Mabel Lozano lleva cerca de dos décadas investigando la trata de mujeres y la explotación sexual. Cineasta, escritora, productora y ganadora de dos premios Goya por los cortometrajes documentales Biografía del cadáver de una mujer y Ava, en 2017 publicó El proxeneta, un libro construido a partir de cientos de horas de conversaciones con Miguel, conocido como el Músico, un antiguo proxeneta que comenzó trabajando como portero de un club y terminó dirigiendo una red de macroburdeles. Según la documentación judicial recogida en la obra, llegó a explotar a más de 1.700 mujeres, algunas menores de edad.
El testimonio permitió a Lozano reconstruir desde dentro el funcionamiento de un negocio sostenido por la violencia, la corrupción, el blanqueo de capitales, la colaboración de profesionales aparentemente ajenos a la prostitución y una demanda masculina pocas veces cuestionada. La autora trasladó después la investigación al documental El proxeneta. Paso corto, mala leche. Ahora, aquella historia sirve de base para El castillo, una serie original de Movistar Plus+ producida en colaboración con Caballo Films, la productora de Rodrigo Sorogoyen, y Mafalda Entertainment, la productora de Lozano.
Creada y escrita por Isabel Peña y Eduardo Villanueva, ambos vinculados a títulos como Antidisturbios, y dirigida por Elena Martín Gimeno y Sandra Romero, la serie tendrá seis episodios de unos 50 minutos. Su estreno está previsto para 2026 y se presentará fuera de concurso en la Sección Oficial de la 74ª edición del Festival de Cine de San Sebastián, que se celebrará entre el 18 y el 26 de septiembre.

La historia sigue a Liesa, un joven inspector interpretado por Omar Ayuso que comienza a trabajar en la Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales, la UCRIF. Junto a Osés, a quien da vida Laia Marull, detectará la transformación que se está produciendo en los clubes españoles con la llegada de mujeres extranjeras captadas por organizaciones criminales. En el otro extremo aparecen Suizo, interpretado por Raúl Arévalo, y sus socios, propietarios de varios locales de carretera. Valentina Vidal debuta como Claudia, una joven colombiana de 18 años que deja a su hijo en su país y viaja a España.
Lozano explica el largo camino recorrido para trasladar su investigación a la ficción, el cuidado con el que el equipo ha evitado convertir el sufrimiento de las mujeres en un espectáculo y la capacidad de una serie para desmontar los mitos que todavía rodean la prostitución. También aborda la transformación digital del proxenetismo, la relación entre pornografía, violencia sexual y consumo de prostitución, y la ausencia de una ley integral contra la trata.
¿Cómo surge la posibilidad de convertir El proxeneta en una serie?
Me llamó Rodrigo Sorogoyen. En Caballo Films habían leído el libro y querían comprar los derechos para hacer una serie. Yo había recibido anteriormente una oferta de Ecuador y la había rechazado porque me daba muchísimo miedo lo que podía ocurrir con la historia. “El proxeneta” es un libro importante para mí y también muy difícil. No quería que alguien hiciera una especie de “Narcos” y terminara convirtiendo a los proxenetas en ídolos. Es algo que sucede con frecuencia en la ficción: se construyen personajes criminales muy poderosos, muy atractivos y con una gran capacidad de seducción, y el espectador acaba fascinado por ellos. Eso era precisamente lo que yo quería evitar.
Cuando Rodrigo se puso en contacto conmigo, comprendí que había una sensibilidad diferente y que el proyecto podía hacerse con rigor. Desde entonces han pasado unos siete años. He estado involucrada como coproductora a través de Mafalda Entertainment y he podido acompañar todo el proceso. Eduardo Villanueva e Isabel Peña han escrito una ficción muy potente a partir del libro, con Elena Martín y Sandra Romero en la dirección y con muchas mujeres ocupando puestos de responsabilidad. El resultado es brutal, en el mejor sentido de la palabra.

¿Qué condiciones consideraba imprescindibles para aceptar la adaptación?
Para mí era fundamental no traicionar el sentido del libro. La historia parte del testimonio de un proxeneta, pero nunca se escribió para justificarlo ni para convertirlo en un héroe. Se escribió para explicar el funcionamiento de una estructura criminal y todas las complicidades que permiten que siga existiendo. Por eso necesitaba saber quién iba a contarla, con qué mirada y desde dónde.
