Desde que apareció por primera vez en las páginas de DC Comics en 1959, la superheroína Supergirl ha tenido dificultades para escapar de la sombra de su primo, Superman. Al fin y al cabo, desde el principio tanto el personaje como su alter ego, Kara Zor-El, nacieron con el objetivo de rentabilizar la enorme popularidad de quien sigue siendo, sin discusión, el superhéroe más famoso de todos los tiempos. A lo largo de décadas, Supergirl fue una adolescente modélica que desempeñaba un papel gregario, permitiendo que Superman exhibiera su faceta paternal. Pero los tiempos han cambiado y, para dejar claras sus intenciones de concederle una mayor autonomía, el renovado Universo Cinematográfico de DC ha elegido Supergirl como su segundo estreno cinematográfico y ha dotado a su protagonista de una personalidad marcadamente diferenciada de la de su célebre pariente.
Basada en el cómic Supergirl: Woman of Tomorrow (2021), de Tom King y Bilquis Evely, esta nueva versión de Kara —que apareció por primera vez en el epílogo de Superman (2025)— es una fiestera de actitud temeraria, el reverso descarado del aplicado chico ejemplar en que DC ha convertido a la más reciente encarnación del Hombre de Acero. Encarnada por Milly Alcock, es una joven descaradamente irreverente, que no busca la aprobación de nadie ni se molesta en cerrar la puerta cuando va al baño, lo bastante poderosa como para destruir naves espaciales y enfrentarse a los alienígenas más temibles pero también proclive a las borracheras. Dicho de otro modo, la nueva película reivindica al personaje -al menos hasta que llegado el momento lo obliga a reformarse- como una extraterrestre con defectos muy humanos y, por tanto, muy distinta de la rubia etérea interpretada por Helen Slater en la terrible Supergirl (1984), de la versión ferozmente optimista encarnada por Melissa Benoist en la serie de homónima estrenada en 2015 o de la interpretación más oscura y contenida que Sasha Calle ofreció fugazmente en The Flash (2023).

Al mismo tiempo, esta Supergirl es un personaje traumatizado, incapaz de superar la destrucción de su planeta natal, Krypton. Sus aventuras interplanetarias están envueltas de un aire de confusión que refleja su lucha por su propia identidad, sus necesidades de adaptación y su búsqueda de un propósito vital. Conviene recordar que, a diferencia de Superman —que también nació en Krypton pero creció desde bebé en la Tierra—, Supergirl llegó a nuestro planeta siendo ya una joven inmigrante enfrentada al reto de encajar en un mundo completamente nuevo, y durante años ese fue un tema central de las historias que protagonizó en las páginas de DC.
Por otra parte, decíamos, esas historias la colocaban también en una posición subordinada, y con frecuencia era presentada como una adolescente que debía obedecer reglas impuestas por figuras masculinas. Por supuesto, ese enfoque es el reflejo de una situación común en la cultura popular del siglo XX, en la que las mujeres podían ser representadas como extraordinariamente capaces pero seguían limitadas por estructuras narrativas dominadas por hombres. Durante décadas, pues, Supergirl intentó sin éxito librarse de esa percepción según la cual una heroína necesita existir en relación con un homólogo masculino para ser relevante, como también les sucedió en su día a Batgirl y a She-Hulk. A ello contribuyó el énfasis que los artistas gráficos de DC centrados en el personaje pusieron sistemáticamente en vestuarios reveladores, posturas sexualizadas y diseños pensados para atraer al lector masculino; en representar a Supergirl, dicho de otro modo, como objeto visual antes que como sujeto de acción.

Con el tiempo, las páginas de los cómics fueron asignando a la heroína más autonomía y más complejidad emocional, definiéndola cada vez menos por sus relaciones con personajes masculinos y otorgándole más conciencia de su propia identidad, y el personaje empezó a desafiar el viejo tópico según el que la fuerza, el heroísmo y el poder son cualidades inherentemente masculinas. Esa dinámica se trasladó a la pequeña pantalla gracias a la teleserie estrenada la pasada década, cuyas seis temporadas hicieron esfuerzos explícitos por otorgar una posición central a cuestiones femeninas y explorar temas como la brecha salarial y las microagresiones en el entorno laboral.
Sin embargo, también fue criticada por quienes describían su enfoque como “feminismo neoliberal”, que permanece alineado con los los dictados del capitalismo y prioriza el éxito individual sobre el cambio estructural sistémico. Por lo que respecta a la versión del personaje a la que da vida Alcock en la película que ahora se estrena, ha sido criticada por quienes consideran que su forma de empoderamiento femenino se reduce a una mera imitación de actitudes y comportamientos tradicionalmente asociados con protagonistas masculinos, como la frialdad, la agresividad y la vulgaridad.
Asimismo, la nueva Supergirl ha generado controversia también a causa de declaraciones públicas efectuadas por Alcock en las últimas semanas, en las que la actriz ha abrazado lecturas queer de su versión de la heroína afirmando que se aleja de las expectativas tradicionales de género y que “no vive dentro del binario de lo que pensamos que debería ser una mujer”. A causa de ello, desde medios ultraconservadores como Fox News y perfiles en redes sociales de similar corte ideológico se ha orquestado una campaña de intoxicación en contra de la película. No tardaremos en saber si tiene efectos en la taquilla.

