María Fernández-Miranda: “Si no quiero tener hijos, no te importa; y si no puedo, te importa menos”

La periodista y escritora publica 'El desorden de cumplir años', una reflexión confesional sobre la madurez, el tiempo limitado, los fracasos, la maternidad, la exigencia profesional y la mujer que desea ser durante las próximas décadas

La periodista María Fernández-Miranda ha vivido durante años pendiente de cierres, reuniones, entregas y decisiones. Fue redactora de Marie Claire, jefa de sección en Yo Dona, directora de Belleza en Elle, subdirectora de Cosmopolitan y directora de Mujerhoy. Entregó buena parte de su tiempo a una profesión que la apasionaba mientras intentaba proteger, entre jornadas interminables, su vocación de escritora. También construyó un matrimonio, publicó libros, conservó unas amistades y dejó atrás otras. La vida fue sucediendo mientras ella trabajaba, escribía y cumplía con esa exigencia que durante mucho tiempo confundió con la única manera posible de avanzar.

Al cumplir cincuenta años comprendió algo tan evidente que solo adquiere su verdadero significado cuando empieza a sentirse en el cuerpo: el tiempo no es infinito. Entonces decidió mirar hacia atrás, aunque sin instalarse en la nostalgia, y observar también todo lo que todavía quedaba por delante. De esa pausa nace El desorden de cumplir años, un libro íntimo y luminoso sobre las preguntas que llegan con la madurez: qué hemos hecho con nuestra vida, cuánto nos han costado nuestros errores, a quién queremos dedicarle los años futuros y qué sueños siguen perteneciendo a la persona que fuimos. Fernández-Miranda no escribe desde la certeza de quien ha encontrado todas las respuestas. Escribe desde la serenidad de quien empieza a seleccionar mejor sus lecturas, sus viajes, sus amistades y sus deseos; desde el miedo a perder la autonomía y la voluntad de seguir viviendo con curiosidad; desde la convicción de que envejecer también puede consistir en tratarnos, por fin, con un poco más de compasión.

¿Por qué cumplir años nos desordena?

La idea del desorden surgió a partir de las leyes de la termodinámica. Hablaba con mi marido, que es ingeniero, durante uno de esos viajes interminables que hacemos de Madrid a Asturias y de Asturias a Madrid. No sé muy bien cómo llegamos a las leyes de la termodinámica y, a partir de ahí, al concepto de entropía.

Me interesó mucho porque la entropía establece que, a medida que pasa el tiempo, los sistemas tienden a desordenarse. Pensemos, por ejemplo, en el universo. Yo establecí un paralelismo con lo que sentía que me estaba ocurriendo: a medida que pasa el tiempo, las personas también tendemos a desordenarnos.

Existe un desorden físico: ves peor, te cansas más o empieza a dolerte algo que antes no te dolía. También se produce un desorden vital. Comienzas a preguntarte qué has hecho con tu vida hasta ahora y qué vas a hacer con la que todavía te queda. Esa pregunta aparece muy al principio del libro: ¿qué he hecho con todos estos años y qué quiero hacer con los próximos?

¿Y cómo respondes tú hoy a la pregunta de qué has hecho con tu vida y qué quieres hacer con el tiempo que te queda?

Creo que he hecho lo que he podido, como hacemos todos. He vivido muchas cosas y he concedido muchísima prioridad a mi vida profesional, probablemente más que a mi vida personal. He dedicado muchas horas al periodismo porque me gusta mucho y siempre he intentado compatibilizarlo con mi vocación de escritora.

También he construido un matrimonio, he leído mucho, he cultivado amistades y he cambiado de amigos. Ahora que tengo cincuenta años me planteo qué quiero hacer con el tiempo que me queda, porque una de las cosas que cambia cuando cumples años es la conciencia de que el tiempo no es infinito. Parece una obviedad, pero hasta que no superas determinadas barreras de edad no terminas de creértelo. Durante mucho tiempo piensas que la vida es eterna.

En mi caso, la década de los cincuenta ha traído esa reflexión, aunque a otras personas puede llegarles a los cuarenta, a los sesenta o a los setenta. Cada uno alcanza ese punto de inflexión en un momento diferente. Cuando llega, conviene pensar cómo queremos reordenar nuestras prioridades.

'El desorden de cumplir años', de María Fernández-Miranda
‘El desorden de cumplir años’, de María Fernández-Miranda

Manuel Vicent me contaba que como le quedan pocos años, elige muy bien cuál es el próximo libro que lee. Cuando tomamos conciencia de que el tiempo es limitado, ¿nos volvemos más selectivos con las lecturas, los viajes y las personas?