También era muy importante que las mujeres no volvieran a ser utilizadas como decorado. Cuando hablamos de prostitución, con demasiada frecuencia aparecen cuerpos desnudos mientras los hombres conservan la palabra, el poder y la complejidad. Yo quería que la serie se acercara a las mujeres como personas con una historia, una familia, unas necesidades y unas circunstancias concretas. No como una sucesión de cuerpos intercambiables.
El protagonista del libro es un antiguo proxeneta. ¿Cómo llegó hasta él?
Miguel, el Músico, comenzó como portero de un club cuando tenía 17 años y terminó siendo propietario de doce macroburdeles. Durante aproximadamente dos años mantuvimos cientos de horas de conversaciones. Todo lo que aparece en el libro está respaldado por sentencias firmes y documentación judicial. No se trata de una fantasía ni de una reconstrucción libre de lo que podía haber sucedido. La realidad era suficientemente grave.
Su testimonio permitía conocer los mecanismos internos del negocio: la captación de mujeres, las deudas impuestas, las amenazas, el traslado de un club a otro, el blanqueo de dinero y la relación con personas de otros ámbitos. En torno a la explotación sexual aparecen abogados, médicos, banqueros, taxistas y profesionales que facilitan distintas partes del proceso. Él lo resumía con una frase terrible: “Nosotros vivimos del coño de una mujer, pero otros con traje y corbata también viven del coño de una mujer”. Esa frase revela la dimensión real del problema. No estamos hablando solamente de un proxeneta y una víctima, sino de una industria con muchos beneficiarios.

¿Cómo se traslada una investigación de estas características a una ficción de seis capítulos?
Ha sido un proceso muy largo porque había que seleccionar qué parte de ese universo queríamos contar. El castillo comienza en un momento decisivo: la transformación del negocio de la prostitución en España y el comienzo de la trata organizada de mujeres extranjeras. Al mismo tiempo, vemos los primeros pasos de la unidad policial especializada que después se convertiría en la UCRIF.
La Policía se encuentra entonces con una realidad que no entiende del todo. Hasta ese momento había principalmente mujeres españolas de más edad en los clubes, pero empiezan a llegar mujeres extranjeras, muchas de ellas colombianas, con historias, deudas y circunstancias muy diferentes. Frente a esa organización incipiente de los investigadores también se está formando una estructura criminal cada vez más profesional. La serie observa el crecimiento paralelo de esas dos fuerzas.
No queríamos contar únicamente lo que sucedía dentro de los clubes. También aparecen los empresarios, los consumidores, la Policía y la red social y económica que rodea la explotación. Había que ofrecer al espectador una visión amplia sin convertir la serie en una lección teórica. La ficción tiene que emocionar, generar tensión y construir personajes, pero sin perder la verdad que sostiene la historia.
¿Cómo se evita que una serie sobre explotación sexual reproduzca la violencia que pretende denunciar?
Esa fue una de nuestras mayores preocupaciones. Había que evitar la pornografía del sufrimiento de las mujeres, el abuso de los desnudos y la fragmentación de sus cuerpos. No queríamos enseñar una agresión tras otra para demostrar que la prostitución es violenta. La violencia se puede contar de muchas maneras. Está en una deuda imposible de pagar, en la retirada del pasaporte, en el miedo, en el aislamiento, en la amenaza contra un hijo o en la imposibilidad de abandonar un lugar.
La mirada de las directoras ha sido determinante. Existe una tradición audiovisual muy masculina en torno al crimen organizado: hombres armados, coches, dinero, sexo y una determinada estética del poder. El castillo se aparta de esa representación. El equipo investigó cómo eran realmente los clubes y encontró espacios muy alejados del imaginario cinematográfico. No siempre estaban sumidos en una luz roja y misteriosa. Muchos abrían a las cinco de la tarde, estaban muy iluminados y parecían diseñados para que el cliente pudiera observar y elegir. Ese realismo resulta mucho más perturbador que cualquier estilización.

¿Por qué era importante que la dirección recayera en dos mujeres?
Porque la mirada importa. Elena Martín y Sandra Romero poseen sensibilidades y universos cinematográficos distintos, pero ambas entienden la necesidad de mirar a las mujeres sin convertirlas en objetos. Además, Isabel Peña ha hecho un trabajo extraordinario en la escritura junto a Eduardo Villanueva.
Durante mucho tiempo se ha dado por hecho que las historias de acción, violencia o crimen organizado debían ser contadas por hombres. El castillo demuestra que se puede construir una serie con muchísima tensión y una gran potencia visual desde otra perspectiva. No se trata de suavizar la historia. La serie es durísima. La diferencia está en qué se muestra, dónde se coloca la cámara y a quién se concede la palabra.
