Stig Dagerman, el soldado sueco que escribió una obra maestra sobre el miedo a la guerra mientras la vivía

Dagerman escribió sobre el miedo a la guerra desde la neutralidad, usando los refugiados como ventana a lo que no quería ver en Suecia

Stig Dagerman - Cultura
Una fotografía del escritor sueco en 1940.
Wikipedia

En 1945, Suecia llevaba seis años al margen de la guerra. Neutral por decisión política, el país había mantenido acuerdos comerciales con ambos bandos del conflicto y vivido una especie de paréntesis extraño: el horror a pocos kilómetros, la amenaza constante de annexión, pero sin trincheras propias ni ciudades bombardeadas. En ese limbo singular, un joven de 22 años llamado Stig Dagerman publicó su primera novela, La serpiente, y demostró que se puede escribir sobre el miedo a la guerra con más verdad desde la distancia que desde el frente.

Dagerman había llegado a ese tema por una vía indirecta. Su padre lo había introducido desde niño en el anarcosindicalismo, y él había pasado la adolescencia escribiendo poemas satíricos y artículos en diarios obreros. Pero fue su matrimonio en 1943 con Annemarie Götze lo que le dio acceso a una perspectiva del conflicto que Suecia no podía ofrecer. Annemarie era una refugiada alemana cuya familia había militado contra el nazismo, escapado a la Barcelona de la Guerra Civil y después huido del avance de la Wehrmacht hacia Suecia. El hogar de los Götze funcionaba como punto de enlace para cientos de refugiados europeos, y Dagerman construyó a través de ellos una imagen del continente en guerra mucho más concreta que la que ofrecía la neutralidad sueca.

Una novela con dos cabezas y un símbolo que se arrastra

La serpiente tiene una estructura doble que funciona como las dos caras de un mismo miedo. La primera parte sigue a Irène, una mujer que trabaja en un campamento militar y está enamorada de Bill, un soldado violento e impredecible. Una noche de verano en una cabaña, la muerte y la violencia sobrevuelan cada escena sin llegar a materializarse del todo, lo que las hace más opresivas que si lo hicieran. El símbolo central es una serpiente que Bill guarda en su petate: Dagerman la convierte en una presencia física que cambia de naturaleza según la escena, a veces suave como la mano de un niño, otras amenazante como un silbido en la oscuridad, siempre latente.

La segunda parte se fragmenta en seis relatos que tienen a los reclutas como protagonistas. El primero, No podemos dormir, transcurre en la oscuridad de un barracón donde los soldados comparten historias desde sus literas: cómo dejaron caer una barra de hierro sobre un teniente despótico, lo que alguien vivió en la Guerra Civil española, el miedo que no se va aunque no ocurra nada. No hay épica militar ni heroísmo. Hay hombres estáticos esperando que algo terrible justifique las botas, los barracones y los fusiles.

El estilo que convierte las sensaciones en algo que respira

La serpiente - Stig Dagerman
Portada de la novela ‘La serpiente’.
Nórdica Libros

Lo que distingue a Dagerman de otros escritores que abordaron la guerra desde fuera es la manera en que construye la atmósfera. Los tiempos verbales se agolpan. Las sensaciones tienen textura física: la embriaguez se ve a través del cristal verde de una botella, las puntas de los cigarros «dan saltitos» en la oscuridad de una conversación entre dos fumadores nocturnos. Todo resulta tan extraño como familiar, como cuando la realidad parece detenida justo antes de que algo irreversible ocurra.

Los críticos que lo descubrieron en vida lo situaron en la misma corriente que Camus, Faulkner y Kafka: la perplejidad del Extranjero, el presente que martillea en Mientras agonizo, el absurdo kafkiano aplicado a cuerpos que no saben si pesan demasiado o demasiado poco para el siglo que les ha tocado vivir. Nórdica Libros recupera ahora La serpiente con una nueva traducción de Carmen Montes Cano realizada directamente sobre el texto sueco original, que restituye los diálogos integrados en la sintaxis asfixiante que el autor concibió y que una edición anterior de Alfaguara había separado al estilo directo convencional.

Una carrera breve y una sombra larga

Dagerman escribió cuatro novelas, cuatro obras de teatro, varias novelas cortas, cuentos, ensayos y poemas en menos de una década. En 1949, con 26 años, dejó de escribir. En 1952 publicó Nuestra necesidad de consuelo es insaciable, un ensayo que muchos interpretaron retrospectivamente como un preludio a su muerte. Murió en 1954, a los 31 años.

La frase que abre ese último texto lo dice todo sobre el estado en que vivió sus últimos años: «Puedo estar sentado ante la lumbre en la habitación menos expuesta al peligro y sentir de pronto que la muerte me rodea». No es una metáfora literaria. Es la descripción de algo que ya había convertido en materia narrativa desde su primera novela: el miedo que no necesita un motivo concreto para instalarse, que vive en los barracones tranquilos y en las noches de verano sin incidentes, exactamente donde nadie esperaría encontrarlo.

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