamiento, favorecer que el paciente lo abandone antes de tiempo o dificultar que encuentre apoyo en su entorno. El estigma deja de ser una cuestión social para convertirse también en un problema de salud pública.
La historia está llena de ejemplos parecidos. La cirugía bariátrica también era vista como una especie de trampa. Lo mismo ocurrió con los implantes capilares, las técnicas de reproducción asistida o incluso las calculadoras cuando empezaron a utilizarse masivamente en las aulas. Cada avance tecnológico suele despertar la misma sospecha. Si facilita demasiado una tarea, parece restarle valor. Necesitamos pensar que las recompensas importantes exigen un precio elevado.
En España no existe un registro oficial que permita saber cuántas mujeres utilizan Ozempic, Wegovy o Mounjaro para adelgazar. Lo que se sabe es que la obesidad afecta a alrededor del 16-17% de los adultos y el sobrepeso supera el 39%. Eso significa que más de ocho millones de personas podrían cumplir criterios clínicos para recibir tratamiento farmacológico contra la obesidad. La mayoría de quienes solicitan estos tratamientos por motivos estéticos o de pérdida de peso son mujeres, especialmente entre los 30 y los 60 años. En Estados Unidos, donde sí existen bases de datos de prescripción, varios estudios sitúan a las mujeres como entre el 65% y el 80% de los usuarios de agonistas GLP-1 para pérdida de peso.
Los autores de las investigaciones insisten en desmontar la idea del “camino fácil”. Los agonistas GLP-1 no son una solución mágica. Pueden producir efectos secundarios, requieren seguimiento médico y, en muchos casos, un tratamiento prolongado. Además, siguen siendo herramientas dentro de un abordaje mucho más amplio de la obesidad como enfermedad crónica.