Raúl Arévalo interpreta a Suizo, uno de los hombres que controla los clubes. ¿Qué puede adelantar de su trabajo?
Raúl Arévalo está en otra galaxia, pero en otra galaxia muy, muy lejana. Es un actor extraordinario y aquí hace un trabajo impresionante. Su personaje permite ver cómo alguien puede presentarse como un empresario respetable mientras obtiene beneficios de la explotación de mujeres. Esa normalidad es una parte esencial del proxenetismo. Los responsables de estos negocios no siempre responden a la imagen del delincuente marginal. Muchos se consideran empresarios, se relacionan con personas influyentes y han vivido durante años con un enorme reconocimiento social.
La historia de Claudia comienza en Colombia. Los últimos datos del Ministerio del Interior sitúan precisamente a las mujeres colombianas entre las principales víctimas de trata y explotación sexual detectadas en España. ¿Por qué se ha mantenido esta conexión?
Las mujeres colombianas fueron de las primeras traficadas de manera organizada por proxenetas españoles. Ahora vuelven a ocupar un lugar muy destacado entre las víctimas identificadas. Cambian los métodos y los discursos, pero persiste el aprovechamiento de la vulnerabilidad. Cuando utilizo la palabra vulnerabilidad, no quiero decir que las mujeres sean vulnerables por naturaleza. Una persona está en una situación de vulnerabilidad porque no tiene oportunidades laborales, porque ha sufrido violencia, porque necesita mantener a sus hijos, porque posee una discapacidad o porque vive en un contexto de extrema pobreza. Los proxenetas estudian esas circunstancias y las convierten en herramientas de control.

Los clubes de carretera fueron durante años el gran escenario de la prostitución en España. ¿Cómo ha cambiado el negocio?
Hay menos clubes y más pisos. En un club es más sencillo realizar una inspección, mientras que para entrar en un domicilio privado la Policía necesita una autorización judicial. El piso ofrece al proxeneta una mayor clandestinidad y dificulta tanto la localización de las mujeres como su identificación.
También ha cambiado la captación. El proxeneta contemporáneo puede ser un hombre joven, con formación y con una enorme habilidad para utilizar las redes sociales. Ya no necesita acercarse físicamente a una mujer en una estación o en un aeropuerto. Puede observarla durante semanas en TikTok, Instagram o YouTube. Sabe dónde vive, qué problemas tiene, con quién se relaciona y qué desea. Comienza enviándole regalos, prestándole atención o presentándose como un amigo. Después llegan el enamoramiento, el desplazamiento, la deuda y el control.
Las redes digitales han ampliado el territorio de los explotadores. Por eso me preocupa tanto que un niño tenga acceso sin restricciones a un teléfono desde los ocho o nueve años. Está entrando en espacios donde hay adultos buscando información, vulnerabilidades y posibles víctimas.
¿Ese proxeneta digital ha sustituido al propietario tradicional de los clubes?
Conviven ambos modelos. El dueño de un club no ha desaparecido, pero ahora existen intermediarios, agencias falsas, perfiles en redes sociales y plataformas que facilitan la explotación. El proxeneta 2.0 puede tener estudios, hablar varios idiomas y manejar perfectamente las nuevas tecnologías. A veces se presenta como amigo o pareja de la mujer, aunque en realidad está controlando su dinero y sus movimientos.
También se mantiene el traslado constante de mujeres. Durante años funcionó el denominado “sistema de plaza”: las mujeres permanecían alrededor de 28 días en un club y después eran enviadas a otro. Los clientes exigían lo que los proxenetas llamaban “carne fresca”. Esa expresión resume la deshumanización de todo el proceso. Las mujeres son tratadas como mercancía que pierde valor cuando un consumidor ya la ha visto varias veces.
¿Todavía se encuentra con personas que creen que las mujeres permanecen en la prostitución porque quieren?
Constantemente. Se siguen repitiendo frases como “lo hace porque quiere”, “sabía a lo que venía” o “gana más que limpiando”. Son argumentos que borran todo lo que sucede antes de que una mujer entre en un club o en un piso: la pobreza, una deuda, el engaño, la necesidad de mantener a sus hijos, la violencia sufrida o la falta de alternativas.
