Susan Sontag (Nueva York, 1933 – 2004) fue una de las intelectuales más influyentes del siglo XX: ensayista, crítica cultural, novelista y activista, autora de obras que marcaron generaciones enteras de pensadores, como Contra la interpretación, La enfermedad y sus metáforas o Ante el dolor de los demás. Su escritura se caracterizó por una capacidad poco común para desmontar los lugares comunes con los que la sociedad procesa temas incómodos: la enfermedad, la guerra, la imagen, el sufrimiento.
No es casualidad que Sontag abordara el sufrimiento desde una perspectiva tan lúcida. Ella misma vivió varios procesos oncológicos a lo largo de su vida, una experiencia que atravesó buena parte de su obra y que la llevó a cuestionar, una y otra vez, cómo hablamos del dolor y qué hacemos con él cuando lo miramos de frente —ya sea el propio o el ajeno.
El origen de la reflexión: “Ante el dolor de los demás”
La cita que da título a este artículo pertenece a Regarding the Pain of Others (2003), publicado en español como Ante el dolor de los demás, uno de los últimos ensayos que Sontag escribió antes de su muerte. El libro es, en esencia, una continuación y una revisión crítica de su propio trabajo anterior sobre fotografía, esta vez centrado en las imágenes de guerra y catástrofe y en la forma en que los espectadores —lejos del lugar de los hechos— procesamos el sufrimiento ajeno a través de una pantalla.
En ese contexto, Sontag escribe una de las reflexiones más citadas del libro: “Es una visión del sufrimiento, del dolor de los demás, arraigada en el pensamiento religioso, que vincula el dolor con el sacrificio… una visión que no podría ser más ajena a la sensibilidad moderna, que considera el sufrimiento como un error, un accidente o un crimen. Algo que hay que arreglar. Algo que hay que rechazar”.
La frase aparece en un pasaje donde Sontag contrapone dos maneras históricas de entender el dolor: la tradición religiosa, que le otorgaba un sentido trascendente —el sufrimiento como camino hacia el sacrificio y la exaltación espiritual—, y la mentalidad contemporánea, que tiende a interpretarlo como un fallo del sistema, algo que corregir o eliminar cuanto antes.
Dos formas de mirar el dolor: sacrificio frente a error
Lo que hace especialmente incómoda —y especialmente vigente— esta reflexión de Susan Sontag es que no toma partido de forma ingenua. No dice que la visión religiosa fuera mejor, ni que la moderna sea peor. Simplemente expone el contraste y deja que el lector se enfrente a su propia incomodidad.
Durante siglos, buena parte de las culturas humanas entendieron el sufrimiento como parte de un relato con sentido: dolor y sacrificio se enlazaban con una promesa de redención o de exaltación. Sufrir tenía, de algún modo, un lugar dentro de una narrativa mayor. La sensibilidad moderna —la nuestra— ha roto ese vínculo. Ya no buscamos el sentido del dolor, sino su solución. Si algo duele, se diagnostica, se trata, se medica, se resuelve. Y si no puede resolverse, se aparta de la vista.
Sontag no está juzgando esta evolución como un progreso automático. Está señalando una consecuencia poco discutida: al perder la narrativa que daba sentido al sufrimiento, también perdimos las herramientas culturales para acompañarlo. Nos volvimos expertos en tratar el dolor como un problema técnico, pero mucho menos hábiles a la hora de convivir con aquello que no tiene arreglo inmediato.
Del dolor ajeno al dolor propio: el hilo con “La enfermedad y sus metáforas”
Esta reflexión no aparece aislada en la obra de Sontag. Casi treinta años antes, en La enfermedad y sus metáforas (1978) —escrito tras su primer diagnóstico de cáncer—, ya había explorado una idea cercana: la tendencia humana a cargar la enfermedad y el sufrimiento de significados simbólicos (culpa, castigo, debilidad de carácter) en lugar de tratarlos, simplemente, como lo que son.
Leídas juntas, ambas obras dibujan un recorrido coherente en el pensamiento de Susan Sontag: primero denunció los peligros de sobrecargar de metáforas la enfermedad individual; después, en Ante el dolor de los demás, amplió esa misma inquietud al terreno colectivo, preguntándose qué hacemos —como sociedad— con las imágenes del sufrimiento ajeno cuando ya no le atribuimos ningún sentido trascendente.
Por qué esta reflexión sigue interpelando hoy
Vivimos en una época saturada de imágenes de dolor: guerras retransmitidas en tiempo real, catástrofes que llegan a través del móvil entre una notificación y otra, sufrimiento convertido en contenido. La pregunta que plantea Sontag —¿qué hacemos realmente con eso que vemos?— es, si acaso, más urgente ahora que cuando escribió el libro en 2003.
Su reflexión invita a un ejercicio incómodo: reconocer que, al haber desterrado el sufrimiento a la categoría de “error a corregir”, corremos el riesgo de tratarlo también como algo ajeno, lejano, que no nos compete hasta que nos toca directamente. La visión religiosa, con todos sus problemas, al menos obligaba a integrar el dolor en la propia vida. La visión moderna, en cambio, puede empujarnos a apartar la mirada en cuanto el sufrimiento deja de tener solución inmediata.
No se trata de añorar el pensamiento religioso ni de rechazar los avances de la mirada moderna sobre el sufrimiento —que también ha traído compasión, medicina, derechos y alivio real. Se trata, como proponía Susan Sontag en toda su obra, de mirar de frente las contradicciones en lugar de resolverlas con respuestas fáciles.
Una invitación a pensar, no a resolver
Como en tantos otros textos de Sontag, esta reflexión no ofrece una conclusión reconfortante. No dice qué visión del dolor es correcta ni cómo deberíamos sentirnos al respecto. Se limita a mostrarnos el espejo de nuestra propia sensibilidad contemporánea y a preguntarnos, sin condescendencia, si de verdad hemos ganado tanto al dejar de buscarle un sentido al sufrimiento.
Quizá ahí resida la verdadera fuerza de Susan Sontag como pensadora: no en darnos respuestas, sino en negarse a dejarnos cómodos con las que ya teníamos.

