El profesor Juan Francisco Fuentes (Barcelona, 1955) publicó en los estertores de la primavera Adolfo Suárez. La opción más difícil (Taurus, 2026), poco antes de que se cumpliera el quincuagésimo aniversario del nombramiento del cebrereño como presidente del Gobierno. Catedrático de Historia Contemporánea en la Complutense y académico de número de la Real Academia de la Historia, el autor traza, con una prosa limpia, y con el ritmo y el pulso –y el humor– adecuados para facilitar la digestión de su puchero de datos, un retrato vivísimo de un chico de provincias orgulloso que fantaseaba en su juventud con ser presidente de la República, que desempeñó diferentes cargos durante el franquismo y que, muerto el dictador, con audacia e imaginación, transitó “de la ley a la ley” (Fernández-Miranda), impulsó y fundó una democracia. La que ahora gastamos, vaya. “Vivimos de rentas –advierte el historiador en Artículo14–, pero es posible que el capital se vaya agotando”. Conversamos en “El palacio de la duda”:
P: Profesor Fuentes, ¿por qué le dedica el libro a sus padres?
R: Porque tocaba. Vivimos juntos la Transición y compartimos, desde posiciones distintas, como pasó en muchas familias, más consenso que disenso.
P: Sostiene que no existe una Piedra de Rosetta que nos permita descifrar los enigmas pendientes de la Transición en el sentido que desearían sus detractores: “El proceso es siempre el mismo: de la expectación inicial al estupor y la incredulidad ante la irrelevancia de los documentos desclasificados”.
R: Creo que existe eso que Javier Cercas llama una “industria del 23F”. Hay gente que vive de eso, de descubrir el Mediterráneo o de inventar la pólvora en cada libro, omitiendo que muchas de esas cosas ya se han dicho, incluyendo fabulaciones personales. Hay, al menos, dos razones para que esa visión crítica de la Transición predomine en ciertos medios o autores: primero, vende mucho más; segundo, contribuye a una visión histórico-política que hoy en día tiene partidarios, y partidarios muy influyentes. Por razones de puro oportunismo, se entiende que la crítica de la Transición venda más y tenga un nicho de mercado mayor que la defensa de la Transición. La paradoja es que quienes critican la Transición, sin la Transición, no podrían decir lo que dicen.

P: ¿Qué es lo que más le interesa de Suárez?
R: Es un personaje enigmático que me interesa por muchas razones. Una de ellas es porque no nos parecemos en nada en cuanto a nuestra trayectoria, orígenes, formación, dedicación… El reto consiste en descifrar su enigma. Para un historiador, para un intelectual, para alguien que se ha formado leyendo libros, resulta incomprensible, y hasta un poco provocador, que alguien que no leía, que no tenía una cultura libresca, sea capaz de acertar de una forma tan original y tan creativa, lo cual lleva a relativizar el valor de los libros como fuente de conocimiento para algunas cosas.
P: ¿Cuáles fueron, en su opinión, sus mayores virtudes?
R: La audacia, y la imaginación en el sentido creativo de la historia o de la política que tiene que ver con esa carencia de lecturas: no era un hombre que se hubiera construido una caja dentro de la cual él iba a actuar; era un hombre que pensaba desde fuera de la caja. Al no ser un hombre muy formado, por ejemplo, en historia de España, no se planteaba como imposibles cosas que, a partir de la lectura de los libros de mayor influencia o reconocimiento, se podían considerar absolutamente descartables. Precisamente, la ausencia de esa caja, de ese perímetro de conocimientos, le ayudó a plantearse como posibles cosas que otros políticos mucho más formados habrían pensado, y pensaban, de hecho, que eran imposibles.
P: ¿Y cuál cree que fue su mayor defecto? ¿Le cegó la hibris?