Una mujer puede saber que viene a ejercer la prostitución y, aun así, ser víctima de trata o explotación. Puede haber aceptado unas condiciones que después no se cumplen. Puede encontrarse con una deuda que aumenta cada día, con multas, amenazas y restricciones de movimiento. El consentimiento inicial no autoriza a nadie a explotarla. Una de mis esperanzas es que la serie llegue a personas jóvenes que no leerán una investigación de 350 páginas ni verán un documental. La ficción entra en lugares a los que otros formatos no llegan. Puede hacer que alguien se cuestione por primera vez una idea que siempre había dado por cierta.
¿Por qué resulta tan difícil desmontar ese discurso?
Porque reconocer la explotación obliga a mirar también a los consumidores y a todas las personas que obtienen beneficios. Resulta más cómodo responsabilizar a la mujer. Si decimos que está allí porque quiere, el cliente puede marcharse tranquilo, el propietario del local puede considerarse un empresario y las administraciones pueden dejar el problema en manos de la Policía.
La trata no se sostiene únicamente por la existencia de grupos criminales. Se sostiene porque existe una demanda y porque muchas personas miran hacia otro lado. España ha mantenido durante mucho tiempo una cultura de enorme tolerancia hacia el consumo de prostitución. Los clubes formaban parte del paisaje de las carreteras, especialmente en zonas turísticas y costeras. Estaban a la vista de todos, pero pocas personas preguntaban qué ocurría dentro.
Usted insiste en colocar al consumidor en el centro del debate.
Porque sin demanda no existe negocio. El consumidor ha permanecido demasiado tiempo fuera del relato. Cuando se habla de prostitución, la conversación suele girar en torno a las mujeres: qué hacen, por qué lo hacen, cuánto cobran o cómo visten. Rara vez se pregunta quién paga, qué está comprando y por qué considera aceptable acceder sexualmente a una mujer que puede encontrarse en una situación de necesidad o coacción.
Durante años se ha citado que alrededor de un tercio de los hombres españoles había pagado por prostitución, aunque las estimaciones varían según los estudios y su fecha. Más allá de la cifra exacta, hablamos de una conducta suficientemente extendida y normalizada como para sostener miles de anuncios, pisos y locales. También existe una mayoría social que quizá no consume, pero acepta que otros lo hagan y no quiere formular demasiadas preguntas.
¿Qué relación encuentra entre el consumo de pornografía y el de prostitución?
La pornografía se ha convertido en la principal fuente de educación sexual de muchos adolescentes. No hablo desde un argumento moral. El problema está en los contenidos que están consumiendo y en el momento en que acceden a ellos. Si una criatura ve pornografía antes de haber recibido educación afectivo-sexual, entenderá que eso es el sexo. Y una parte muy importante de la pornografía dominante presenta relaciones basadas en la desigualdad, la humillación y la violencia contra las mujeres.
Los datos de Save the Children son muy preocupantes. Su investigación situaba el primer contacto con la pornografía alrededor de los 12 años, aunque sabemos que hay accesos en edades inferiores. Casi siete de cada diez adolescentes consultados habían visto pornografía durante el mes anterior y tres de cada diez reconocían que era su única fuente de información sexual. Además, casi la mitad de quienes la habían consumido había intentado reproducir alguna escena.
Cuando esos contenidos se convierten en el modelo, algunos jóvenes aprenden que el deseo masculino está por encima del consentimiento y que el cuerpo de una mujer debe estar disponible. Esa construcción puede trasladarse después a las relaciones sexuales, a las agresiones grupales y al consumo de prostitución.

¿Se está produciendo una involución entre los adolescentes?
Creo que existe una involución y que estamos viendo comportamientos machistas en edades cada vez más tempranas. Hay niños que acceden a pornografía violenta cuando todavía no disponen de herramientas emocionales para interpretarla. Después llegan a sus primeras relaciones creyendo que deben reproducir lo que han visto.
No podemos dejar toda la responsabilidad en los menores. Las familias, los educadores, las plataformas y el Gobierno tienen obligaciones. Es necesario hablar de sexo de manera clara, sin miedo y con palabras que puedan comprender. Si los adultos no ofrecemos información, la pornografía ocupará ese espacio.
También necesitamos medidas que dificulten el acceso de los menores a contenidos violentos y una formación específica sobre consentimiento, igualdad y relaciones afectivas. La educación sexual no consiste únicamente en explicar cómo evitar un embarazo o una infección. Tiene que enseñar a reconocer la presión, el abuso y la violencia.
¿La pornografía puede influir también en la manera en que los hombres miran a las mujeres prostituidas?
