Julio Cortázar, escritor: “Un libro más es siempre un libro menos hacia el último que nos espera”

Cortázar veía cada obra como un paso hacia un libro perfecto, una búsqueda literaria marcada por la creación, el tiempo y la muerte

Julio Cortázar - Cultura
Julio Cortázar en 1967, retratado por Sara Facio.
Wikipedia

Hay escritores que terminan un libro con la sensación de haber alcanzado una cima. Julio Cortázar parecía contemplar cada obra como una estación provisional, otro peldaño hacia un volumen perfecto que nunca llegaría a existir. La escritura no era para él una sucesión de metas cumplidas, sino una persecución condenada de antemano a permanecer incompleta.

«Un libro más es siempre un libro menos hacia el último que nos espera». La frase resume una de las ideas más poderosas de Julio Cortázar: cada obra publicada acerca al escritor a ese libro definitivo que lleva toda la vida intentando escribir, pero también reduce el tiempo disponible para alcanzarlo. Detrás de la aparente paradoja se esconde una reflexión sobre la creación, la muerte y la insatisfacción que acompaña incluso a los grandes autores.

El libro perfecto que nunca llega

La expresión procede de una reflexión más amplia formulada por Julio Cortázar en 1977, durante una extensa entrevista concedida al periodista Joaquín Soler Serrano para el programa A fondo, de Televisión Española. El escritor reconocía entonces que ningún autor consigue escribir exactamente aquello que quisiera escribir.

Para Cortázar, cada nuevo título suponía un avance hacia un hipotético «libro final y absoluto». Sin embargo, esa obra perfecta no podía completarse porque la vida terminaba antes. Escribir consistía en aproximarse a algo que siempre permanecía unos pasos más allá, como una puerta que se aleja cada vez que alguien trata de alcanzarla.

La reflexión explica también la exigencia literaria de Julio Cortázar. Publicar no significaba resolver definitivamente una búsqueda, sino eliminar algo de lo innecesario, aprender de los errores y acercarse a una escritura más esencial. Cada libro era una respuesta parcial, pero también abría nuevas preguntas.

De ahí que la frase pueda resultar tan atractiva para cualquier lector. No habla únicamente del oficio de escribir. También recuerda que cada libro leído ocupa un lugar dentro de una vida necesariamente limitada. Elegir una lectura significa renunciar, al menos durante un tiempo, a todas las demás. Las bibliotecas pueden ser infinitas; la existencia de quien las recorre, no.

Una obra construida contra las reglas

Nacido en Bruselas el 26 de agosto de 1914 y criado en Argentina, Julio Cortázar desarrolló una obra marcada por el juego, la experimentación y la irrupción de lo extraño en la realidad cotidiana. Fue profesor, traductor y escritor, aunque terminó convirtiéndose sobre todo en una de las voces fundamentales de la literatura en español del siglo XX.

Sus cuentos demostraron que lo fantástico no necesitaba castillos ni criaturas imposibles. Podía aparecer en una casa familiar, en un atasco, en una fotografía o en un simple viaje en autobús. Libros como Bestiario, Final del juego, Las armas secretas y Todos los fuegos el fuego transformaron situaciones reconocibles en espacios donde las certezas comenzaban a resquebrajarse.

Con Rayuela, publicada en 1963, Julio Cortázar llevó esa voluntad de ruptura hasta la propia estructura de la novela. El lector podía seguir el orden convencional de los capítulos o aceptar el recorrido alternativo propuesto por el autor. Leer dejaba de ser un acto pasivo: había que elegir, saltar, reconstruir y asumir que ninguna lectura agotaría por completo el libro.

Esa concepción conecta directamente con su reflexión sobre la obra definitiva. Cortázar no parecía interesado en cerrar el significado de sus textos, sino en mantenerlos abiertos. Sus libros no entregaban una verdad terminada. Proponían caminos, trampas, juegos y zonas de incertidumbre para que el lector participara en la creación.

Leer sabiendo que el tiempo se acaba

La frase de Julio Cortázar conserva su fuerza porque convierte la literatura en una medida del tiempo. Cada libro terminado amplía la experiencia del lector, pero también deja al descubierto todos los volúmenes que probablemente nunca podrá abrir. La lectura contiene así una felicidad y una pequeña forma de melancolía.

Sin embargo, Cortázar no planteaba esa imposibilidad como una derrota. El valor de la literatura se encuentra precisamente en continuar buscando, aunque el libro perfecto no llegue jamás. Escribir y leer son formas de avanzar hacia algo que quizá no pueda alcanzarse, pero cuya persecución modifica para siempre a quien emprende el camino.

Cuando murió en París el 12 de febrero de 1984, Julio Cortázar dejó novelas, cuentos, poemas, ensayos y textos difíciles de clasificar. Ninguno fue aquel libro absoluto del que habló ante las cámaras. Quizá porque ese último libro no era un título concreto, sino el conjunto invisible formado por todo lo escrito, lo imaginado y lo que quedó pendiente.

Cada libro fue uno más y, al mismo tiempo, uno menos. Una nueva oportunidad para acercarse a una perfección imposible antes de que el tiempo cerrara definitivamente la biblioteca.

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