La entrevista

Verónica Sanz: “Si el cuerpo de la mujer se convierte en mercancía, siempre hay abuso de poder”

La periodista debuta en la ficción con 'Gente bien', una novela atravesada por la corrupción, la impunidad, el poder económico, la utilización del cuerpo de las mujeres y las contradicciones del sistema patriarcal

Verónica Sanz lleva años contando la actualidad desde el periodismo, observando de cerca las tramas de poder, los escándalos, las zonas grises de la política y las fracturas sociales que rara vez se ven del todo. Con Gente bien, traslada esa mirada a la ficción sin alejarse demasiado de la realidad: su novela se adentra en las élites, en la corrupción que no siempre llega a juicio, en la impunidad de quienes creen poder hacerlo todo y en los mecanismos con los que el patriarcado sigue operando, también entre mujeres que tratan de sobrevivir dentro de sus reglas. En esta entrevista habla de los casos reales que la han inspirado, del sugar dating y la mercantilización del cuerpo femenino, de la ambición como impulso humano y no como atributo exclusivamente masculino, de la presión estética en televisión y de los autores que la acompañan como lectora.

Después de leer una novela tan trepidante y tan oscura, la primera pregunta es inevitable: ¿vivimos rodeados de gente hostil y peligrosa sin saberlo, o seguimos instalados en una cierta ingenuidad, creyendo que la gente aparentemente respetable no esconde esa sordidez?

Yo lo pienso como periodista y lo he plasmado como autora en esta novela, aunque probablemente estoy mediatizada por el hecho de que siempre cuento lo que los jueces consiguen destapar, lo que la policía encuentra, las tramas que salen a la luz. Pero, claro, uno mira alrededor y piensa: no hay partido que no haya tenido casos de corrupción, prácticamente no hay empresa pública que no haya tenido sus líos. Entonces quise imaginar de dónde sale toda esa gente, cómo vive después, cuáles son sus relaciones. Me he fijado en quienes están en las tramas de corrupción, en eso que los jueces consiguen atrapar.

Muchas veces solo vemos lo que llega a juicio, lo que se condena o lo que alcanza cierta visibilidad mediática. Pero hay mucho que ni siquiera aflora. ¿Esa es justamente la premisa de la novela: preguntarse cuánto está ocurriendo sin que lleguemos a verlo?

Exactamente. Esa es la premisa de la novela: cuánto está ocurriendo y escapa completamente a nuestros ojos. Porque hay personas tan poderosas que consiguen controlar la justicia, la policía, la política, las administraciones. ¿Cuánto de eso hay? Yo lo planteo.

'Gente bien', de Verónica Sanz
‘Gente bien’, de Verónica Sanz

¿Cuánta realidad hay en esta novela? Imagino que tu trabajo periodístico te ha nutrido mucho, no solo por los casos en sí, sino también por cómo se construyen y se desarrollan estas historias. ¿Hay algo directamente inspirado en hechos reales?

Real al cien por cien, no. Pero sí hay varias historias que me han nutrido o me han generado mucha curiosidad y las he utilizado como vehículo para contar lo que quería contar. Cualquier buen conocedor de la actualidad de los últimos diez o quince años reconocerá alguna.

Podemos hablar, por ejemplo, de algo que no me ha inspirado directamente, pero sí me ha legitimado: el sugar dating, que no deja de ser otra cosa que mujeres de compañía y comercio con cuerpos de mujeres. Ahí están José Luis Ábalos o Tito Berni. Cómo se comercia con el cuerpo de mujeres en esferas de poder, cuanto más dinero y más poder, de forma más ligera y prácticamente más impune. “Llévame aquí a tres chicas. A esta le ponemos un piso, a esta la colocamos aquí, a esta cómprale un bolso”. Eso, que aparece en la novela, los hechos de los últimos años han demostrado que ocurre: en esferas de poder se usa el cuerpo de la mujer para satisfacer a clientes, para comprar información y para muchas otras cosas. Yo quería utilizar eso.

Luego hay otra historia que me llamó mucho la atención y que se ha juzgado recientemente: la de López Madrid y su dermatóloga. Esa relación se vuelve tóxica, empiezan a denunciarse mutuamente por acoso y, según los hechos probados, López Madrid manda a Villarejo apuñalar a Elisa Pinto. Eso ocurrió en Madrid. Y, como espectadora, me pregunto: ¿cómo puede existir ese nivel en el que alguien piense que puede hacer realmente lo que le dé la gana para solucionar sus asuntos, incluso los asuntos de faldas, pagando dinero a un policía corrupto para quitarse de en medio a una persona? A Elisa Pinto no la mataron, fue un pinchazo y está juzgado, pero yo me planteo hasta dónde puede llegar eso y si hay más casos.