Por supuesto. La pornografía y la prostitución comparten una representación del cuerpo femenino como algo disponible para el deseo masculino. En muchos contenidos pornográficos se normalizan prácticas violentas o humillantes. Cuando un hombre consume esas imágenes de manera reiterada, puede querer trasladarlas a la realidad.
Las mujeres en situación de prostitución explican que los clientes solicitan prácticas cada vez más agresivas porque las han visto en internet. El problema no termina en la pantalla. El porno se reproduce en la calle, en las relaciones de pareja, en las agresiones grupales y en los clubes.
Por eso escribí el libro PornoXplotación. Necesitábamos hablar de la industria que existe detrás de esas imágenes, de las condiciones de las personas que participan y de los efectos que produce el consumo. El debate no puede limitarse a decir que todo pertenece a la libertad individual.
El Gobierno lleva años preparando una ley integral contra la trata. ¿Confía en que llegue a aprobarse?
He participado como experta en el trabajo impulsado por el Ministerio de Igualdad y conozco el proceso. El anteproyecto supone un primer paso y ha incorporado una perspectiva de género, infancia y discapacidad que me parece fundamental. También habla de prevención, educación sexual y alternativas para las víctimas.
Sin embargo, creo que continúa teniendo un enfoque principalmente policial y penal. No es una ley abolicionista y no aborda todas las formas de proxenetismo. En España es muy difícil perseguir a quien obtiene beneficios de la prostitución de otra persona si no se puede demostrar de manera suficiente la explotación o la coacción. Esa carga probatoria deja fuera muchas situaciones.
La ley figura en la planificación normativa de 2026, pero llevamos demasiado tiempo esperando. Ojalá me equivoque, aunque no confío en que salga adelante durante esta legislatura. Me parece una puta vergüenza. No encuentro voluntad política suficiente ni en el PSOE ni en el Partido Popular. Mientras los partidos aplazan la decisión, las redes criminales continúan actuando.

¿Sería, pese a sus limitaciones, una herramienta útil?
Sí, sería un buen primer paso. Ninguna ley resolverá por sí sola un problema de esta magnitud, pero necesitamos un marco integral. Hasta ahora hemos trabajado con normas y recursos fragmentados. Una víctima de trata necesita protección, regularización, vivienda, atención psicológica, formación y una alternativa laboral. No basta con liberarla durante una operación policial y esperar que reconstruya su vida sin apoyo.
También es imprescindible incorporar la prevención. Si no educamos a los adolescentes, si no cuestionamos la demanda y si no ofrecemos alternativas reales a las mujeres, seguiremos actuando cuando el daño ya se ha producido. La persecución penal es necesaria, pero debe ir acompañada de políticas sociales.
¿Qué puede aportar El castillo a un debate que parece bloqueado?
El cine y las series ayudan a transformar el imaginario colectivo. Una obra audiovisual puede llegar a millones de personas y provocar conversaciones que una intervención política o un informe no consiguen generar. No espero que una serie cambie inmediatamente una ley, pero sí puede cambiar muchas cabezas.
El castillo permitirá entender cómo se construyó en España una industria basada en la explotación de mujeres extranjeras, quiénes se beneficiaron y por qué la sociedad la aceptó durante tanto tiempo. También muestra el desconcierto inicial de los investigadores y el modo en que las organizaciones criminales fueron profesionalizándose.
El estreno en el Festival de San Sebastián será muy importante. Después, la serie llegará a Movistar Plus+ y podrá encontrarse con un público muy amplio, incluidos jóvenes que quizá nunca se habían planteado qué existe detrás de un club de carretera, un anuncio o un piso.
Después de tantos años investigando la trata, ¿todavía hay algo que consiga sorprenderla?
Me sigue sorprendiendo la capacidad de adaptación de los proxenetas y la tolerancia social que encuentran. Cambian las víctimas, las rutas, los países de origen y las herramientas tecnológicas. Cuando la Policía aprende a detectar un método, las organizaciones buscan otro. Pasaron de los grandes clubes a los pisos y de la captación presencial a las redes sociales.
También me sigue impresionando que una parte de la sociedad conozca esta realidad y prefiera no verla. Tenemos datos, testimonios, sentencias, documentales, libros e investigaciones policiales. Ya no podemos decir que no sabemos lo que sucede. El reto consiste en asumir que la explotación sexual no es un problema ajeno y que cada institución, plataforma, consumidor y ciudadano ocupa una posición dentro de esa realidad.