Nos volvemos selectivos con todo. El comentario de Manuel Vicent me recuerda algo que me ocurrió con Goodreads, la plataforma en la que archivo los libros que he leído y aquellos que quiero leer. Un día me propuso crear una estantería para los libros que había dejado sin terminar.

Entonces pensé que iba a empezar a permitirme no terminar los libros. Antes sentía la responsabilidad de acabar siempre cualquier obra que comenzaba. Ahora sé que no podré leer todos los libros que me interesan y me atrevo a dejarlos a medias cuando no me convencen. Esa selección también puede aplicarse a los viajes y a las amistades. Tenemos un tiempo limitado y yo quiero dedicar el mío a las personas que me aportan algo.

¿Cómo conviven en ti la angustia por el paso del tiempo y la serenidad de poder elegir qué hacer con los años que quedan?

La edad y el paso del tiempo producen una mezcla de sensaciones. Existe angustia porque te vas acercando a determinadas situaciones. Más que miedo a la muerte, siempre he sentido miedo a la enfermedad y a dejar de valerme por mí misma.

Espero que todavía me quede muchísimo tiempo antes de llegar a ese momento, pero ahora voy al gimnasio con mucha disciplina porque quiero conservar mi autonomía durante muchos años. Antes me apuntaba y después no iba porque me daba pereza. Ahora he encontrado una razón verdaderamente importante para hacerlo.

Junto a esa angustia también aparece la serenidad. Con la edad te vas desprendiendo de complejos, inseguridades y expectativas. Además, has acumulado algún fracaso. Si llegas a los cincuenta sin haber fracasado nunca, probablemente es que no has vivido demasiado.

Aunque aún te queda mucha vida por delante, ¿qué fracasos o momentos aparentemente negativos reconoces ahora como oportunidades de crecimiento?

Estoy de acuerdo en que los cincuenta son una edad temprana para hacer balance. Tampoco pretendo cerrar las cuentas de mi vida. Se trata de empezar a replantearse ciertas cosas, porque si esperas hasta los noventa quizá llegues tarde. A los cincuenta todavía eres joven, aunque ya no seas muy joven, y confías en tener varias décadas por delante. Precisamente por eso puede ser un buen momento para reordenar las prioridades.

Cuando era joven, los fracasos me pesaban mucho. Podía tratarse de un fracaso sentimental o de un suspenso. Creía que la carrera debía hacerse curso por curso y que cualquier desviación suponía un problema enorme. Ahora quiero ser más compasiva conmigo misma. Si he acumulado distintos fracasos es porque también he hecho muchas cosas.

Cuando te quedas en casa y no arriesgas, resulta mucho más difícil fracasar. El fracaso suele significar que te has atrevido a hacer algo. Además, muchos fracasos terminan adquiriendo sentido: traen algo mejor, responden a una razón que comprendes después, te enseñan una lección o te obligan a reaccionar. No sucede siempre, pero muchos terminan ofreciendo alguna recompensa.

¿Qué consejo le darías ahora a la mujer que eras cuando eras joven?

Le diría que no se exigiera tanto. Si pudiera regresar a los veinte años, intentaría tratarme con menos dureza y no quedarme atrapada en los errores, dando vueltas continuamente a aquello que me había salido mal.

Me da rabia recordar algunas circunstancias en las que permanecí demasiado tiempo paralizada, pensando una y otra vez en el mismo problema. Fue un tiempo muy mal invertido. Me habría gustado tener entonces la capacidad de relativizar y de seguir adelante que he adquirido con los años.

Después de trabajar en revistas femeninas, ¿cómo has vivido la presión estética y qué cambió al salir de ese ámbito?

Soy defensora de las revistas femeninas, de la cosmética e incluso de la medicina estética. Parece que, para ser feminista, tienes que declararte en contra del bótox, y no entiendo esa exigencia. Estoy a favor de todas las herramientas que nos permitan sentirnos mejor, siempre que recurramos a ellas con libertad.

También reivindico el espíritu crítico de las mujeres. A veces me cansa el discurso según el cual la sociedad, las revistas o la publicidad nos obligan a preocuparnos por nuestro peso. Por supuesto que recibimos influencias, pero las mujeres también somos seres inteligentes y tenemos capacidad para cuestionar esos mensajes.

Me preguntan constantemente por este asunto porque he ocupado puestos de responsabilidad en revistas femeninas. Sin embargo, no escucho a los hombres lamentarse porque una revista como Men’s Health los haya obligado a ponerse musculosos. Es una publicación cuya existencia casi nadie cuestiona. Los hombres que no han querido sentirse interpelados por ella, sencillamente, no lo han hecho.

¿Se han cometido errores en las revistas femeninas? Por supuesto, como en todos los medios de comunicación y en todas las profesiones. Sin embargo, me parece injusto culparlas de todo aquello que nos ha hecho sentir mal. En mi experiencia, han sido más numerosos los momentos en los que me han hecho sentir bien.