R: Un político tiene que tener ambición. En realidad, cualquier ser humano: hay que tener ambición, somos supervivientes y tenemos que asumir retos. En el caso de un político, probablemente, más: la política tiene una parte muy ingrata y tienes que tener muchas ganas para dedicarte a esto sacrificando muchas cosas. En su caso, su vida familiar, en gran medida. ¿A partir de cuándo no supo calcular sus fuerzas y sus posibilidades? Creo que a partir del año 79. Él era prisionero, en cierta forma, de un destino o de su propia personalidad. Estaba hecho para la política, pero siendo un gran actor político, estaba hecho para un solo papel. Y la película se acaba al final de la Transición. ¿Cuándo acaba la Transición? Con las elecciones de octubre del 82, que demuestran, con el triunfo del PSOE, que va a haber una auténtica alternancia y que la izquierda puede llegar al poder. El papel de Suárez creo que se acaba con la aprobación de la Constitución. Eso explica que, a partir de las elecciones de marzo del 79, que volvió a ganar, y gana UCD gracias, fundamentalmente, a Suárez, él queda descolocado y aquellos que forman parte de su entorno, aquellos que han sido sus grandes colaboradores, empiezan a darse cuenta de que Suárez no encaja tan bien en el nuevo papel que le toca desempeñar como presidente del Gobierno. A partir del 79, hay que desarrollar la Constitución, definir una política exterior, hacer frente a una crisis económica recrudecida por la segunda crisis del petróleo…, y Suárez no estaba preparado para eso.
P: Gestionar le aburría.
R: Había una serie de cosas que le aburrían, cosas que identificaba con la gestión, con la parte administrativa o tecnocrática de la política. Eso hace que vaya perdiendo el control de la situación de su propio partido.

P: ¿Bruto militó en UCD?
R: (Risas) Desde luego, fue un partido lleno de candidatos a Bruto, a conspiradores y a traidores.
P: ¿El CDS fue el gatillazo de un hombre que tenía ansia de ser mirado?
R: Eso lo digo a propósito de la estupenda entrevista que le hizo Mercedes Milá. Es el momento en que estuvo más cerca, y, de hecho, el resultado de las elecciones que se celebraron unos días después así lo indica, de ganarse una segunda oportunidad; de empezar una carrera, prácticamente desde la nada, hacia la presidencia del Gobierno, desempeñando un nuevo papel, reinventándose como político. En ese momento, efectivamente, parecía que podía conseguirlo.
P: Rebobinemos un poco, profesor. En el discurso del 14 de diciembre de 1976, en el que pedía el voto afirmativo para la Ley de Reforma Política, utilizó la palabra futuro en siete ocasiones; Gobierno, dieciocho; pueblo, diecinueve. ¿Hasta qué punto, en esa intervención, se refleja la España de aquel momento?
R: Totalmente. Es el lenguaje de una época, como mínimo, de una generación. La habilidad de Suárez estuvo en adaptar ese lenguaje, hacerlo suyo y darle forma. En ese lenguaje está la palabra futuro, que es una palabra fetiche, clave, de un hombre que le tenía auténtica fobia al pasado. En él se daba la circunstancia rara de que acertaba más cuando hablaba del futuro que cuando hablaba del pasado.
P: El legado de Suárez, ¿luce lozano o esputa sangre?
R: Es el legado de la Transición, es una obra colectiva. Evidentemente, Suárez tuvo un papel determinante. Vivimos de rentas, pero es posible que el capital se vaya agotando.
P: En 2014, se hizo viral un reportaje de Granada Digital titulado: “¿Saben los jóvenes quién es Adolfo Suárez?”. Entre las respuestas, escuchamos: “No tengo ni idea”, “pertenece a la dinastía a los Reyes o algo, dio un golpe de Estado”, “a mí me gusta Carlos Alfredo, de La Voz Kids, el morenillo chiquitillo”. ¿Qué le dicen a usted estas respuestas?
R: Estas respuestas muestran una realidad: el desconocimiento de una parte de la juventud. Esto es de hace doce años; ahora, probablemente, esa parte de la juventud ignorante del pasado ha aumentado. Lo que me dice mi experiencia es que, entre los alumnos que he tenido, los había que, desde luego, no tenían ni idea de la Transición, pero los había también que sabían mucho de la Transición. Y los había también que, sin saber mucho, sin saber muy bien lo que era, tenían la curiosidad y la receptividad necesaria para acabar el curso sabiendo lo que fue.