Da la impresión de que la ficción, al menos en tu caso, no deja de ser un reflejo de cosas que has visto, conocido o investigado como periodista. ¿Sientes que tu imaginación está inevitablemente condicionada por esa experiencia profesional?

Completamente. Mi imaginación y mi creatividad están condicionadas por lo que he vivido. Creo que, incluso si me imaginara dragones, estaría pensando en personas que conozco. Esta novela la ha escrito una periodista y creo que eso se nota mucho en la forma de contar los hechos y también en la distancia con la que se observan.

Se nota mucho el oficio periodístico en la forma de narrar: escribes en presente, sitúas constantemente la acción con fecha y lugar y das coordenadas muy precisas al lector. ¿Buscabas deliberadamente esa manera de contar?

Sí, yo creo que es inevitable ese “tic” de la organización de la información. La primera aproximación a la historia la hice con un Excel: personajes y, en la columna de al lado, su descripción, sus atributos, su situación, sus anhelos. La línea temporal también la construí en un documento y todo eso lo fui guardando hasta que me lancé a escribir. Y es verdad que a mí me pedía el cuerpo situar al lector. Cuando leo novelas que me sitúan, me gusta. Por eso lo he hecho.

Además, escribí en presente porque creo que es un reflejo de cómo contamos la actualidad. No hablas en pasado: no dices “Sánchez dijo”, sino “ha dicho” o “está ocurriendo”. Lo estás viendo, y a mí me gusta ese ritmo. Me lo he traído a la novela.

El propio título, Gente bien, tiene una carga irónica muy potente. En un momento en que a menudo se pone el foco en la delincuencia o la corrupción como si procedieran siempre de los márgenes, tú apuntas directamente a la impunidad del poder. ¿Te interesaba denunciar precisamente eso?

Sí, me interesaba esa impunidad del poder. El que se siente poderoso puede hacer cualquier cosa y muchas veces comete los peores crímenes, precisamente porque puede generar una trama alrededor que lo protege.

Yo me pregunto qué es el poder y quién lo tiene realmente. ¿Tiene poder el presidente de un Gobierno? Sin duda. Pero, ¿no tiene todavía más poder el dueño de una empresa que da empleo a 100.000 personas y genera decenas de millones de euros, por lo que puede controlar, comprar o condicionar, por ejemplo, si va a poner una planta de producción en un sitio o en otro? Creo que la palanca económica es una palanca de poder importantísima, y lo estamos viendo a nivel global con los tecnooligarcas.

En Europa todavía no lo vemos con tanta nitidez, pero mirar al otro lado del charco no suele ser un mal ejercicio para vernos reflejados en un futuro. Estamos hablando de personas muy poderosas porque tienen muchísimo dinero, porque han levantado empresas como Amazon, Tesla o SpaceX. Y de repente ya no solo influyen en el mercado, sino que acceden a posiciones de influencia política, incluso de consejo en gobiernos, como en el de Donald Trump. Son los superpoderosos. Elon Musk tiene él solo más fortuna que el producto interior bruto de España. ¿Quién es más poderoso? Aunque no hable de ellos en la novela, sí quiero poner sobre la mesa que vivimos en un mundo donde quien tiene muchísimo dinero tiene muchísimo poder, por encima incluso de los Estados.

La presentadora de La Sexta Verónica Sanz presenta su primer libro, 'Gente bien'
La presentadora de La Sexta Verónica Sanz presenta su primer libro, ‘Gente bien’
Javier Cuadrado

La novela es también muy psicológica. ¿Qué nos pasa, o qué les pasa especialmente a los hombres, con el poder, con la acumulación y con la necesidad de ejercerlo o perpetuarlo? Históricamente parece una pulsión más masculina.

Desde que está escrita la historia, desde la Antigüedad, el poder ha recaído sobre hombres. Incluso cuando nació la democracia, si miramos a Grecia, eran los hombres quienes decidían; las mujeres no tenían voto. Hemos tardado milenios en poder votar. Si ahora analizamos el poder que tienen las mujeres en España, no hemos tenido nunca una presidenta del Gobierno. Hay presidentas autonómicas, sí, pero no hemos llegado todavía a eso. Entonces, evidentemente, algo ocurre: hay una brecha que nos separa por género a la hora de adjudicar o ejercer el poder.

