Son la banda mítica del rock en España. Sôber nació en Madrid en los noventa, cuando el rock todavía tenía espacio en la radio, en la televisión y en una industria musical que parecía capaz de fabricar himnos duraderos. Tres décadas después, el paisaje ha cambiado por completo: desapareció el CD como centro del negocio, llegaron las plataformas, las redes fragmentaron la escucha, la música urbana ocupó el primer plano y la atención pública se volvió cada vez más fugaz. Pero ellos siguen ahí, preparando disco, gira y canciones nuevas con la misma convicción con la que empezaron: hacer una música contundente, melódica y emocionalmente reconocible.
La banda publica en septiembre Anandamida, un álbum cuyo título remite a la llamada “molécula de la felicidad”. Antes han adelantado temas como Indestructible y Mi refugio, dos canciones que funcionan casi como declaración de principios. Después de un disco más oscuro como Elegía, Sôber mira ahora hacia otro lugar: no necesariamente hacia una alegría ingenua, sino hacia una forma de resistencia interior.
“Para nosotros la música consigue activar una parte sin la cual no podemos vivir”, explican. “Es como una especie de droga. Te da ese punto de felicidad y es donde te encuentras a ti mismo”. De ahí el título del álbum, que resume bien el espíritu de esta nueva etapa: sacar fuerza de lo negativo, encontrar dentro de uno mismo un refugio y seguir adelante.
La palabra “refugio” aparece mucho en la conversación como una idea central en una banda que ha conocido separaciones, pérdidas, regresos y momentos duros. Sôber habla de la música como oficio, pero también como casa. “Es nuestra vida, lo que sabemos hacer, lo que hemos aprendido y lo que realmente nos llena”, dicen. La frase sirve para desmontar cierta mitología del rock entendido como una sucesión de noches salvajes y vida fácil. La realidad es más prosaica: madrugones, viajes, ensayos, estudios, promoción y muchas horas de trabajo invisible.
“Nos levantamos a las seis y media de la mañana para no dejar de trabajar en veinticuatro horas; muchas veces te quedan libres unas horas para dormir y poco más”, cuentan. Y aun así no hay queja, sino conciencia de privilegio: “No dejamos de sentirnos privilegiados”. Esa mezcla de sacrificio y gratitud define bastante bien la madurez de una banda que ya no necesita demostrar nada, pero sigue necesitando tocar.
La amistad como maquinaria
En un grupo con más de treinta años de historia, la convivencia no es un detalle menor. Sôber ha pasado por etapas muy distintas, y sus integrantes hablan de la relación entre ellos con naturalidad, sin épica impostada. El grupo también tuvo que reponerse al fallecimiento de su batería, Alberto Madrid, en 2006, a los 35 años, en un trágico accidente de moto en la autovía M-40 de la capital. Ese mismo año falleció también el productor y músico de la banda, Simón Echevarría, a los 34 años. Lo que ha dado el tiempo es una forma de conocimiento mutuo que hace que la maquinaria funcione mejor.
“Cada uno tiene su rol muy asumido. Entonces es bastante sencillo echar la maquinaria a andar”, explican. Esa frase, aparentemente funcional, contiene mucho de lo que permite que una banda dure. No se trata solo de amistad ni solo de música, sino de una combinación de confianza, oficio y respeto por el espacio creativo de cada uno.
También han aprendido a no precipitar los tiempos. Ahora no graban ni giran porque una compañía lo exija, sino cuando las canciones están preparadas. “Llega un momento en el que eres dueño de tu carrera y de tu arte, y tú estableces los tiempos”, aseguran. Eso no significa que vivan al margen de la industria, sino que han logrado ocupar un lugar propio dentro de ella. Primero están las canciones; después, la maquinaria.
Esa libertad ha marcado la grabación de Anandamida. En lugar de encerrarse durante meses y trabajar de manera lineal, han ido entrando y saliendo del estudio, dejando respirar las canciones y atendiendo a los detalles. “Este disco tiene una frescura que quizá otros no tenían, porque hemos intentado captar la primera impronta”, explican. Algunos arreglos nacieron en el momento; incluso un solo de Mi refugio quedó grabado casi tal como apareció. “Eso antes era impensable. Ahora nos hemos permitido quedarnos con la sorpresa”.
