La reflexión de Arturo Pérez-Reverte sobre el paso del tiempo: “Son las reglas, no hay que hacer dramas”

El escritor explica por qué la edad le ha dejado menos certezas y cómo contempla con curiosidad la desaparición del mundo en el que creció

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El escritor Arturo Pérez-Reverte, en Agistri (Grecia) durante la presentación de la novela 'La isla de la mujer dormida'
EFE/Alfaguara/Jeosm

Envejecer suele presentarse como una acumulación de experiencia, respuestas y convicciones. Sin embargo, para Arturo Pérez-Reverte ocurre precisamente lo contrario. El paso de los años no ha llenado su vida de verdades definitivas, sino que ha debilitado muchas de las certezas que tuvo durante su juventud y ha ampliado el territorio de las dudas.

El escritor y antiguo reportero de guerra reflexionó sobre esa transformación durante una conversación en Aprendemos juntos 2030, el proyecto educativo de BBVA. Lejos de lamentar la desaparición del mundo en el que creció, Pérez-Reverte asegura que contempla los cambios sociales con interés y sin convertirlos en una tragedia personal.

“Yo nací en el año 1951. Mis abuelos nacieron en el siglo XIX. Fui educado para un mundo que ya no existe”, explicó. Aquel universo tenía, en su opinión, aspectos valiosos y otros profundamente negativos. Pero era el escenario para el que fue preparado y el que ahora observa desvanecerse desde una posición privilegiada.

La edad no entrega respuestas, sino nuevas incertidumbres

Una de las principales conclusiones de Arturo Pérez-Reverte es que la juventud suele estar acompañada por una seguridad que después se debilita. Cuando era joven, recuerda, creía comprender con claridad el amor, el odio, la amistad, la familia y otros grandes asuntos de la vida.

“Hay una cosa que he aprendido en la vida, que es que a medida que te haces mayor tienes menos certezas”, señaló. “Cuando era joven, tenía un montón de certezas, estaba seguro de mil cosas, y ahora, con la edad que tengo, tengo muy pocas certezas y muchísimas incertidumbres”.

El escritor no interpreta esa pérdida como un fracaso intelectual. Al contrario, considera que la duda le permite seguir mirando el mundo sin darlo completamente por entendido. Las experiencias acumuladas introducen excepciones, contradicciones y matices allí donde antes parecía existir una respuesta sencilla.

La edad no demostraría así que una persona sabe definitivamente más que cuando era joven. Le enseñaría, sobre todo, a desconfiar de las afirmaciones absolutas y a reconocer que una misma cuestión puede contemplarse desde posiciones distintas.

El territorio gris donde nacen sus novelas

La incertidumbre también ocupa un lugar fundamental en la literatura de Arturo Pérez-Reverte. Sus novelas suelen desarrollarse en espacios morales donde los personajes no encajan cómodamente en las categorías tradicionales del héroe o el villano.

“Me gusta, por eso escribo novelas, precisamente”, explicó sobre la pérdida de certezas. El escritor se siente atraído por ese “territorio gris, incierto, contradictorio” que le permite pensar de manera diferente a como lo hacía tres décadas atrás y descubrir aspectos de la realidad que antes no había observado.

La ficción funciona para Pérez-Reverte como una forma de explorar, no de dictar sentencias. Sus personajes afrontan conflictos en los que la lealtad puede chocar con la justicia, la supervivencia con la moral o el deber con los afectos personales.

Ese interés por las contradicciones guarda relación con su experiencia como periodista. Durante más de veinte años cubrió conflictos armados y contempló situaciones en las que las explicaciones simples resultaban insuficientes. La guerra, como muchas de sus novelas, obligaba a observar el comportamiento de las personas cuando las normas habituales dejaban de funcionar.

“A ver qué verdad me va a ser arrebatada hoy”

La revisión constante de sus propias creencias se ha convertido incluso en una forma de comenzar cada jornada. “Hay dos cosas que me hacen mirar el mundo con interés cada mañana”, afirmó. Una de ellas es preguntarse “qué verdad me va a ser arrebatada hoy” y “qué certeza voy a perder”.

La frase resume una actitud alejada de la nostalgia rígida. Arturo Pérez-Reverte no niega que eche de menos elementos del pasado, pero tampoco pretende que el presente permanezca sometido a los valores, costumbres o códigos de su generación.

Lo que ayer parecía permanente puede dejar de servir. Las palabras cambian, las relaciones se transforman y los consensos sociales desaparecen. La tentación consiste en interpretar toda modificación como una degradación. Pérez-Reverte prefiere observar el proceso, intentar comprenderlo y aceptar que ningún mundo permanece intacto.

El final de un mundo sin convertirlo en tragedia

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El escritor Arturo Pérez-Reverte.
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El autor reconoce estar asistiendo al final del universo cultural para el que fue educado. Sus abuelos pertenecían al siglo XIX y su infancia estuvo marcada por valores, referencias históricas y formas de relacionarse que hoy han perdido buena parte de su vigencia.

Pero su reacción no es únicamente melancólica. “Lo digo sin dramatismo, lo veo con curiosidad”, aseguró. Ante cada transformación, intenta pensar: “Esto es nuevo, esto ha cambiado, esto ya no vale, esto ya es así”.

La conclusión aparece entonces con una serenidad casi fatalista: “Y no hay dramatismo, no, no, no. Son las reglas”. El tiempo modifica el escenario y ninguna generación puede exigir que la realidad permanezca congelada para no sentirse desplazada.

Aceptar esas reglas no obliga a celebrar todos los cambios ni a renunciar a la crítica. Significa comprender que envejecer también consiste en perder centralidad, contemplar cómo llegan otros códigos y asumir que el futuro pertenecerá a quienes han crecido dentro de ellos.

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