El 8 de septiembre de 1966, Star Trek debutó en televisión y presentó al público el futuro de exploración, optimismo y descubrimiento imaginado por Gene Roddenberry. Sesenta años después, aquel modesto experimento televisivo se ha convertido en un fenómeno cultural global que abarca 11 series de televisión, 14 largometrajes y más de 900 episodios.
Con motivo del 60.º aniversario, se suceden las celebraciones en todo el mundo: desde intervenciones temáticas en las estaciones londinenses de King’s Cross y South Kensington hasta proyecciones gratuitas al aire libre en Los Ángeles, la restauración de la estrella de Roddenberry en el Paseo de la Fama de Hollywood e incluso una celebración en órbita, donde Sophie Adenot, astronauta de la Agencia Espacial Europea, lucirá una insignia Delta de capitán a bordo de la Estación Espacial Internacional. Mientras tanto, plataformas como SkyShowtime preparan canales dedicados a recorrer décadas de mitología galáctica, demostrando que el interés por la última frontera está lejos de haberse agotado.
Sin embargo, como observa John Van Citters, vicepresidente de desarrollo de marca de Star Trek, la extraordinaria longevidad de la franquicia no es únicamente consecuencia de una eficaz explotación comercial: se debe a que Star Trek es, en el fondo, «una marca de valores». En un panorama cultural en el que buena parte de la ciencia ficción parece haberse entregado a futuros sombríos y apocalípticos, el obstinado optimismo de Star Trek ya no resulta una pintoresca reliquia de la era espacial. Imaginar que las cosas pueden mejorar se ha convertido, en sí mismo, en un gesto radical.

La tiranía de la distopía moderna
Para comprender por qué el optimismo de Star Trek resulta hoy tan insólito, basta con observar las historias que nos contamos sobre el mañana. Existe un amplio debate académico y cultural en torno al declive de la imaginación utópica, sustituida progresivamente por un sentido común distópico que impregna la literatura, el cine y hasta nuestra manera de interpretar la actualidad.
Como señala el sociólogo Christian Retamal, asistimos a una profunda crisis de la idea de un futuro progresivamente mejor, acelerada por las ansiedades globales, la emergencia climática y el impacto de las sucesivas crisis contemporáneas. En buena parte de la ficción especulativa actual, el porvenir aparece convertido en un paisaje de ruinas, autoritarismo corporativo y colapso ecológico.
La proliferación de distopías no se limita a reflejar nuestros temores: también puede condicionar nuestra relación con el futuro. Si históricamente estas narraciones funcionaban como advertencias sobre aquello que debía evitarse, su acumulación corre el riesgo de producir el efecto contrario: sustituir la esperanza activa por una sensación de inevitabilidad.
Es lo que el historiador Enzo Traverso relaciona con el «presentismo»: un régimen de historicidad en el que resulta cada vez más difícil imaginar un futuro sustancialmente distinto del presente. Y cuando conseguimos mirar más allá, a menudo lo hacemos hacia atrás, refugiándonos en lo que Zygmunt Bauman denominó «retrotopía»: versiones idealizadas de un pasado perdido al que querríamos regresar.
En este paisaje, Star Trek constituye una anomalía. Insiste en lo que el filósofo Ernst Bloch llamó el «impulso utópico»: la capacidad de imaginar algo distinto y rechazar el presente como una realidad inmutable. Al mostrarnos un futuro en el que la humanidad no se ha destruido a sí misma, la serie plantea una pregunta incómoda: si somos capaces de imaginar un mundo mejor, ¿por qué deberíamos conformarnos con el que tenemos?
Un cosmos poscapitalista
En el centro del radicalismo de Star Trek se encuentra un rechazo explícito a muchos de los principios de la economía capitalista. La Federación Unida de Planetas no es simplemente una versión tecnológicamente avanzada de la democracia occidental contemporánea: es una sociedad imaginaria poscapitalista y de posescasez en la que la pobreza, el hambre y buena parte de las desigualdades materiales han desaparecido.

Esta estructura económica queda ilustrada de manera memorable en el episodio de 1988 «La Zona Neutral», en el que Ralph Offenhouse, un financiero de Wall Street criogenizado en 1994, despierta en el siglo XXIV. Horrorizado al descubrir que sus inversiones, sus cuentas bancarias y su querido Wall Street Journal han dejado de tener sentido, Offenhouse pregunta cómo va a sobrevivir, cuál será su desafío y de qué manera se medirá su valía.
El capitán Jean-Luc Picard le responde con calma: «La gente ya no está obsesionada con la acumulación de cosas. Hemos eliminado el hambre, la necesidad, la necesidad de posesiones. Hemos salido de nuestra infancia». Más adelante, en la película Primer contacto, Picard vuelve sobre esa idea: «La adquisición de riqueza ya no es la fuerza que mueve nuestras vidas. Trabajamos para mejorarnos a nosotros mismos y al resto de la humanidad».
Frente a las narraciones que imaginan que un mundo de abundancia desembocaría inevitablemente en la pereza o la decadencia, Star Trek sostiene exactamente lo contrario. Cuando los seres humanos se liberan de la lucha constante por la supervivencia material, no se estancan: se convierten en artistas, científicos, médicos o exploradores.
La franquicia también insiste en que la tecnología, por sí sola, no puede crear ese paraíso. El replicador —capaz de materializar alimentos y objetos a partir de energía y materia reciclada— sirve como recordatorio de que la abundancia tecnológica depende de cómo se organiza políticamente su acceso. La Federación utiliza esa tecnología para garantizar necesidades materiales; otras sociedades del universo de Star Trek, como la ferengi, continúan articulándose alrededor del beneficio y la acumulación.
El mensaje resulta sorprendentemente contemporáneo: los avances tecnológicos no determinan por sí mismos el tipo de sociedad que construimos; son las estructuras económicas y políticas que los gobiernan las que deciden quién se beneficia de ellos.
El puente como espacio de representación
El proyecto de Star Trek nació en el intenso contexto sociopolítico de finales de los sesenta: las luchas por los derechos civiles, las protestas contra la guerra de Vietnam y la sombra permanente de la Guerra Fría. En lugar de ignorar esas tensiones, Roddenberry las trasladó al puente de la U.S.S. Enterprise, imaginando una tripulación multiétnica y multinacional que contradecía abiertamente muchos de los prejuicios de su época.