El rock que nunca muere
La conversación deriva inevitablemente hacia la supuesta muerte del rock. Ellos no compran el diagnóstico. Admiten que el género ha perdido presencia en los grandes medios, especialmente en España, pero no aceptan que haya desaparecido ni que esté agonizando.
“El rock muerto nunca lo hemos vivido”, afirman. “Lo que hemos vivido es una pérdida de presencia en los medios de comunicación”. Recuerdan una época en la que sonaban en grandes emisoras, aparecían en televisión, en MTV, en programas de máxima audiencia y en series. De pronto, no solo ellos, sino muchas bandas de rock españolas, dejaron de tener espacio. “Un día desaparecimos nosotros y desaparecieron muchos compañeros de profesión. Se decidió que no tenía que sonar rock, y ya está”.
Constatan ese cambio de ciclo, y lo achacan a la decisión de los despachos. Pero para Sôber, el rock sigue llenando salas y festivales, sigue convocando públicos fieles y sigue teniendo un criterio propio. Lo que ocurre es que ya no recibe la misma amplificación mediática. “A nivel mundial, el rock sigue estando más vivo que nunca”, sostienen, señalando festivales y giras internacionales como prueba de que el género conserva una fuerza que no siempre se refleja en las listas o en los focos generalistas.
Tres generaciones frente al escenario
Uno de los fenómenos que más les emociona es ver en sus conciertos a padres con hijos adolescentes. No lo viven como una señal dolorosa del paso del tiempo, sino como una forma de continuidad. “Que alguien quiera ir a ver el grupo que su padre le ponía en casa nos parece increíble”, dicen. Esa transmisión familiar es, para ellos, una de las razones por las que muchas bandas siguen vivas.
También ellos recibieron esa herencia. En sus casas sonaban Pink Floyd, Jeff Beck, rock sinfónico británico, Metallica, Medina Azahara (cuyo batería era el padre de Manu Reyes, el batería de Sôber), Rocío Jurado, Serrat o Julio Iglesias. La mezcla importa, no solo por el sonido, sino por la manera de entender la música. “Oír música en castellano te hace escribir letras en castellano”, explican. Y ahí está una de las claves de Sôber: la contundencia instrumental nunca ha estado reñida con una voluntad clara de contar algo.

“La gente nos dice que lleva tatuada una parte de una letra porque esa canción le ayudó a tirar hacia adelante en un momento concreto”, cuentan. Esa conexión con el público es lo que más les interesa preservar. La canción no como simple descarga, sino como compañía, como una forma de atravesar momentos difíciles.
El disco como resistencia
En una industria obsesionada con el single, la viralidad y la duración perfecta para las plataformas, Sôber sigue creyendo en el álbum. No reniegan del streaming ni de las redes, que consideran esenciales para comunicarse con el público, pero no quieren adaptar su escritura a la lógica del algoritmo.
“Nosotros seguimos creyendo en el formato completo, en algo más conceptual”, defienden. El disco físico, además, sigue siendo importante para ellos. “El que paga por un formato físico tiene que recibir un valor añadido”. Por eso cuidan la parte gráfica, el interior, la imagen y el objeto. No por nostalgia vacía, sino porque entienden el álbum como una experiencia completa.
“No trabajamos canciones para que duren dos minutos y medio porque, si no, la gente no las escucha. Eso no va con nosotros”, dicen. Su público, aseguran, no se limita a consumir fragmentos: “Nuestro público compra discos y escucha discos”. En esa fidelidad encuentran una forma de resistencia tranquila, sin necesidad de convertirla en bandera. “Somos una banda y nos hemos hecho a nosotros mismos. Cuando tienes eso claro, lo demás es bastante impenetrable”.
Anandamida Tour
La nueva etapa desembocará en Anandamida Tour, que arrancará en octubre en Barcelona y pasará por salas y festivales durante los próximos meses. Madrid tendrá un formato especial, bautizado como Sôber al cuadrado: dos noches con repertorios diferentes, pensadas tanto para el público como para ellos mismos.
“Queremos motivarnos a preparar cuarenta canciones y que cada concierto sea distinto”, explican. Esa es quizá la mejor síntesis de este momento de Sôber: una banda veterana que no quiere funcionar en automático, que ha aprendido a administrar sus tiempos y que sigue buscando maneras de exigirse. Treinta años después, no se presentan como supervivientes nostálgicos, sino como músicos que han entendido que durar también es una forma de creación.