Reivindico que una publicación pueda hablar de política, de economía y también de la última colección de Chanel. Los desfiles que está haciendo ahora Mathieu Blazy, por ejemplo, me parecen maravillosos. Considerar que esos intereses son incompatibles supone infantilizar a las mujeres.

Pero es evidente que las mujeres sufren esa presión mucho más que los hombres. ¿Tú defiendes que existe una infantilización de la mujer cuando se habla de ello?

En ocasiones se presenta a la mujer como una pobre criatura indefensa ante cualquier mensaje. La presión social y estética no actúa de la misma manera sobre los hombres y sobre las mujeres, y soy consciente de esa desigualdad. También entiendo que algunos hombres gais estén cuestionando la imposición de un único modelo de chico musculoso y reclamando que no se los juzgue tanto por su imagen.

Comprendo especialmente este debate cuando hablamos de chicas jóvenes. No quiero frivolizar con el problema. Hace poco asistí a un desfile en el que vi a una modelo extremadamente delgada y aquella imagen me resultó muy incómoda. No resto importancia a la influencia que pueden ejercer las pasarelas, las revistas o la publicidad, sobre todo durante la adolescencia y la primera juventud.

La situación cambia cuando hablamos de mujeres maduras. Creo que a esas edades tenemos mayor capacidad para discernir. Tampoco me parece justo tratar como idiota a una mujer que recurre a Ozempic. Quizá tenga un problema de sobrepeso que esté provocándole otras complicaciones médicas y considere que ese tratamiento es una herramienta adecuada. Las situaciones rara vez son completamente blancas o negras.

También convendría preguntarnos qué parte de la presión procede del exterior y qué parte se encuentra dentro de nosotras. No podemos cambiar a los demás, pero podemos trabajar sobre nuestra propia mirada. Las mujeres tendemos, generalizando, a ser más autoexigentes y menos compasivas con nosotras mismas que los hombres. Con la edad aprendemos a tratarnos mejor.

Diez años después de No madres, ¿cómo ha cambiado la relación social con la maternidad y con las mujeres que deciden no tener hijos?

El año que viene se cumplirán diez años de la publicación de No madres. El libro tuvo un eco que me sorprendió porque entonces todavía parecía extraño hablar abiertamente de las mujeres que no tienen hijos, pese a que siempre han existido.

Creo que las cosas han cambiado. Ahora muchas jóvenes dicen abiertamente que no quieren ser madres, que no saben si quieren tener hijos o que prefieren retrasar la maternidad. Al mismo tiempo, otras manifiestan con claridad que desean formar familias numerosas. Percibo una mayor libertad para elegir. Siempre he defendido que tener hijos no es mejor ni peor que no tenerlos. El problema aparece cuando los demás te juzgan por tu decisión.

La pregunta recurrente sobre la maternidad invade por completo la intimidad. Una mujer no debería tener que soportarla continuamente. Cuando alguien no tiene hijos suelen existir dos razones: porque no quiere o porque no puede. Si no quiero tenerlos, a ti no te importa; y, si no puedo, te importa todavía menos.

¿Hay alguna mujer contemporánea cuya manera de trabajar, vivir o presentarse ante el mundo admires especialmente?

Por citar a una mujer viva, admiro mucho a Isabel Allende. No me interesa únicamente como escritora; también me gustan mucho sus mensajes y su forma de estar en el mundo. Tuve la suerte de entrevistarla hace un año y me pareció admirable.

Ha atravesado una de las experiencias más duras que puede afrontar una mujer: la muerte de su hija Paula. Pese a ello, desprende vitalidad, entusiasmo por la vida, amor por su trabajo y un maravilloso sentido del humor.

También recuerda a Siri Hustvedt. ¿La has leído?

Sí, y tuve la suerte de conocerla personalmente durante un evento de trabajo. Tomamos un café y después compartimos una cena. Es una mujer admirable y, para mí, desprende muchísima belleza. Cuando hablamos del físico, ese es el tipo de belleza que me interesa: la de una mujer mayor que destila armonía, inteligencia y serenidad.

También me conmueve la manera en la que habla de su relación con Paul Auster y de cuánto se querían. Cuando la conocí, su marido había fallecido hacía relativamente poco. Le pregunté cómo se encontraba y, al mismo tiempo, la estaba invitando a participar en un evento que incluía una cena y una fiesta. Me sentí mal porque pensé que quizá estaba frivolizando con su situación. Entonces me dijo una frase que se me quedó grabada: “Paul ha muerto, pero yo quiero vivir”.

