“Ojalá Nikki me quisiera más que a nadie en el mundo”, afirma Bear (Michael Johnston) en los primeros compases de Obsession ante un objeto aparentemente antiguo que, al parecer, concede a quien lo posee un único deseo. Nikki (Inde Navarrette) es una vieja amiga que trabaja en la misma tienda de música que Bear; él está perdidamente enamorado de ella, pero no se atreve a averiguar si ella comparte esos sentimientos. Sea como sea, está a punto de descubrir algo terrible: el artilugio y el hechizo funcionan.
Primer largometraje de Curry Barker, que empezó su carrera realizando vídeos cómicos para YouTube, Obsession se divierte de forma retorcida contemplando cómo Nikki deja de ser un objeto de deseo idealizado para convertirse en un aterrador súcubo, y entretanto la película pasa de funcionar a modo de comedia romántica deformada sobre los estragos causados por el amor obsesivo para adentrarse de lleno -y con eficacia rotunda- en el terreno del slasher. El director combina hábilmente la comedia social con el horror corporal y los sustos con los chistes, subrayando asimismo los silencios incómodos que surgen durante las conversaciones hasta volverlos insoportables, y haciendo que buena parte de sus imágenes permanezcan insuficientemente iluminadas con el fin de reflejar otro tipo de oscuridad. A medida que el relato avanza y la sangre empieza a salpicar la pantalla, lleva cada vez más lejos su sensibilidad maximalista sin temor a parecer excesivo o estridente, de camino hacia un macabro desenlace que ofrece un alarde de comedia negra sirviéndose de una serie meticulosamente sincronizada de malentendidos y una botella de veneno fuera de control.

En el proceso, Obsession sugiere de forma convincente que el mero hecho de alimentar el deseo de que otra persona te ame cuando en realidad no quiere hacerlo constituye -independientemente de que ese deseo llegue o no a hacerse realidad-, una inmoral muestra de egocentrismo y una forma de privar a otra persona de autonomía sobre sus propios sentimientos. Aunque en apariencia más inofensiva e incluso tierna, la sentimentalización de Nikki por parte de Bear tiene mucho que ver con la degradación a la que tantos hombres someten a tantas mujeres convirtiéndolas en objetos sexuales. En cualquier caso, la película se envuelve de ambigüedad al adoptar la perspectiva de Bear e invitar así al espectador a empatizar con alguien que ha hecho cosas terribles y que, al menos al principio, está dispuesto a beneficiarse de ellas; cuando finalmente Bear también sufre, además, se nos invita a compadecerlo. Sin embargo, aquí la víctima no es él. Se ha buscado su propia pesadilla y, para aprender una lección que nunca debería haber necesitado aprender, llega a arruinar muchas vidas.
Johnston resulta increíblemente patético como Bear, y gracias a ese enfoque logra provocar en el espectador respuestas emocionales más complejas que la ira y la indignación. Sea como sea, Obsession es la película de Navarette. La actriz encarna a un personaje de múltiples capas, literalmente, y mantiene vivas todas esas facetas en conflicto -el terror, la violencia, la tristeza- combinando la absoluta inmovilidad con increíbles contorsiones faciales para sugerir todas las fuerzas que pugnan por el control de Nikki, resultando a la vez aterradora e hilarante mientras lo hace. A medida que Nikki pasa de ser simplemente posesiva a estar directamente poseída, es cierto, la película amenaza con caer en la mera caricatura; en lugar de aprovechar la situación para explorar lo que significan el amor y el libre albedrío, Barker está a punto de convertir a Nikki en una psicópata que golpea su rostro contra las cosas y simultanea gritos desquiciados con sonrisas siniestras. La idea que subyace tras esa transformación, claro, es que Nikki se convierte en una exageración de lo peor de Bear al quererle sin tener en cuenta lo que él quiere.

Incluso entonces, además, Obsession nos deja percibir una conciencia sumergida y horrorizada que grita por emerger de cada sonrisa complaciente y cada insinuación risueña. Resulta genuinamente grotesco ver a Nikki contemplarse a sí misma mientras, poseída por un espíritu intruso, hace cosas que jamás haría con una persona a la que no ama, una persona que afirma amarla pero que viola su mente y su cuerpo. En última instancia, la desolación que la joven evidencia entonces otorga a Obsession el peso emocional suficiente para erigirse en mucho más que una bizarra alegoría sobre la cultura moderna de las citas y sobre los ideales misóginos de la machosfera.