P: Vamos acabando, profesor. Incorpora al título de su nueva biografía de Suárez una expresión inspirada en una frase de su biografiado: “La vida siempre te da dos opciones: la cómoda y la difícil. Cuando dudes, elige siempre la difícil”. La expresión emparenta con el título de uno de los tomos de las memorias de Churchill, Su hora más hermosa, y escribe: “La frase de Suárez, como la hora más hermosa de Churchill, nos recuerda en política, como en el ajedrez, la belleza surge de la dificultad”. En primer lugar, ¿se pueden comparar las dificultades de la situación política contemporánea con las de hace medio siglo?
R: Es difícil responder a eso. Lo más fácil, lo que a uno le pide el cuerpo, es decir que no, que las situaciones son tan distintas… Pero hay otra respuesta, y es la contraria: los retos, al final, son siempre muy parecidos. Cambian elementos del guion, el decorado, los actores…, pero la condición humana es la misma. Por tanto, entiendo que se puede abordar con las mismas herramientas que hace cincuenta años los problemas políticos de hoy en día, sí.
P: Y, en segundo lugar, ¿dónde está hoy esa belleza que surge de la dificultad?
R: (Risas) Le daría la vuelta a esa frase: la dificultad es tan grande que la belleza tiene que ser enorme. Pero ahora estamos en otra cosa, en algo más prosaico, que es resolver los problemas del día a día, que son tremendos. Si de ahí sale alguna belleza, lo verán los historiadores del futuro.
P: 2026 está infestado de efemérides: medio siglo del nombramiento de Suárez como presidente del Gobierno (3 de julio), del Decreto-Ley de Amnistía Política (30 de julio), la Ley para la Reforma Política (18 de noviembre) y el referéndum sobre la misma (15 de diciembre)…, ¿dónde están los fastos? ¿La Transición mueve menos que el Año Franco?
R: No sé hasta qué punto hay un interés en celebrar la Transición. La Transición va un poco a remolque de los impulsos de la política española. No voy a decir que sea políticamente incorrecta, pero casi. Por otro lado, el hecho de que sea un proceso gradual hace más difícil concentrar en una fecha concreta el paso de la dictadura a la democracia. No hubo un 14 de abril. En ningún momento se pudo decir, como dijo el almirante Aznar, “España se ha acostado monárquica y se ha levantado republicana”; en ningún momento se pudo decir: “España se acostó con una dictadura y se levantó con una democracia”. Es un proceso gradual, con fechas muy importantes. Probablemente, la definitiva, la que marca el final y el éxito del proceso, es la aprobación de la Constitución. Pero a eso se llega después de superar obstáculos muy importantes y de fechas que tienen una enorme carga no sólo política, sino simbólica, como la legalización del PCE o las primeras elecciones democráticas. Por tanto, va a haber muchas oportunidades de celebrar la Transición.

P: Para acabar, volvamos al discurso del 14 de diciembre de 1976. Futuro, Gobierno, pueblo. ¿Con qué tres palabras resumiría el ecosistema político actual?
R: Desde luego, hay un elemento que lo preside todo: la polarización. La crispación. Y la pérdida de confianza entre los principales actores de la vida política. Falta comunicación. Faltan elementos compartidos. Falta consenso. Y falta todo aquello que permite construir un futuro compartido. Indudablemente, eso tiene remedio en unas elecciones, pero hay problemas que requieren algo más que alternancia política. Hace unos días, supimos la debacle tremenda del último informe PISA. Eso no se resuelve con unas elecciones; se resuelve con un cambio de paradigma en el sistema educativo, con un replanteamiento general de los fundamentos de la educación del siglo XXI, no sólo en España, y pensando en un proyecto de país a medio-largo plazo. Y no es que eso no se vea ahora mismo, es que además hay otras urgencias, lamentablemente. Por tanto, ni siquiera se ve la oportunidad, una grieta en la agenda española para poder colar una cuestión tan importante como es el futuro de la educación en España.