La presencia de la teniente Nyota Uhura, interpretada por Nichelle Nichols, se convirtió en uno de los ejemplos más célebres. Cuando Nichols, frustrada por las limitaciones de su personaje, decidió abandonar la serie después de la primera temporada para regresar al teatro musical, tuvo un encuentro que modificaría sus planes.
Durante una gala de recaudación de fondos en Beverly Hills le presentaron a Martin Luther King Jr., que se declaró uno de sus mayores admiradores y le contó que Star Trek era la única serie que él y su esposa Coretta permitían a sus hijos quedarse despiertos hasta tarde para ver.
Cuando Nichols le explicó que pensaba abandonar el programa, King intentó convencerla de lo contrario. Según recordaría después la actriz, King le dijo que no podía abandonar la serie porque había creado «un personaje de dignidad, gracia, belleza e inteligencia» y porque, por primera vez, el público podía ver a los afroamericanos «como iguales».
King comprendía que ver a una mujer negra como una oficial cualificada y respetada a bordo del buque insignia de la humanidad tenía un poder político propio. Nichols regresó a trabajar el lunes y Roddenberry rompió su carta de dimisión. Décadas después, su personaje sería citado como inspiración por generaciones enteras, incluida Mae Jemison, la primera mujer negra en viajar al espacio.
Ese impulso se extendía a la geopolítica. En 1967, en plena Guerra Fría y carrera espacial, Star Trek introdujo al alférez Pavel Chekov, un joven navegador ruso que colaboraba con oficiales estadounidenses en una misión común para el progreso de la humanidad. La imagen ofrecía al espectador una alternativa explícita a las divisiones nacionales del presente.
Junto a él se encontraba el teniente Hikaru Sulu, interpretado por George Takei, quien durante su infancia había sido recluido junto a su familia en un campo de internamiento para estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial.
Incluso el romance podía adquirir una dimensión política. El 22 de noviembre de 1968, en el episodio «Los hijastros de Platón», el capitán Kirk y la teniente Uhura protagonizaron uno de los primeros besos interraciales emitidos por la televisión estadounidense. La escena llegó poco más de un año después de que el Tribunal Supremo, mediante la histórica sentencia Loving v. Virginia, declarara inconstitucionales las leyes que prohibían los matrimonios interraciales.

Drama nacido de la solidaridad
Quizá el elemento narrativamente más peculiar de Star Trek sea lo que con el tiempo se conocería como el «principio Roddenberry»: la resistencia de su creador a construir el drama a partir de conflictos mezquinos entre los miembros principales de la tripulación.
Roddenberry sostenía que, para que aquel futuro utópico resultara creíble, sus protagonistas debían representar una humanidad que hubiera aprendido a comunicarse, cooperar y afrontar las crisis mediante la confianza mutua.
Gran parte de la ficción contemporánea obtiene su tensión de personajes que se ocultan información, toman decisiones irracionales o se enfrentan entre sí para hacer avanzar la trama. Star Trek, en cambio, suele encontrar el conflicto en otro lugar: anomalías científicas, dilemas morales, amenazas externas o encuentros con culturas radicalmente distintas.

En el episodio «Recuérdame», por ejemplo, cuando la doctora Beverly Crusher descubre que miembros de la tripulación están desapareciendo de la realidad, sus compañeros no descartan inmediatamente sus sospechas como producto de la histeria o la paranoia. La escuchan e intentan averiguar qué está ocurriendo.
La cooperación no elimina el drama; se convierte en una forma distinta de producirlo.
Como sostiene el ensayista político Simon Tyrie, esa insistencia en la solidaridad constituye una de las características más revolucionarias de la franquicia. Star Trek no se limita a decir que un mundo mejor es posible: intenta mostrar qué comportamientos serían necesarios para construirlo.
Hacia delante
Sesenta años después de su estreno, Star Trek continúa recordándonos que no somos víctimas pasivas de una historia cuyo desenlace ya está escrito. El futuro es un espacio al que se puede dar forma mediante nuestras decisiones colectivas, nuestros principios y nuestra voluntad política.
En una época dominada por ansiedades catastróficas y fantasías retrotópicas, mirar hacia las estrellas e insistir en que la humanidad puede superar sus divisiones, abandonar la lógica de la acumulación y organizarse alrededor de la cooperación y la exploración pacífica puede parecer ingenuo.
Precisamente por eso resulta provocador.
Sesenta años después, quizá la idea más transgresora de la Enterprise siga siendo también la más sencilla: el futuro no tiene por qué ser peor que el presente.