'No madres: mujeres sin hijos contra los tópicos', libro de María Fernández-Miranda
‘No madres: mujeres sin hijos contra los tópicos’, libro de María Fernández-Miranda

En el libro abordas también las diferencias con las nuevas generaciones. ¿Cómo observas el cambio generacional en la relación con el trabajo, el esfuerzo y el tiempo personal?

Creo que debemos encontrar un punto medio. Nuestra generación, la de quienes nacimos en los años setenta y ochenta, lo ha dado todo por el trabajo. No teníamos horarios, nunca pedíamos que nos pagaran las horas extraordinarias y asumíamos una entrega casi absoluta. Probablemente nos excedimos. Sin embargo, creo que las nuevas generaciones se están quedando cortas.

Muchas veces percibo una falta de compromiso. Entiendo sus razones: piensan que, si el sistema ni siquiera les garantiza el acceso a una vivienda, tampoco tiene sentido esforzarse tanto. Aun así, echo de menos la búsqueda de la excelencia personal, que requiere esfuerzo y horas de dedicación.

Cuando buscas la excelencia no trabajas únicamente para la empresa que te ha contratado; también lo haces por ti mismo. Entre la entrega absoluta de la generación X y el deseo de recortar horarios de las nuevas generaciones deberíamos encontrar un término medio que permita conservar el compromiso sin sacrificar toda la vida personal.

Como mujer que ha ocupado puestos de responsabilidad, ¿has sentido que se exige a las jefas encontrar un equilibrio imposible entre autoridad y cercanía?

Ser jefa es una tarea bastante ingrata. Siempre intentas mantener un equilibrio complicado: si eres demasiado blanda, parece que no te van a tomar en serio; si te muestras exigente o autoritaria, te reprochan que pidas demasiado.

El rol de la jefa todavía está por definir y encontrar ese término medio resulta difícil. Lo es especialmente en los medios de comunicación y en las revistas femeninas, ámbitos en los que he desarrollado la mayor parte de mi trayectoria profesional y que ahora se encuentran en plena revisión.

Además, se produce una circunstancia paradójica: muchas directoras de revistas son mujeres, pero quienes ocupan los puestos superiores suelen ser hombres. Y esos hombres, en el fondo, desprecian las revistas femeninas.

¿Qué futuro crees que les espera a las revistas femeninas en un ecosistema dominado por la publicidad, las redes sociales y los creadores de contenido?

Sinceramente, no sé qué va a pasar con las revistas femeninas. Es un gran interrogante y no tengo la respuesta. Muchos medios de comunicación dependen excesivamente de la publicidad, pero en el caso de las revistas femeninas se ha sobrepasado cualquier límite. El contenido comercial está demasiado mezclado con el periodístico.

Además, el pastel publicitario se encuentra ahora muy repartido y las redes sociales ofrecen parte de la información que antes proporcionaban las revistas de estilo de vida. Muchos creadores de contenido publican materiales similares a los que tradicionalmente aparecían en esas cabeceras.

Siempre defenderé el contenido periodístico porque existe una profesionalidad que muchos creadores de contenido no tienen. Aun así, la situación es muy complicada y está pendiente de redefinición. No sé qué ocurrirá… Ojalá tuviera la respuesta y, sobre todo, ojalá las personas que trabajan en ellas puedan conservar su empleo o encontrar un nuevo espacio profesional.

Si Jo March de Mujercitas te acompañó de niña y de joven, ¿quién es tu Jo March a los cincuenta?

Mi Jo March de los cincuenta sigue siendo Jo March. Cuando alcanzas esta edad, piensas inevitablemente en todo lo que no has conseguido. Ninguno de nosotros ha cumplido todos los propósitos que se marcó.

Sin embargo, cuando recuerdo a la niña que fui, me doy cuenta de que mi gran aspiración era parecerme al personaje de Mujercitas. Quería ser Jo March y, en cierta medida, lo he conseguido. Escribo libros y coloco en fila todos los papeles con mis borradores, como hacía ella. Me gustaría continuar aspirando a lo mismo.

¿Te imaginas jubilándote algún día o seguirás escribiendo aunque abandones otras obligaciones profesionales?

También debemos redefinir qué significa jubilarse. En la época de nuestros padres, una persona trabajaba durante toda su vida en una empresa o desempeñaba una misma profesión. Al llegar a los 65 años se jubilaba y abandonaba aquella actividad.

Ahora muchos desarrollamos distintas tareas profesionales. He dirigido una revista, doy clases en escuelas de negocios, escribo libros y ofrezco conferencias. Como el mercado laboral es tan complicado, terminas haciendo muchas cosas diferentes.

Por supuesto que quiero jubilarme de una empresa, de la nómina, del despertador y de tener jefes. De lo que espero no jubilarme nunca es de seguir desarrollándome creativamente.

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