En las empresas pasa lo mismo. Si miras el Ibex 35, hay alguna CEO, alguna presidenta, pero desde luego no diecisiete, que sería la mitad. El poder se asocia con algo masculino, y la ambición también. Y eso tiene que ver con la historia que arrastramos y con la sociedad que tenemos.

Por eso quería hablar también de la ambición de las mujeres, pero no de la “ambición femenina” como etiqueta, porque me genera conflicto. La ambición es un sentimiento humano, como el miedo o la alegría. No es patrimonio de los hombres. Las mujeres también tienen muchísima ambición. Lo que ocurre es que a veces se etiqueta como algo negativo. Por eso he querido que mis protagonistas tengan proyecto propio, que aspiren a algo más que a sobrevivir. ¿Por qué una mujer no va a poder decir libremente que quiere tener mucho dinero y que va a conseguirlo?

Cuando las mujeres acceden a determinados espacios de poder, parece que se les exige una perfección que a los hombres nunca se les pide: ser intachables, disimular la ambición, vestirla de servicio o de virtud. ¿Seguimos juzgando de manera distinta el poder cuando lo ejerce una mujer?

Claro. A las mujeres se nos ha obligado muchas veces a aparcar la visión o incluso los sueños, porque la conciliación lo ha impedido. Tenemos hijos, parimos, pasamos más tiempo en casa, pedimos más excedencias, faltamos más por determinadas circunstancias. Todo eso funciona como un lastre estructural. No digo que tener hijos sea un lastre, es algo maravilloso; yo tengo dos. Pero tal y como están organizadas las cosas, se entiende perfectamente que un hombre quiera poner una base en Marte y tenga más dinero que España y Portugal juntos. Si fuera una mujer, eso se cuestionaría muchísimo más.

Una de las cosas que más me gustan de la novela es cómo refleja un sistema patriarcal muy claro. Las mujeres que aparecen en ella son muy distintas entre sí, pero todas están obligadas a moverse dentro de unas condiciones dadas. Y luego, muchas veces, se las culpa precisamente por adaptarse a ese sistema para sobrevivir. ¿Querías reflejar esa contradicción moral?

Sí, completamente. Sin victimizar a todas las mujeres, porque no se trata de eso, sí quería mostrar que existe un sistema que oprime a una parte de la población y que impone contradicciones muy concretas.

En el caso de la presión estética, por ejemplo, yo me defino como alguien que vive sumergida en esa contradicción. Trabajo en televisión y, por tanto, he llegado hasta aquí con la certeza de que tengo que ofrecer una imagen agradable. Pero, ¿cuál es esa imagen? ¿Por qué tiene que ser de una determinada manera? Lo que me devuelve el espejo, ¿es lo que yo quiero o es lo que he aprendido? Esa pregunta me la hago mucho. Y también me pregunto si viviera en una isla desierta, si me maquillaría o me depilaría. La respuesta es no.

Me gusta enfrentarme a esas preguntas y hablar de ellas con otras mujeres. ¿Tú para quién te arreglas? ¿Es para ti o estás esperando que alguien te apruebe por tu imagen? Eso me parece muy interesante. Y por eso mis personajes tienen esas contradicciones, ese sufrimiento y esa ansiedad por verse guapas y jóvenes. De ahí también la figura de esa proveedora entre las protagonistas, que se dedica, con la aguja, a dispensar ese supuesto maná de la belleza, aunque ella misma sabe que no existe y que los años pasan.

Ya que lo mencionas, quería preguntarte por tu propia experiencia. Tienes una gran exposición mediática. ¿Has sufrido esa presión estética? ¿Lo has pasado mal por eso?

Nunca. La verdad es que no. Nunca nadie me ha dicho cómo tenía que vestir, nunca nadie me ha dicho si tenía que estar más delgada, llevar el pelo más rubio o ir más maquillada. Nunca.

