Hay frases que sobreviven a la obra que las contiene y terminan circulando solas, convertidas casi en pequeños aforismos. Una de las más conocidas de Julio Cortázar pertenece a esa categoría: “Hasta lo inesperado acaba en costumbre cuando se ha aprendido a soportar”. Más de medio siglo después de ser escrita, sigue describiendo una experiencia reconocible: la facilidad con la que incluso aquello que parecía imposible puede incorporarse a la vida cotidiana.
Pero la frase encierra algo más oscuro de lo que puede sugerir una lectura aislada. No nació como una reflexión optimista sobre la resiliencia ni como un elogio de la capacidad para superar las dificultades. Cortázar la escribió dentro de una historia marcada por los celos, el sometimiento, la violencia y la muerte.
La verdadera historia detrás de la frase de Julio Cortázar
La cita aparece en Todos los fuegos el fuego, uno de los relatos reunidos en el libro del mismo título que Julio Cortázar publicó en 1966. El cuento entrelaza dos historias separadas por siglos, pero unidas por las pasiones humanas y por un desenlace dominado por el fuego.
Una de ellas transcurre en un circo de la Antigua Roma. Irene contempla junto a su marido, un procónsul, una lucha de gladiadores. Entre los combatientes se encuentra Marco, un hombre por el que ella siente una atracción que su esposo conoce.
El procónsul ha organizado el espectáculo consciente del sufrimiento que provocará en Irene. Ella, sin embargo, mantiene la compostura. Está acostumbrada a sus juegos, sus provocaciones y su manera de ejercer el poder. Es precisamente entonces cuando aparece la frase: “Hasta lo inesperado acaba en costumbre cuando se ha aprendido a soportar”.
La costumbre de la que habla Cortázar no es aquí necesariamente una victoria. Puede ser también una forma de supervivencia.
Cuando acostumbrarse no significa aceptar
Ahí reside buena parte de la fuerza de la reflexión de Julio Cortázar. Una persona puede habituarse a una situación sin considerarla buena, justa o deseable. La repetición reduce el impacto de aquello que inicialmente parecía extraordinario, pero no modifica necesariamente su naturaleza.
Con el paso del tiempo, situaciones que provocaban sorpresa, miedo o incomodidad pueden adquirir una apariencia de normalidad. Ocurre con circunstancias personales, cambios profundos, pérdidas o rutinas que nunca fueron elegidas. El cerebro y los hábitos terminan construyendo una nueva referencia desde la que interpretar lo cotidiano.
Cortázar lleva esa idea hacia un territorio más incómodo. La capacidad de soportar también puede normalizar aquello que nunca debería parecernos normal. Irene conoce el comportamiento del procónsul hasta el punto de que incluso una nueva crueldad deja de sorprenderla por completo.
Lo extraordinario escondido dentro de lo cotidiano
La reflexión encaja además con una de las grandes obsesiones literarias de Julio Cortázar: romper la aparente estabilidad de la realidad. Sus cuentos están llenos de personajes que llevan vidas reconocibles hasta que una pequeña grieta altera las reglas del mundo.
En Casa tomada, una pareja abandona progresivamente su vivienda ante una presencia que nunca llega a explicarse. En La noche boca arriba, la frontera entre sueño y realidad termina desmoronándose. Y en La autopista del sur, un atasco transforma una carretera ordinaria en una comunidad improvisada con sus propias normas.
Todos los fuegos el fuego lleva ese juego todavía más lejos. El relato superpone una tragedia situada en la Roma antigua con otra historia desarrollada en el París contemporáneo. Dos épocas distintas terminan reflejándose entre sí hasta que el fuego une definitivamente ambos espacios.
Una frase escrita hace 60 años que conserva su vigencia
El libro apareció en 1966, tres años después de que Rayuela consolidara a Julio Cortázar como una de las grandes figuras del boom latinoamericano. El volumen reunió ocho cuentos y confirmó una de las facetas fundamentales de su carrera: su capacidad para convertir una escena aparentemente corriente en algo extraño, inquietante o revelador.
Cortázar había nacido en Bruselas en 1914, hijo de padres argentinos, y pasó buena parte de su vida adulta en París. Fue profesor, traductor y escritor, además de uno de los grandes renovadores del cuento en castellano. Murió en la capital francesa en febrero de 1984.
Décadas después, aquella frase continúa encontrando nuevas interpretaciones porque habla de algo que no pertenece únicamente a Irene ni al mundo imaginado por Cortázar. Habla de la extraordinaria capacidad de las personas para adaptar sus límites a las circunstancias.
Y quizá ahí se encuentre también su advertencia. Aprender a soportar permite continuar, pero puede tener un precio: que aquello que un día nos pareció intolerable termine dejando de sorprendernos. Para Julio Cortázar, incluso lo inesperado puede convertirse finalmente en costumbre.

