Chile produjo en la última década a un escritor que convirtió la física cuántica en materia de pesadilla y a los matemáticos del siglo XX en personajes de tragedia. Pero antes de Oppenheimer, antes del cianuro de Fritz Haber, antes de que von Neumann soñara con máquinas que nos sobrevivirían, Benjamín Labatut escribió un libro de cuentos sobre gente sin nombre que se caía del mundo. Se llamaba La Antártica empieza aquí, se publicó en México en 2010 y apenas circuló. Anagrama lo ha reeditado, y esa recuperación fue el motivo de la presentación que hizo el chileno en Madrid y en la que aprovechó para hablar también de las luces y las sombras de la escritura.
La tentación, ante un primer libro rescatado quince años después, es tratarlo como una reliquia: el borrador de un genio, interesante solo porque sabemos en qué se convirtió su autor. Labatut desactivó esa lectura desde el principio, y lo hizo del modo más incómodo: reconociéndose en aquellos cuentos sin coartada. “Mi cuento favorito es Alfredo”, dijo, “porque siento que no lo escribí, fue casi de cacería”.
Alfredo no era un personaje
El pasaje más nítido de la charla fue el de Alfredo Espinosa, un músico real, según contó Labatut “probablemente el mayor” que ha dado su país en cierto registro, y que él conoció mientras trabajaba en una revista. La escena que describió tiene la textura de sus mejores páginas: un domingo entró al living de la casa y encontró todas las paredes cubiertas de casetes. Eran veinticinco años de grabaciones, tardes enteras registradas. De ese hombre —”alguien único”, “lleno de sabiduría y de locura”— salió el músico que en el libro decide un día tumbarse en la cama y no volver a levantarse. Labatut lo recuperó después en otro cuento porque, dijo, en el colchón había quedado marcada la forma de su cuerpo, “como un bajorrelieve”.
Ahí está la clave que atraviesa toda su obra y que ya latía en 2010: a Labatut no le interesa la anécdota, le interesa el instante en que alguien deja de sostenerse. La bomba atómica y el músico que se rinde a la inacción son la misma escena filmada desde ángulos distintos. Por eso funciona el título: la Antártida no es un continente al que se viaja: es, dijo, “un lugar que atrae a los desesperados”, el punto más desolado del planeta, sin ríos ni geografía habitable, y sin embargo un imán. Un estado que puede empezar en cualquier cocina, en cualquier cama, en cualquier vida que se descompone sin dar explicaciones.

Holanda como trauma, la ficción como venganza
Labatut no disimuló hasta qué punto estos relatos son autobiográficos. Del cuento del futbolista fracasado que acaba prostituyéndose —”Países Bajos”— confesó que nació de su propio paso por Holanda, un país que le dejó “un trauma del tamaño” del propio territorio. Contó que, al volver de niño a Chile, ya no quiso salir más; que años después regresó a aquella casa y la encontró idéntica al horror recordado, “una no-ciudad, como una tumba”, como si hubieran arrojado allí una bomba de neutrones que matara toda la vida dejando los edificios en pie. Escribir el cuento fue, dijo, una forma de “revivir” ese daño y darle por fin una dirección.
Esa mezcla de biografía y ficción tiene, según él, un componente de peligro deliberado. Habló de un relato construido a partir de la historia real de un exmilitar de la dictadura chilena, y de cómo el hijo de aquel hombre empezó a amenazarlo cuando el texto circuló. La literatura, insistió, no es inofensiva: “es peligrosa solo en el sentido de que, si la haces bien, es una especie de conjuro”. Escribir bien, para Labatut, es lo contrario de escribir bonito. “Es muy fácil tratar de llamar la atención”, dijo; lo difícil es que, cuanto más escabroso es el material, más tiene que rozar el texto “el corazón de lo humano”.
Contra los finales que consuelan
De los Ángeles señaló algo que recorre el libro: casi ningún cuento cierra. Se interrumpen en pleno abandono, en mitad de la crisis, sin resolverla. Labatut lo asumió como una convicción, no como un descuido. “Solo los niños creen que las historias se cierran”, vino a decir; uno aprende, como lector y como ser humano, que la vida es horrorosa y que ojalá pudiéramos morir en el clímax del amor o de la belleza, pero no es así. Un final no debe cerrar nada: debe “atrapar una esencia” y poner el punto justo ahí, en la herida abierta.
Fue también en ese terreno donde admitió lo que más le enorgullece del libro: una imagen, al final de uno de los cuentos, que cree “lo único original” que ha escrito, hasta el punto de sospechar que la robó sin darse cuenta. No la reveló del todo. Coherente con su idea de que un relato vale por “alguna verdad, algún misterio, un toque profundo de humanidad”, y no por su desenlace.

El escritor sin lenguaje
Lo más revelador para entender su trayectoria posterior llegó cuando explicó qué le dejó este libro. Después de escribirlo atravesó una temporada en la que no pudo escribir ni leer —“a un escritor le quitan el lenguaje y es horrible, como un futbolista que deja de jugar: ¿qué haces contigo?”—. De ese vaciamiento, dijo, nació la forma extraña de sus obras siguientes: cuando los mecanismos del lenguaje se le desmontaron, tuvo que reconstruir otra manera de narrar. Los cuentos de perdedores anónimos y los físicos que enloquecieron son, vistos así, las dos orillas de un mismo río.
“Es un lugar que atrae a los desesperados”, dijo Labatut de la Antártida. Lo dijo del continente, pero podría haber estado hablando de su propia literatura, que quince años después sigue plantada en el mismo punto helado del que nunca ha querido moverse.

