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Mary Beard relee los clásicos sin nostalgia y contra los tópicos

En 'Clásicos sin filtros', la gran historiadora británica desmonta la idea de Grecia y Roma como reliquias intocables y reivindica una Antigüedad viva, incómoda y en disputa, capaz de seguir iluminando -y complicando- nuestro presente

Mary Beard - Cultura
Una fotografía de la escritora Mary Beard.
Kiloycuarto

Mary Beard lleva décadas haciendo algo poco frecuente: hablar del mundo clásico sin convertirlo en pedestal. Ni lo sacraliza ni lo rebaja a simple curiosidad académica. Lo devuelve, más bien, a su condición más fértil: la de un legado lleno de contradicciones que todavía discute con nosotros. Eso es justamente lo que propone en Clásicos sin filtros, un libro que no invita a venerar Grecia y Roma, sino a leerlas con atención, ironía y desconfianza ante los tópicos.

La tesis de fondo es clara: los clásicos no son un museo muerto ni una propiedad privada de las élites ilustradas. Siguen vivos porque siguen siendo usados, discutidos, manipulados y reinterpretados. En ellos han buscado legitimidad revolucionarios y dictadores, demócratas y tiranos, pensadores, artistas, cineastas y estrellas del pop. La Antigüedad, en manos de Mary Beard, deja de ser una postal marmórea para convertirse en un campo de batalla cultural.

Ese desplazamiento es una de las mayores virtudes del libro. Beard no pretende acercar el mundo clásico a base de banalizarlo ni de disfrazarlo de actualidad forzada. Lo que hace es algo más inteligente: mostrar hasta qué punto muchas de nuestras categorías políticas, culturales y estéticas siguen dialogando con Grecia y Roma, aunque no siempre sepamos cómo ni para qué. De la democracia ateniense a los imaginarios imperiales, del mito a la propaganda, del prestigio intelectual a la cultura pop, Clásicos sin filtros insiste en que el pasado clásico no se contempla desde lejos, sino que sigue operando dentro de nuestras propias discusiones.

'Clásicos sin filtros', de Mary Beard
‘Clásicos sin filtros’, de Mary Beard

Eso se percibió también en su intervención en Espacio Fundación Telefónica, donde Mary Beard defendió una forma de leer la Antigüedad libre de solemnidad y de nostalgia. Su tono –siempre preciso, siempre irónico– volvió a insistir en algo que atraviesa buena parte de su obra: el error de imaginar los clásicos como un conjunto de respuestas limpias y edificantes. Beard no cree en una Grecia perfecta ni en una Roma ejemplar. Le interesan, precisamente, sus zonas incómodas: la violencia, las jerarquías, la exclusión, los usos políticos del pasado, las apropiaciones interesadas. El mundo clásico, vino a sugerir, no está ahí para tranquilizarnos, sino para incomodarnos un poco.

Ese enfoque la distingue desde hace años de otras voces divulgativas. Mary Beard escribe con la autoridad de una gran especialista, pero también con una libertad poco habitual en la academia. Su gran talento consiste en no confundir erudición con reverencia. Ya en libros como SPQR, Mujeres y poder o Emperador de Roma había demostrado que el pasado puede contarse sin tono de mausoleo. Aquí va un paso más allá: no se limita a explicar Grecia y Roma, sino que desmonta las formas en que hemos aprendido a admirarlas de manera automática.

La operación es importante porque toca un nervio cultural muy profundo. Durante mucho tiempo, los clásicos han funcionado como una especie de aval moral o estético: lo clásico como sinónimo de pureza, equilibrio, racionalidad, altura civilizatoria. Beard se encarga de erosionar esa imagen para “liberarlo de una veneración simplificadora”, como explicó en la presentación. La Antigüedad, recuerda, no es una fuente de autoridad incontestable, sino una herencia conflictiva que cada época vuelve a leer a su manera.

Mary Beard, durante la presentación de 'Clásicos sin filtros' en el Espacio Telefónica de Madrid
Mary Beard, durante la presentación de ‘Clásicos sin filtros’ en el Espacio Telefónica de Madrid

La publicación de Clásicos sin filtros llega, además, en un momento especialmente oportuno. El debate público recurre cada vez con más frecuencia al pasado como campo de batalla ideológico, convertido unas veces en bandera identitaria y otras en repertorio de consignas culturales. Frente a esa tendencia, Mary Beard propone una mirada más exigente y menos sentimental. No invita a venerar los clásicos por inercia ni a aceptarlos como una herencia intocable. Su propuesta consiste en volver a leerlos con atención, comprender las contradicciones de su tiempo y preguntarse por qué siguen teniendo algo que decir en el nuestro, incluso cuando cuestionan nuestras certezas o desmontan las ideas que habíamos proyectado sobre ellos.

Esa mirada explica buena parte del atractivo de Mary Beard. Su interés por el mundo clásico nunca ha pasado por la veneración académica ni por la nostalgia. En sus páginas conviven una escultura romana, una serie de televisión, un anuncio publicitario o una estrella del pop porque entiende que la influencia de Grecia y Roma no se conserva únicamente en los museos. También aparece en las imágenes, los relatos y los símbolos con los que seguimos interpretando el presente. Los clásicos permanecen vivos precisamente porque han escapado de los libros para instalarse en la cultura contemporánea.

Beard tampoco se conforma con señalar esa permanencia. Lo que le interesa es observar cómo se utiliza ese legado y quién lo hace. A lo largo del libro aparecen cuestiones que van mucho más allá de la arqueología o la historia antigua: las apropiaciones políticas del pasado, los mitos construidos en torno a determinadas figuras y la tendencia de cada época a proyectar sobre Grecia y Roma sus propias obsesiones. La Antigüedad acaba funcionando así como un espejo que revela tanto sobre quienes la estudian como sobre aquello que estudian.

Clásicos sin filtros es una obra estimulante, porque más que ofrecer respuestas cerradas, invita a revisar ideas que a menudo damos por sentadas. La democracia, el poder, la belleza, la ciudadanía o la memoria aparecen bajo una luz distinta cuando se observan desde una perspectiva histórica amplia. Después de décadas dedicadas al estudio del mundo clásico, Mary Beard sigue defendiendo una idea sencilla pero exigente: el pasado no sirve para confirmar nuestras convicciones, sino para ponerlas a prueba.

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