José Saramago, premio Nobel de Literatura: “Convencer a alguien es una falta de respeto, un intento de colonización del otro”

Saramago militó en el Partido Comunista, fue censurado por su gobierno y se exilió en Lanzarote: su frase viene de alguien que lo vivió

José Saramago - Cultura
Una fotografía de archivo del escritor.
EFE

José Saramago tardó veinticinco años en publicar su segunda novela. No fue un bloqueo creativo ni una crisis de confianza: fue una decisión. Sentía que no tenía nada relevante que decir y prefirió callarse antes que añadir ruido. Un escritor que elige el silencio durante un cuarto de siglo tiene necesariamente una relación distinta con las palabras que quien publica sin parar. Tal vez por eso, cuando finalmente retomó la escritura a los 58 años, lo hizo con una lucidez que no admitía concesiones, y con una idea sobre el lenguaje y la persuasión que sigue siendo incómoda décadas después.

La frase que mejor resume esa idea es esta: «He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, un intento de colonización del otro». No es la reflexión de alguien ajeno al debate ideológico. Saramago fue militante del Partido Comunista Portugués durante décadas y participó activamente en la Revolución de los Claveles de 1974. Sabía perfectamente lo que era defender una posición con convicción. Lo que rechazaba era algo distinto: la idea de que tener razón te da derecho a moldear al otro a tu imagen.

El largo silencio antes de la voz

Saramago nació en 1922 en Azinhaga, un pueblo del Ribatejo portugués, en el seno de una familia campesina sin recursos. No pudo terminar los estudios secundarios y se formó de manera autodidacta mientras trabajaba en oficios tan distintos como cerrajero, vendedor de seguros, periodista, traductor y crítico literario. Publicó su primera novela en 1947 y después guardó silencio hasta 1977. Esos veinticinco años no fueron perdidos: fueron el tiempo en que aprendió a distinguir lo que valía la pena decir de lo que no.

Cuando volvió, lo hizo para quedarse. Levantado do Chão (1980) fue el arranque de una carrera tardía y fulgurante que culminó con el Premio Nobel de Literatura en 1998. Por el camino, el gobierno portugués vetó El Evangelio según Jesucristo en 1992 para que no representara a Portugal en un premio europeo, alegando que ofendía a los creyentes. Saramago se marchó a Lanzarote en señal de protesta y allí vivió hasta su muerte en 2010. El episodio, paradójicamente, lo internacionalizó más que cualquier premio.

Por qué convencer es colonizar

La palabra que Saramago eligió para describir el acto de convencer no es casual. «Colonización» implica una asimetría de poder: quien coloniza presupone que su visión del mundo es superior y que la del otro debe ser sustituida. Aplicada a la persuasión cotidiana, la metáfora señala algo que raramente se examina: que insistir en cambiar la opinión de alguien parte de la convicción de que la propia perspectiva es la válida y la del interlocutor, un error a corregir.

Eso no significa que Saramago defendiera el silencio o la indiferencia. Lo que proponía era una distinción entre compartir y someter. Las ideas pueden exponerse, debatirse y ponerse en circulación sin que el objetivo sea que el otro abandone las suyas. El diálogo genuino, desde esa perspectiva, no busca vencedores sino comprensión mutua. Una diferencia que parece sutil y que en la práctica lo cambia todo: el tono, la escucha, la disposición a que la conversación te modifique a ti en lugar de solo modificar al otro.

Una idea más incómoda en la era de las redes sociales

Saramago formuló esta posición en un contexto analógico, pero describe con precisión algo que se ha vuelto mucho más visible desde entonces. Las redes sociales han convertido la persuasión en una actividad de masa: algoritmos que amplifican lo que genera reacción, debates que no buscan entendimiento sino victorias públicas, y la presión constante de posicionarse y convencer como si la acumulación de argumentos fuera el fin último de cualquier intercambio. La colonización del otro que describía Saramago no solo no ha desaparecido: se ha industrializado.

Lo que su frase plantea como alternativa no es cómodo. Exige renunciar a algo que culturalmente se valora mucho: la capacidad de persuadir, de tener razón y de demostrarlo. Exige, en cambio, algo más difícil: respetar que el otro llegue a sus propias conclusiones aunque sean distintas a las tuyas, sin interpretar ese desacuerdo como un fracaso de la comunicación o como un problema a resolver.

El hombre que eligió la coherencia hasta el final

Saramago murió el 18 de junio de 2010 en Lanzarote, después de que le diagnosticaran leucemia. Afrontó la enfermedad y la proximidad de la muerte con la misma serenidad con que había vivido: sin renunciar a sus convicciones ni buscar reconciliaciones de cara a la galería. Hasta el final siguió escribiendo y opinando, con la misma independencia de criterio que lo había llevado a callar veinticinco años cuando no tenía nada que decir y a marcharse de Portugal cuando el gobierno censuró su libro.

Esa coherencia entre lo que pensaba y lo que hacía es, probablemente, lo que da autoridad real a su reflexión sobre el respeto y la persuasión. No la formuló desde la teoría sino desde una vida en la que practicó exactamente lo que defendía: decir lo que creía, escuchar lo que los demás creían, y no confundir ninguna de las dos cosas con la obligación de que el otro terminara pensando igual que él.

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