Fotografía

Sally Mann llega a San Sebastián con una gran retrospectiva sobre cuerpo, memoria y paisaje

La exposición 'Macula et materia', en Kutxa Fundazioa Artegunea, reúne cerca de 150 imágenes de la fotógrafa estadounidense, desde sus retratos familiares hasta sus paisajes del sur y sus trabajos recientes en color

La fotógrafa Sally Mann ante algunos de sus retratos.
La fotógrafa Sally Mann ante algunos de sus retratos.
EFE/Javier Etxezarreta

En el corazón de San Sebastián, dentro del centro cultural-industrial de Tabakalera, tiene lugar una revolución silenciosa de luces y sombras. Sally Mann, tal vez la figura más influyente de la fotografía estadounidense contemporánea, llega a Kutxa Fundazioa Artegunea con la exposición Macula et materia. Abierta hasta el 18 de octubre, la muestra, comisariada por Anne Morin, no se presenta solo como una retrospectiva, sino como “una radiografía del pensamiento”. Es un estreno mundial que reúne cerca de 150 imágenes, muchas de ellas inéditas hasta ahora, y revela a una creadora que entiende la cámara no como una herramienta de documentación, sino como un recipiente para el alma.

Para Sally Mann (Lexington, Virginia, 1951), la fotografía es mucho más que una profesión: es una necesidad biológica. Durante la presentación de la exposición, habló del medio con una intensidad sorprendente: “Es mi vida, mi sangre, la forma gracias a la cual puedo respirar”. Esa conexión visceral con la imagen ha sostenido una carrera de más de cuarenta años, durante los cuales ha navegado por las aguas difíciles de la celebridad, la polémica y la introspección artística.

Entender a Mann es entender el sur estadounidense. Su obra está ligada de manera inextricable al paisaje de Virginia, Georgia y Misisipi, una región donde la belleza natural y la violencia histórica aparecen como dos caras de una misma moneda. Su origen en Lexington le ha proporcionado la “tradición y la mitología” que anclan su imaginario. En Macula et materia, esta obsesión geográfica sirve de tejido conector entre sujetos aparentemente dispares: desde las miradas íntimas de sus hijos hasta los paisajes cicatrizados de la Guerra Civil.

El descubrimiento temprano de Mann, la serie At Twelve (1983-1985), preparó el terreno para su exploración del estado complejo y ambiguo de la niñez. Estos retratos de niñas de su región natal capturan la frágil transición de la infancia a la adolescencia sin idealizarla. Ahí Mann establece ya un método colaborativo con sus modelos, sirviéndose de una puesta en escena mínima y dejando que los entornos domésticos y rurales dicten parte de la narración. Fue el anticipo de la obra que acabaría dándole tanto éxito mundial como duras condenas.

La publicación en 1992 de Immediate Family (1984-1994) transformó a Mann en un nombre conocido. Durante años, documentó el día a día de sus tres hijos —Emmett, Jessie y Virginia— en su granja de Virginia. Las imágenes eran crudas, hermosas y profundamente íntimas: mostraban a los niños jugando, heridos, durmiendo o simplemente existiendo en un estado de inocencia salvaje.

Emmett, Jessie and Virginia [Emmett, Jessie y Virginia], 1989. Impresión en gelatina de plata, 50,8×61 cm.
Sally Mann
La serie provocó una tormenta en Estados Unidos. Críticos y comentaristas sociales acusaron a Mann de transgredir los límites de la privacidad y las normas sobre la representación de la infancia, especialmente por la desnudez habitual de los niños en las fotografías.

Aun así, como subraya la exposición de San Sebastián, Immediate Family nunca trató de explotar, sino de meditar sobre la vulnerabilidad y la construcción de la identidad. Mann componía aquellas escenas con meticulosidad, a menudo bebiendo de referencias de la pintura clásica, y excluía de forma deliberada marcadores modernos —ropa, accesorios contemporáneos— para dar a las imágenes una cualidad mítica y atemporal. No estaba capturando una instantánea: estaba suspendiendo el tiempo.

Uno de los aspectos más sorprendentes de Macula et materia es el foco en el rigor técnico de Mann. Practica una fotografía lenta y utiliza cámaras con fuelle de gran formato que exigen precisión y paciencia. Lejos de ser una mera preferencia estética, su uso del colodión húmedo —un proceso del siglo XIX que implica aplicar a mano soluciones químicas sobre placas de vidrio— es una investigación sobre la imagen como objeto físico.

Esta técnica artesanal es inestable por naturaleza. Mann no ve las imperfecciones químicas, las rasgaduras y las irregularidades tonales como defectos, sino como metáforas visuales del envejecimiento y la permanencia. En la exposición, estas imágenes fantasmales obligan al espectador a mirar más despacio, igual que el lento proceso que las hizo posibles. Esa exploración material da a su trabajo una densidad singular y transforma la imagen plana en un territorio donde el tiempo queda registrado.

En los noventa, la lente de Mann se desplazó de la figura humana hacia el paisaje del sur profundo. Estas imágenes, presentadas de forma destacada en San Sebastián, muestran un paisaje que nunca es neutral. Mann fotografió pantanos, ríos y campos de batalla marcados por la Guerra Civil, la esclavitud y la segregación racial.

