Premios Princesa de Asturias

Por qué las mujeres de las películas Ghibli pasan el test de Bechdel

El Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades reconoce al estudio japonés que convirtió a niñas, trabajadoras y ancianas en protagonistas con deseos propios. De Chihiro a la princesa Mononoke, sus historias permiten una lectura feminista que va mucho más allá de contar personajes femeninos

Por qué las mujeres de las películas Ghibli pasan el test de Bechdel
Por qué las mujeres de las películas Ghibli pasan el test de Bechdel
Montaje: kiloycuarto

Kiki necesita ganarse la vida. Chihiro exige un trabajo para sobrevivir. San defiende el bosque donde se ha criado. Satsuki y Mei echan de menos a su madre. Las protagonistas de Studio Ghibli tienen preocupaciones que ocupan toda la película y relaciones con otras mujeres que ayudan a comprenderlas. El amor aparece en muchas de sus historias, pero comparte espacio con el aprendizaje, la independencia económica, la enfermedad o la responsabilidad hacia los demás.

La concesión del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026 al estudio japonés invita a revisar esa aportación. El reconocimiento, cuya entrega está prevista para el 23 de octubre en Oviedo, distingue una filmografía que ha dado a sus personajes femeninos una variedad de edades, temperamentos y aspiraciones todavía poco habitual en el cine comercial.

Conviene precisar qué mide el test de Bechdel: en su formulación más extendida, una película debe incluir al menos dos mujeres con nombre que conversen entre sí sobre algo distinto de un hombre. Surgido de una tira de Alison Bechdel en 1985, permite detectar una carencia básica de representación. Superarlo no garantiza que una obra sea feminista. En Ghibli, varios títulos lo cumplen porque sus protagonistas habitan mundos donde las mujeres trabajan, discuten y toman decisiones juntas.

'Ponyo', una de las películas estrella de Estudio Ghibli
‘Ponyo’, una de las películas estrella de Estudio Ghibli

En Nicky, la aprendiz de bruja (1989), conocida internacionalmente como Kiki’s Delivery Service, una adolescente abandona el hogar para aprender a mantenerse. Su habilidad para volar le permite organizar un servicio de reparto, pero también la expone al cansancio y a la inseguridad. La película concede importancia a una pregunta concreta: cómo convertir lo que sabes hacer en un medio de vida sin perder la confianza en ti misma.

La panadera Osono le ofrece alojamiento y una oportunidad laboral. La pintora Ursula comparte con ella su experiencia del bloqueo creativo. Sus conversaciones sobre el trabajo y la pérdida de inspiración superan con claridad el umbral de Bechdel. También muestran una independencia sostenida por otras mujeres: Kiki puede equivocarse, descansar y aceptar ayuda.

Nicky, la aprendiz de bruja (1989)
Nicky, la aprendiz de bruja (1989)

En El viaje de Chihiro (2001), esa convivencia resulta menos confortable. Yubaba dirige la casa de baños y explota a sus empleados; Lin enseña a la recién llegada a desenvolverse; Zeniba proporciona otro espacio de aprendizaje. Chihiro negocia con una jefa, recibe instrucciones y participa en tareas colectivas. Las mujeres tienen autoridad y conocimientos, aunque no siempre los empleen de forma generosa. Su presencia permite representar también los conflictos laborales y las diferencias de poder entre ellas.

La princesa Mononoke (1997) lleva esa complejidad al terreno político. San combate para proteger el bosque; lady Eboshi dirige una comunidad industrial cuya expansión lo destruye. Ambas defienden proyectos incompatibles. El enfrentamiento vertebra la película junto al recorrido de Ashitaka, que intenta intervenir en él.

Eboshi proporciona trabajo a mujeres procedentes de burdeles y protege a personas enfermas de lepra, mientras participa en una devastación ecológica. San puede ser violenta y rechaza la sociedad humana. Ninguna necesita resultar ejemplar para merecer atención. Sus decisiones tienen consecuencias públicas, y el afecto entre San y Ashitaka no obliga a que ella abandone su hogar al final.

En Mi vecino Totoro (1988), la relación entre Satsuki y Mei basta para sostener buena parte del relato. Las hermanas hablan de lo que descubren, juegan, se enfadan y comparten el miedo por la salud de su madre. Miyazaki concede valor narrativo a la experiencia de dos niñas sin exigirles una hazaña extraordinaria. También deja ver el peso que asume Satsuki al cuidar de su hermana mientras intenta gestionar su propia angustia.

Las hermanas de la película 'Mi vecino Totoro'
Las hermanas de la película ‘Mi vecino Totoro’

Sophie, en El castillo ambulante (2004), introduce otra cuestión: la edad. Transformada en anciana, conserva el protagonismo, el deseo y la capacidad de intervenir en el mundo. Su relación con la Bruja del Páramo pasa de la agresión a una convivencia atravesada por los cuidados. El romance tiene una presencia central, pero la película permite que un cuerpo envejecido ocupe la pantalla durante buena parte de la aventura.

Isao Takahata, cofundador de Ghibli, formuló una crítica especialmente severa a la educación femenina en El cuento de la princesa Kaguya (2013). La protagonista aprende que ascender socialmente exige corregir su conducta, limitar sus movimientos y someter su futuro a expectativas ajenas. El lujo y los pretendientes prestigiosos acompañan una pérdida de libertad.

Estas películas admiten matices: los cuidados siguen recayendo con frecuencia en personajes femeninos y tener mujeres al frente no elimina automáticamente los estereotipos. Su riqueza está en permitirles experiencias distintas. Pueden dirigir una industria, necesitar un sueldo, proteger a una hermana o rechazar el destino que su familia considera conveniente. Por eso tantas conversaciones de Ghibli pasan el test de Bechdel: las mujeres tienen asuntos propios de los que hablar, y la película se detiene a escucharlas.

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