Hay una pregunta que me han hecho muchas veces y que me duele especialmente: “¿Quién te dice la ropa que te tienes que poner?”. Y yo siempre respondo: ¿por qué piensas que a mí alguien me va a decir la ropa que me tengo que poner? ¿Se lo preguntarías a un hombre? ¿A Vicente Vallés o a Rodrigo Blázquez alguien les pregunta quién decide la ropa que se van a poner? Nadie. ¿Por qué se asume que a mí alguien me está diciendo “tienes que ponerte este vestido”? Jamás en la historia. Yo decido la ropa que me voy a poner. Tengo una estilista que me la trae, me trae cinco opciones y elijo dos. O, mejor dicho, me trae cinco y me quedo las cinco, porque Rosa es muy buena. Pero la pregunta sigue ahí, porque mucha gente sigue asumiendo que una mujer en televisión se planta delante de la cámara como le han dicho que tiene que hacerlo. Y eso es fortísimo.

Entremos en una de las cuestiones más importantes del libro: el sugar dating. En la novela muestras con claridad lo que hay detrás de ese término aparentemente amable. ¿Te interesaba desmontar esa romantización y mostrar que, en el fondo, estamos hablando de mercantilización del cuerpo femenino y de relaciones de abuso?

Sí, totalmente. Yo no estoy descubriendo nada al afirmar que el sugar dating no deja de ser una forma de comercio con el cuerpo de las mujeres. Me interesaba quitarle esa pátina de glamour o de falsa sofisticación. Porque detrás hay desigualdad, poder y dinero. Y eso cambia completamente las reglas del juego. No es una relación libre entre iguales. Hay una parte que compra y otra que es comprada, aunque la retórica contemporánea intente vestirlo de empoderamiento.

Hoy parece existir una tendencia a presentar prácticas como el sugar dating o ciertos formatos de explotación sexual digital como si fueran formas de empoderamiento. ¿Crees que se está blanqueando una realidad profundamente desigual y violenta?

Sí, creo que hay un blanqueamiento. Se utiliza un lenguaje amable, moderno, aparentemente libre, para describir relaciones que siguen atravesadas por las mismas lógicas de siempre: el dinero, el poder y el acceso al cuerpo de las mujeres. La desigualdad sigue ahí. Que cambie el envoltorio no significa que cambie el fondo.

Cuando se publican datos sobre consumo de prostitución, muchas mujeres reaccionan con auténtico shock, mientras que entre los hombres parece existir una especie de omertà, como si fuera una realidad más conocida o más asumida. ¿Crees que seguimos sin querer mirar de frente ese problema?

Sí, creo que sigue habiendo una enorme negación. Y no solo una negación femenina, también social. Nos cuesta muchísimo aceptar que esa realidad atraviesa todos los estratos y que forma parte de ciertos modos de ejercer el poder. Hay una especie de tolerancia soterrada, o de silencio, que permite que siga funcionando.

Al final, el problema no es solo la oferta, sino la demanda y todo un sistema que ha normalizado la pornificación de la sociedad y la compra del cuerpo femenino. ¿Crees que estamos ante un problema estructural, incluso antropológico, más que ante una mera cuestión moral individual?

Sí, claro. No estamos hablando de casos aislados ni de decisiones estrictamente individuales. Hay una estructura de fondo, una cultura, una manera de mirar a las mujeres y de disponer de sus cuerpos, especialmente cuando se mezclan el dinero, la impunidad y el deseo de dominio. Eso es lo que me interesaba señalar.

Dinero en las webs de sugardating - Violencia contra las mujeres
Captura de una encuesta en una de las webs de ‘sugardating’ que hemos consultado
Artículo 14

Como periodista, te ha tocado encontrarte con muchas realidades durísimas: corrupción, abuso de poder, clasismo, explotación, instituciones degradadas. ¿Ha habido algo que te haya hecho abrir especialmente los ojos o que te haya conmocionado más?

Más que un hecho concreto, creo que lo que más me impresiona es comprobar que, muchas veces, lo que llega a conocerse es solo una pequeña parte. Me sobrecoge pensar cuántas cosas ocurren sin que nadie llegue nunca a saberlas, o sin que se puedan probar.

En la novela aparece también una periodista, Minerva, que me parece un personaje muy interesante porque encarna muchas ambigüedades morales del oficio. ¿Querías explorar también, a través de ella, los dilemas éticos del periodismo y esa tensión entre contar la verdad y perseguir una gran historia?

Me interesaba mucho que hubiera una periodista porque forma parte de mi mundo y porque el periodismo también vive sus contradicciones. Minerva encarna esa tensión entre la vocación de contar y la presión del sistema, entre la verdad y la seducción de una gran historia. No quería idealizar el oficio, sino mostrarlo también en sus zonas grises.