Para Mann, el pasado sigue vivo en la topografía. Series como Deep South (1998) no aspiran al fotoperiodismo tradicional: son meditaciones visuales sobre la forma en que la historia reverbera en la tierra. Al utilizar antiguos procesos químicos en estos lugares históricos, acerca la violencia del siglo XIX a la mirada del siglo XXI y sugiere que las cicatrices de la tierra pueden ser tan persistentes como las de un cuerpo.

Deep South, sin título (Swamp Bones) [Huesos del pantano], 1998. Impresión en gelatina de plata con tonos té, 101,6×127 cm.
Sally Mann
La transición de sus hijos hacia la vida adulta marcó un cambio formal en la obra de Mann, que desembocó en la serie Faces (2004). Estos retratos cerrados conciben el rostro humano como un territorio donde el tiempo se registra con precisión escultórica. Los largos tiempos de exposición producen a menudo una opacidad de la mirada y confieren a los sujetos una solemnidad que remite a los antiguos retratos funerarios.

Esta preocupación por la mortalidad alcanza su máxima expresión en Proud Flesh (2006-2015). En esta serie, Mann documenta el deterioro físico de su marido, Larry Mann, afectado por una enfermedad muscular degenerativa. El enfoque es clínico y profundamente íntimo a la vez. La fotógrafa trata el cuerpo de Larry con la misma reverencia que aplica a sus paisajes sureños. Las imágenes capturan la atrofia de los músculos y la pérdida de movilidad no para estetizar el sufrimiento, sino para explorar la certeza dolorosa de la mortalidad y la naturaleza incondicional del amor.

Tal vez la revelación más sorprendente de la exposición de San Sebastián sea la reciente incursión de Mann en el color. Maestra tradicional del blanco y negro, sus series Delta (2016) y Goshen (2025) introducen el color en su universo visual de una forma que casi parece residual.

En Goshen, una de las series inéditas presentes en la muestra, Mann lleva el color a sus límites: lo que ella llama su “agotamiento y extinción”. Estas imágenes de lugares abandonados están desprovistas de vida humana y, aun así, parecen saturadas por las vidas que alguna vez los habitaron. El color es aquí apenas un suspiro, una huella retiniana que evoca la atmósfera de los Pictures of Nothing de William Turner o los blancos minimalistas de Robert Ryman. Es un grado cero del color, donde la imagen se desliza hacia la abstracción.

En paralelo, su serie de 2022 Platinum Stones regresa a la abstracción monocromática. A través del proceso de impresión de platino/paladio —conocido por sus grises aterciopelados y su extrema durabilidad—, Mann captura texturas minerales y formaciones geológicas rígidas. Alejada del retrato humano, estas obras reflexionan sobre el tiempo geológico y sobre la quietud que permanece tras la extinción de la vida biológica.

La presencia de esta exposición en España resulta especialmente significativa por las tensiones recientes que Mann ha vivido en su país de origen. La fotógrafa se ha pronunciado sobre su miedo a la “censura cultural” que actualmente recorre Estados Unidos. En declaraciones a EFE, reveló que una de las fotografías incluidas en la muestra, Las tres gracias (1994), no puede exhibirse en su país.

Was Ever Love [Alguna vez fue el amor], 2009. Impresión en gelatina de plata, 38,1×34,3 cm.
Sally Mann
Mann ha expresado una profunda tristeza por el estado de las artes en su país y ha denunciado el “blanqueamiento” y la “manipulación de la historia” que percibe en algunas instituciones contemporáneas. El año pasado, su obra llegó a ser requisada en un museo de Texas, lo que desembocó en una inquietante comparecencia ante un gran jurado. “Tuve suerte porque no llegó más lejos, pero sí me dio muchísimo miedo”, admite. Que San Sebastián pueda albergar estas obras sin esas restricciones es una fuente de emoción para la artista.

La exposición está comisariada por Anne Morin, de diChroma photography, y producida en colaboración con la Galería Gagosian. La muestra se completa con un programa de actividades diseñado para acercar la obra de Mann al público. El 10 de octubre, el centro celebrará un taller familiar titulado Erretratuak esperimentatzen: argia eta zianotipia, dirigido por la fotógrafa Nagore Lejarreta, en el que los participantes crearán retratos faciales inspirados en las técnicas de Mann. Esa misma tarde, el cine de Tabakalera proyectará el documental What Remains (2005), seguido de una charla con Morin.

En última instancia, Macula et materia es un testimonio del poder de la cámara para mirar lo incómodo sin perder de vista la belleza. La carrera de Sally Mann ha sido una búsqueda constante para capturar “las cosas invisibles de la realidad”. Desde los cuerpos frágiles de sus hijos hasta los paisajes químicamente marcados del sur, sus imágenes son más que meras fotografías: son huellas que portan verdades profundas sobre lo que significa estar vivo, decaer y durar.

Los visitantes de Kutxa Fundazioa Artegunea están invitados a adentrarse en este mundo silencioso y espectral, donde la materia de la fotografía y la materia del alma parecen una sola cosa. Como sugiere la propia Mann a través de su obra, toda imagen es testimonio de una desaparición inevitable. Pero, a través de su lente, esa desaparición adquiere forma, peso y una belleza difícil de olvidar.

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