Dos mil millones de años separan al espectador de los últimos seres humanos imaginados por Olaf Stapledon. La distancia debería resultar vertiginosa. En Last and First Men, sin embargo, el fin de nuestra especie llega envuelto en una solemnidad tan constante que, pasado el asombro inicial, amenaza con anestesiar. La propuesta de Neon Dance reúne una película hipnótica, una de las últimas partituras de Jóhann Jóhannsson, la voz casi extraterrestre de Tilda Swinton y tres cuerpos sobre el escenario. El problema no está en la falta de estímulos, sino en que esos cuerpos rara vez consiguen hacerse indispensables entre todo lo demás.
La base nació como una obra multimedia estrenada en el Manchester International Festival de 2017. El compositor islandés Jóhann Jóhannsson —conocido por las bandas sonoras de La llegada, Sicario o La teoría del todo— combinaba una película rodada en 16 mm, música en directo y un texto adaptado de la novela de ciencia ficción que Olaf Stapledon publicó en 1930, leído por Tilda Swinton. Jóhannsson murió en 2018, a los 48 años, antes de terminar el proyecto cinematográfico, que Yair Elazar Glotman contribuiría a completar y que acabaría estrenándose como largometraje en 2020.
Swinton habla desde un futuro situado dos mil millones de años por delante del nuestro. La humanidad ha atravesado dieciocho especies sucesivas hasta alcanzar a los Últimos Hombres, seres capaces de comunicarse telepáticamente y cuya gestación se prolonga durante veinte años. A lo largo de esa inconcebible escala temporal, nuestra descendencia abandona la Tierra, coloniza Venus y termina instalándose en Neptuno. Stapledon convirtió así la historia humana entera en poco más que un instante dentro de la vida del cosmos.
La aportación de Neon Dance son Fukiko Takase, Kelvin Kilonzo y Aoi Nakamura, dirigidos y coreografiados por Adrienne Hart. Sus cuerpos aparecen deformados por prótesis, plataformas y extensiones que alteran la silueta humana hasta convertirla por momentos en otra especie. No parece interesar tanto representar literalmente a los descendientes descritos por Stapledon como imaginar qué podría quedar de nuestros gestos una vez que el ser humano haya dejado de parecerse a nosotros.
La dificultad surge al intentar decidir dónde mirar. La voz de Swinton conduce el relato con una precisión casi absoluta; la partitura impone su propio clima emocional y la película posee imágenes capaces de absorber por sí solas toda la atención. Frente a semejante despliegue, los bailarines deben conquistar continuamente un espacio que el material preexistente ya ocupa con enorme autoridad. No siempre lo consiguen.
La voz de Swinton ofrece un hilo conceptual extraordinariamente claro. La música lo envuelve y amplifica. La película proporciona imágenes de una potencia inmediata. Frente a ellas, la danza es el componente más abstracto y esquivo, pese a ser precisamente el único que está sucediendo físicamente ante nosotros. La mirada acaba obligada a escoger entre seguir el relato que llega desde los altavoces, contemplar las estructuras gigantescas de la pantalla o intentar descifrar aquello que hacen los tres cuerpos delante de ella.

Quien esto escribe ya había visto Last and First Men en su versión cinematográfica, por lo que la sorpresa fue descubrir que el montaje de Neon Dance no funciona tanto como una adaptación escénica de la película, sino más bien como una nueva capa superpuesta a ella. Salvando mucho las distancias, hay algo de la lógica del shadow cast de The Rocky Horror Picture Show: esas funciones en las que la película se proyecta mientras un grupo de intérpretes reproduce en directo, delante de la pantalla, acciones, gestos y coreografías sincronizadas con lo que ocurre en ella.
La diferencia es que la película de Jóhannsson ya constituye por sí sola un ejercicio bastante exigente de contemplación. Es abstracta y poco accesible —quizá mi experiencia habría sido distinta de haber llegado a ella con un conocimiento más profundo de La última y la primera humanidad, título español de la novela—, pero posee una formidable coherencia atmosférica. La combinación de imágenes, música y voz genera algo cercano a una instalación audiovisual, que evitaremos calificar de «inmersiva», ya que resulta difícil emplear a estas alturas el término sin vaciarlo de significado.
