Julio Cortázar, escritor: “Los libros son el único lugar de la casa donde aún se puede estar tranquilo”

Julio Cortázar dijo que los libros eran el único lugar tranquilo de la casa en una nota casi anónima que acompañaba 'Los premios'

Julio Cortázar - Cultura
Julio Cortázar en 1967, retratado por Sara Facio.
Wikipedia

La frase no apareció en una novela ni en una entrevista. Julio Cortázar la dejó escrita en una nota breve que acompañaba Los premios, casi de pasada, como quien anota algo en un margen sin intención de que nadie lo encuentre importante. «Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo». Décadas después, la frase viaja sola por internet sin que casi nadie sepa de dónde viene. Funciona así de bien porque no suena a boutade literaria. Suena a alguien que lo ha comprobado.

Qué quería decir exactamente

La tranquilidad que menciona Cortázar no es la del silencio físico. Un libro puede leerse en el metro más ruidoso del mundo. Lo que describe es otra cosa: la posibilidad de habitar un espacio que no depende de lo que ocurre alrededor. Para alguien que pasó buena parte de su vida adulta en el exilio voluntario de París, lejos de la Argentina donde se había criado y en permanente tensión entre la literatura y el compromiso político, esa clase de refugio tenía un peso concreto.

Cortázar no era un escritor que romantizara la lectura desde la distancia segura de quien nunca ha necesitado un escape real. Era alguien que había crecido en Banfield leyendo de manera compulsiva, que había sido maestro en la provincia de Buenos Aires antes de que la escritura absorbiera todo lo demás, y que describía los libros como refugio desde la experiencia de quien ha comprobado que funcionan como tal.

Lo fantástico como parte de lo cotidiano

Entender la frase requiere entender cómo veía Cortázar la realidad. Para él, lo extraordinario no llegaba de fuera a interrumpir la vida normal: vivía dentro de lo cotidiano esperando el momento adecuado para aparecer. Un hombre que vomita conejitos. Un pasaje secreto entre dos apartamentos. Una autopista que se convierte en un campamento permanente sin que nadie entienda muy bien cuándo ocurrió el cambio. En sus cuentos, la fractura con lo ordinario siempre parte de algo que podría haber pasado cualquier tarde.

Esa visión explica también el valor que otorgaba a los libros. Leer no era para él una actividad de evasión sino de apertura: una manera de ampliar los bordes de lo que la realidad parece permitir en un día concreto. La tranquilidad que prometían no era pasividad sino la concentración necesaria para percibir cosas que el ruido del exterior impide escuchar.

El libro que lo cambió todo

Rayuela - Julio Cortázar
Portada de la novela ‘Rayuela’, de Julio Cortázar.
DeBolsillo

Cuando Rayuela llegó a las librerías en 1963, la discusión sobre qué podía hacer una novela cambió de manera permanente. El famoso «Tablero de dirección» de las primeras páginas proponía dos recorridos distintos por el mismo libro, convirtiendo al lector en alguien que tomaba decisiones sobre la estructura de la historia en lugar de recibirla pasivamente. Los personajes, Horacio Oliveira y la Maga, no resolvían sus preguntas al final: las dejaban abiertas, como las dejaba abiertas la propia novela.

Esa arquitectura no era un experimento formal sin más. Era coherente con la manera en que Cortázar entendía tanto la literatura como la vida: como territorios donde las certezas deberían ser siempre provisionales y donde la mejor actitud ante lo desconocido es la curiosidad, no el miedo.

El escritor que no quiso quedarse quieto

Cortázar publicó Bestiario en 1951 y ese mismo año se marchó a París, en parte por asfixia ante el clima político del peronismo. Desde allí, durante décadas, construyó una obra que abarcó el cuento fantástico, la novela experimental, la poesía, el ensayo y la crónica política. A medida que avanzaron los años sesenta y setenta, su compromiso con los movimientos de liberación latinoamericanos fue haciéndose más explícito, hasta el punto de donar los derechos de Libro de Manuel a los presos políticos argentinos o participar en el Tribunal Russell II para documentar las violaciones de derechos humanos de las dictaduras del continente.

Ese doble movimiento, entre la literatura más libre y el compromiso más concreto, fue una tensión que nunca resolvió del todo y que tampoco intentó resolver. La consideraba productiva. Desconfiaba de los escritores que usaban la política como coartada para no pensar y de los que usaban el arte como coartada para no comprometerse. Él intentó hacer las dos cosas al mismo tiempo, con resultados desiguales según a quién se le pregunte, pero con una coherencia que resulta difícil de negar.

Por qué sigue importando

Cortázar murió en París en febrero de 1984. Está enterrado en el cementerio de Montparnasse. Sus libros llevan más de cuarenta años encontrando lectores nuevos en cada generación, lo que no es algo que ocurra con todos los escritores considerados canónicos. Ocurre con los que escribieron sobre algo que no caduca: la perplejidad ante la realidad, la necesidad de un espacio propio para pensar, la sospecha de que lo extraordinario está más cerca de lo que parece.

La frase sobre los libros como refugio tiene esa misma cualidad. No habla de los años cincuenta ni de la Argentina ni de París. Habla de cualquier momento en el que el mundo exterior se vuelve demasiado ruidoso y hace falta un sitio donde estar tranquilo. El dato es que ese sitio sigue siendo el mismo que describió Cortázar: las páginas de un libro abierto.

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