Música

Un poco de Morrissey es mucho

La noticia es que Morrissey no canceló su concierto de ayer en Madrid. Superado esto, aparece el genio en su voz de seda y las guitarras furiosas de ripios

Concierto de Morrisey en Madrid, el 29 de julio de 2026
Concierto de Morrisey en Madrid, el 29 de julio de 2026

Supongo que acudir a un concierto de Morrissey es una experiencia parecida a la de los aficionados a los toros cuando van a Las Ventas a ver a Morante, o a Curro Romero in the days of yore, con la diferencia de que lo que hace el primero es arte y los segundos, quién sabe. Ni idea de lo que te vas a encontrar en el círculo mágico. Y acudes un poco con el morro torcido, una mueca entre la ironía y el espanto. Pero, amigo, cuando surge la maravilla, si le apetece al fulano de turno, ya está todo vendido y te enciendes como un Yi Peng tailandés.
La cosa es que andaba un poco cabreado últimamente, por decirlo de una manera civilizada. Los dos últimos conciertos que Mozz tenía programados en España y para los que este escribiente compró lustrosos tiques, como la tarjeta dorada de las chocolatinas de Willy Wonka, los tuve que tirar a la basura, porque la prima donna del pop mundial decidió pasar: Las Noches del Botánico, hace justo un año, y su concierto de marzo en plenas fallas valencianas, porque, según él, “no podía dormir debido al ruido de los petardos”. Se rumorea que va a recibir la Llave de Oro del Turia.

Así que, más desconfiada que el bolso de Isabel Windsor, mi nostalgia me obligó a comprar la tercera entrada en un año para un concierto que, esta vez sí, amablemente, nos concedió –más de 90 pavos la visita a tu tía de Manchester–, la noche pasada en el Movistar Arena. Y como vivo a menos de cinco minutos andando, tampoco me importaba mucho que hiciera “un Pastora Soler”, en palabras de otro cancelador profesional, y cuando ya te dan dos veces calabazas, pues la tercera no duele tanto.

Y encima, mi acompañante oficial me dio ídem, en este caso por unos temas suyos profesionales, alcurnia que le honra. Él sabrá.
Así que tuve que tirar de suplentes de lujo, el Sexto Hombre, titularísimo en la mayoría de las ocasiones –apunto que no le gusta nada Morrissey y se dedica a meterse con él cada vez que puede–, que no hubiera venido de primeras. Se apuntaron también los catedráticos V y J, para darle marco teórico al tema. Todos leales, como un pastor alemán, en un ejercicio de solidaridad amiguil, aceptaron la invitación. Tengo que decir que el primero vive todavía más cerca del Movistar Arena que yo.

Así que, resignado, medio cabreado y asumiendo que hasta que no viera a Morrissey aparecer por el escenario con esos gladiolos medio mustios en el bolsillo del pantalón, y esas camisas brillantes de veraneante en Benidorm, coñac y bizcocho, no estaba seguro de nada.
Pero esta vez sí apareció, vaya que sí, y con su voz de seda barítona de mi infancia se me fueron todos los males, como si me hubiera tomado un tranxilium, y sus perfectas melodías poperas, me mecieron en un viaje hasta mi magdalena de Proust, esa habitación de la adolescencia en una ciudad norteña, y mi minicadena Aiwa –¿hace cuánto que no se usa esta palabra?– que desgastaba en sus ruedas una y otra vez los cuatro álbumes, una obra maestra tras otra, de The Smiths, la banda que Mozz lideraba junto con Johnny Marr, su enemigo íntimo y creador del disruptivo envoltorio de cada ripio.

Morrissey es la foto a pie de página en la que hay que separar al artista de la persona. No conozco a nadie que no diga de él que es un imbécil, animalista fundamentalista, por un lado, por supuesto antitaurino –en el último concierto al que fui en Madrid se puso a gritar que las corridas eran “the shame of Spain”, con un par de criadillas y en este último alumbró la oscuridad de las corridas–, y, por el otro lado, un racista y un xenófobo de narices. Lo tiene todo, el chaval.

Así que, si no te queda otra que separar persona y obra y taparte la nariz, asumir que su setlist es para él y no para sus fans (y eso que esta era bastante amable), que puede que no interprete ninguna de las canciones míticas de él, ni de The Smiths, y que además está pasado de kilos –en eso se parece a su odiado Robert Smith–, que va hecho un espantajo, por mucho que se cambie tres veces ¿de ropa? y que se puede pirar cuando le apetezca, joder, tiene que ser muy bueno.

Ya, pero ¿y el concierto qué?

Pues una gozada, porque, efectivamente, es muy bueno. El mejor en su género. Dios le acarició con una voz prodigiosa, torrencial pero sutilmente modelada con la suavidad de la poesía, y está pletórico de facultades vocales, dos horas de show entonando esos versos desde el abismo, “himnos generacionales” -vaya horterada- que descansan desde hace mucho en las estanterías de la música popular.

Y por ahí desfilaron los grandes clásicos, monumentos de la civilización como A Rush and a Push and the Land Is Ours (cuánto te añoramos, Valdi), How Soon Is Now? (en el que vibran hasta Los Torreznos), There Is a Light That Never Goes Out (ojalá sea así) y sus clásicos modernos Everyday Is Like Sunday (todos preferimos Benidorm a Brighton), First of the Gang to Die (cada vez es mejor la cabrona) o The Monsters of Pig Alley (su última, delicada, obra mayor), poemas cristalinos, fieros como Rimbaud, el primer verso de la vida adulta.

Volveré a ver a Morrissey. Si él quiere, claro.

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