Se nota en la novela un conocimiento muy concreto de Madrid y de sus desigualdades, de barrios como Usera, Villaverde o Entrevías, y de esa convivencia casi invisible entre mundos sociales muy distintos. ¿Crees que vivimos en ciudades profundamente partidas, aunque a veces no queramos verlo?

Sí, completamente. Vivimos en ciudades muy fragmentadas, donde conviven realidades muy distintas y muchas veces no se tocan. Me interesaba mucho que Madrid estuviera en la novela como escenario social, no solo físico, porque esa fractura atraviesa también la forma en que se relacionan los personajes y la manera en que entienden el mundo.

También me parece muy potente cómo la novela deja ver que, incluso entre las personas más poderosas, hay una enorme soledad. Hay lujo, influencia, dinero, pero también mucho vacío, mucha evasión y mucha incapacidad para hablar de lo verdaderamente importante. 

Sí. Esa soledad existe. Algunas de ellas no comparten nunca sus inquietudes reales. Pienso, por ejemplo, en Irina, que lo está pasando muy mal por la situación de su marido, por el asedio de la exmujer y de los hijos mayores del anterior matrimonio, que están pendientes de si él muere para cobrar la herencia y destruirla a ella. Ella nunca llega a compartir de verdad esas inquietudes, pero es lo que le come por dentro.

Y el resto, igual. Quedan para divertirse, para evadirse, hablan de muchas cosas, se lo pasan bien, se permiten muchas licencias, pero lo que no se permiten es hablar de lo real, de lo que les preocupa. Quizá la única que lo hace es Betty, porque está accediendo a ese nivel y sí cuenta cómo está montando su negocio y lo que le ocurre con su marido a raíz de ello.

Verónica Sanz, en la sede de Artículo 14
Verónica Sanz, en la sede de Artículo 14
Javier Cuadrado

Sé que te encanta la novela negra. Me interesan tus gustos lectores: ¿qué lees?, ¿qué autores o autoras te han acompañado o inspirado a la hora de escribir esta novela?

Leo mucho, y tengo la suerte de que me encanta leer. Como a todo el mundo, supongo, hay etapas en las que una consigue leer más, cuando tiene un poco más de tiempo. Últimamente, como ya he cerrado mi novela, estoy leyendo más y muy contenta. Estoy leyendo muchos libros pendientes de amigos.

Me gusta la novela negra. Un autor que me gusta mucho es Carlos Augusto Casas, que además fue compañero mío y ha sido una gran inspiración a la hora de lanzarme a escribir. Está claro que yo no soy capaz de hacer la negra que él hace, porque lo suyo es una salvajada maravillosa. También me encantan Javier Cercas y Almudena Grandes, que ha sido una gran inspiración. Me ha gustado mucho Fernando Aramburu: cómo construye las historias es un prodigio. Y recuerdo que con quince años Crimen y castigo, de Dostoievski, me pareció increíble. Esos personajes tan oscuros, con tanta vida interior, me impresionaron mucho.

No hay mucho romanticismo en lo que leo, la verdad. El género romántico no lo trabajo. Pero sí me interesa ese otro territorio que mi agente llama domestic noir. Ahí me gustan bastante Liane Moriarty, autora de Pequeñas mentirosas y El secreto de mi marido, con protagonistas femeninas y una maraña de secretos, y también Claudia Piñeiro, a la que he leído varias novelas en esa línea. Y, por supuesto, Borges. El Aleph, sus relatos cortos…

Para terminar: si tuvieras que invitar a alguien a entrar en Gente bien, ¿qué le dirías? ¿Qué va a encontrar en esta novela?

Lo primero que le diría, y creo que es lo más importante, es que se va a divertir. Todo el mundo me dice que se queda enganchado desde el principio y que, además, va viendo cómo la novela se vuelve cada vez más oscura, más tenebrosa, más sórdida. Se entretienen mucho, y eso me parece fundamental. Tú estás robándole tiempo a una persona que ha decidido leer tu novela; por lo menos, que se lleve un tiempo divertido.

Y también creo que puedo decirle que no le va a dejar indiferente, que le va a hacer pensar en algunas cosas, sin juicios, porque yo no quiero poner ningún juicio en el texto. Quiero que sea el lector o la lectora quien los haga. Pero sí creo que en algún momento va a pensar qué hubiera hecho en una situación similar. Así que, sobre todo, pondría por delante el entretenimiento: se va a quedar enganchado, creo que se va a reír, se va a sorprender, se va a incomodar en algún momento, pero merece la pena.

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