La película posee, además, una fuerza que no necesita de demasiados añadidos. La partitura avanza mediante grandes masas de sonido que aparecen, se sostienen y se retiran hasta dejar a la sala suspendida en el silencio. En la pantalla, el blanco y negro transforma enormes estructuras de hormigón en objetos casi imposibles de fechar. Son spomeniks, monumentos levantados en la antigua Yugoslavia que Jóhannsson filma despojados de su contexto hasta hacerlos parecer restos arqueológicos de un futuro que todavía no ha sucedido.
La paradoja es magnífica. Estamos escuchando la historia de seres que vivirán dentro de miles de millones de años mientras contemplamos monumentos del siglo XX convertidos en ruinas de esa civilización futura. Es probablemente la idea visual más poderosa de toda la obra.
La banda sonora tuvo además un peso todavía mayor en la concepción original. En su estreno de Mánchester fue interpretada por la BBC Philharmonic, y otras presentaciones posteriores recurrieron también a grandes orquestas. En el estreno español de la versión de Neon Dance, celebrado el pasado jueves en la Nave 11 de Centro Danza Matadero dentro de L.E.V. Matadero, la música no se interpretó en directo. La diferencia importa. Sin músicos compartiendo el espacio con los bailarines, aumenta todavía más la sensación de estar contemplando una película proyectada con tres cuerpos moviéndose delante de ella.
Frente a esas masas de hormigón, los bailarines parecen deliberadamente vulnerables. Takase, Kilonzo y Nakamura poseen un control físico extraordinario y el vestuario les permite producir siluetas genuinamente extrañas, pero demasiadas secuencias quedan reducidas a la impresión visual que generan en el momento. Hay desplazamientos pegados al suelo, equilibrios dificultados por las plataformas de sus zapatos y extremidades artificialmente prolongadas que alteran la anatomía. La imagen puede ser sugerente; más difícil resulta descubrir qué evolución dramática produce.

Incluso cuando aparecen gestos reconociblemente contemporáneos, el contraste con una humanidad situada a una distancia temporal inconcebible parece más irónico que revelador. La pequeñez de esos tres cuerpos frente a las construcciones proyectadas podría resultar conmovedora; con demasiada frecuencia, simplemente hace que la mirada regrese a la pantalla.
Hay instantes en los que la operación sí encuentra sentido. Una postura de los bailarines prolonga inesperadamente una forma que aparece en pantalla o una silueta humana parece responder a la arquitectura que tiene detrás. En esos segundos se vislumbra la obra que podría haber sido, una verdadera fricción entre materia filmada y presencia física. Pero son encuentros intermitentes. Durante buena parte de la función, la película conserva tanta autonomía que los intérpretes parecen invitados a un universo que ya estaba completo antes de su llegada.
El espectáculo acaba exigiendo que el espectador sintetice simultáneamente una voz, una película, una partitura y una coreografía que rara vez parecen necesitarse entre sí. Y la danza y el texto difícilmente pueden competir con la escala abrumadora de las imágenes y del sonido.
La intervención de Neon Dance lleva varios años desarrollándose. Tras una primera muestra en el Science Museum de Londres en mayo de 2023 y su estreno oficial en Berlín al año siguiente, la propuesta ha pasado por distintos escenarios europeos antes de llegar a España.
La Nave 11 de Centro Danza Matadero le sienta especialmente bien. Su profundidad, la oscuridad y la crudeza industrial del espacio prolongan fuera de la pantalla la sensación de hallarnos frente a los vestigios de algo desaparecido. Quizá por eso, algunos de los mejores momentos de la noche no nacen del movimiento en sí, sino de la simple disposición de un cuerpo quieto ante aquellas formas gigantescas.
La mejor prueba del desequilibrio llega después, al intentar reconstruir mentalmente la función. Lo primero que vuelve no es un movimiento de Takase, Kilonzo o Nakamura. Vuelven los bloques de hormigón, la música de Jóhannsson, la cadencia de Swinton y esa humanidad imposible que habla desde el extremo del tiempo. Es decir, vuelve casi intacta la película que ya existía.
Eso no convierte el trabajo de Neon Dance en irrelevante. Hay imágenes bellísimas y tres intérpretes capaces de convertir sus cuerpos en objetos extraños, frágiles y por momentos inquietantes. Pero una adaptación escénica debería modificar nuestra relación con su material de partida, no limitarse a ocupar el espacio que queda delante de él. Después de algo más de una hora, Last and First Men deja una pregunta mucho más terrenal que las que formula Stapledon: si la película ya contenía un mundo entero, ¿para qué necesitaba tres cuerpos delante de la pantalla?

