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‘Viajeras bostonianas’, el diario de Anna Parker con sus amigas artistas por la España del XIX

'Viajeras bostonianas' recupera por primera vez en español el cuaderno de viaje de la pintora Anna Parker Dixwell, que junto a cuatro amigas desafió las normas de su época para recorrer España con una mirada libre, artística y alejada del orientalismo que dominaba la literatura de viajes

Portada de 'Viajeras bostonianas' de Anna Parker Dixwell
Portada de 'Viajeras bostonianas' de Anna Parker Dixwell

Durante décadas, la historia de los grandes viajeros extranjeros que recorrieron la España del siglo XIX ha estado protagonizada casi exclusivamente por nombres masculinos como Richard Ford o Washington Irving. Sus relatos contribuyeron a construir una imagen romántica y, en muchos casos, exótica del país. Sin embargo, mientras ellos escribían sobre bandoleros, patios andaluces o leyendas moriscas, un grupo de cinco artistas estadounidenses emprendía un viaje muy distinto: el de unas mujeres que recorrieron España solas, compartiendo amistad, trabajo y una manera de observar el mundo que cuestionaba tanto los prejuicios de su tiempo como los estereotipos con los que muchos viajeros describían el país.

Ese testimonio llega ahora por primera vez al lector español gracias a Viajeras bostonianas (Siruela), la edición del diario de la pintora Anna Parker Dixwell (Boston, 1847-París, 1885), recuperado, traducido y anotado por Cristina Morales Segura y Cristina Doménech Romero. El volumen reúne las anotaciones que la artista escribió durante los dos viajes que realizó por España en 1880 y 1881 junto a otras cuatro creadoras estadounidenses: la pintora Anna Cabot Putnam, la artista y escritora Madeline Yale Wynne, la pintora Elizabeth Lyman y Lucy M. Washburn.

Lejos de limitarse a un cuaderno de viaje, el libro constituye un documento excepcional sobre la experiencia de unas mujeres que hicieron de Europa el espacio donde desarrollar su independencia personal y artística. Tal y como recuerdan las editoras en el prólogo, Parker Dixwell encontró en el continente “el lugar perfecto donde colmar los deseos de independencia y de autoafirmación de su personalidad y de su trabajo como artista”.

Cesteras de Pocumtuck en el porche de la casa de Madeline Yale Wynne y Annie Putnam, 1901
Cesteras de Pocumtuck en el porche de la casa de Madeline Yale Wynne y Annie Putnam, 1901

Las cinco amigas recorrieron buena parte de la geografía española. Visitaron Gibraltar, Sevilla, Granada, Córdoba, Málaga, Barcelona, Tarragona, Valencia, Alicante, Burgos, Madrid, El Escorial y muchas otras ciudades, siempre movidas por el interés artístico y cultural más que por la búsqueda del exotismo que caracterizaba a buena parte de la literatura de viajes de la época.

Su paso por Madrid ocupa algunas de las páginas más ricas del diario. Las viajeras dedicaron largas jornadas al Museo del Prado, donde copiaron obras de Velázquez y otros maestros —el volumen reproduce incluso algunos de esos dibujos—, asistieron a representaciones de Don Juan Tenorio en el Teatro Español y de Rigoletto en el Teatro Real, participaron en tertulias y mantuvieron contacto con intelectuales como Hermenegildo Giner de los Ríos. Pero también pasearon por mercados, plazas y parques, observando la vida cotidiana con la misma atención que prestaban a las grandes obras de arte.

El diario ofrece así una mirada muy diferente a la habitual en el siglo XIX. Las editoras subrayan que Dixwell y sus compañeras “no solo desafían las expectativas culturales de género de la época al viajar solas por Europa, sino que también cuestionan con su mirada sincera e inquisitiva los consabidos moldes de la visión orientalista de los viajeros extranjeros hacia la España del momento”. Frente al tono paternalista o folclórico que predominaba en muchos relatos contemporáneos, ellas describen el país desde la curiosidad, la empatía y el respeto.

Esa ruptura con los convencionalismos también atraviesa sus propias vidas. Las cinco artistas construyeron una intensa relación de amistad y complicidad que hoy podría leerse en clave de sororidad. Además, Annie Putnam y Madeline Yale Wynne mantuvieron una relación sentimental estable en un contexto en el que la alta sociedad estadounidense toleraba determinadas formas de convivencia entre mujeres siempre que permanecieran dentro de ciertos códigos sociales, una realidad que las editoras contextualizan en la introducción.

Madeline Yale Wynne
Madeline Yale Wynne

Uno de los episodios más llamativos del diario tiene lugar durante su estancia en Gibraltar. Allí, Anna Parker Dixwell no solo ironiza sobre la actitud de los británicos residentes en la colonia, sino que desarrolla una crítica abierta al colonialismo británico y cuestiona la presencia extranjera en territorio español. Se trata de una posición poco frecuente entre los viajeros anglosajones del momento y que refuerza el carácter singular de su relato.

Más de un siglo después, Viajeras bostonianas no solo recupera la figura de una artista prácticamente olvidada, sino también la de un grupo de mujeres que hicieron del viaje una forma de conocimiento y de emancipación. Su diario desmonta muchos de los lugares comunes con los que tradicionalmente se ha descrito la España del XIX y demuestra que también existieron otras viajeras, otras miradas y otra manera de contar el mundo.

Entre las páginas del cuaderno sobresalen escenas de una enorme delicadeza. El 19 de mayo, durante una jornada en Madrid, Parker Dixwell escribe:

“Visitamos la galería, sin duda la más hermosa que conozco. Por la tarde, Lizzie y yo nos dirigimos al Paseo del Prado y alquilamos un par de sillas en el concurrido parque para contemplar la animación de España. Por un lado, bellas muchachas paseaban con sus mamás; por otro vimos a alegres galanes. Al volver más tarde los encontramos a todos reunidos sentados charlando muy alegremente. Regresamos a la galería a trabajar en el pequeño paisaje de Velázquez que tanto admiro”.

No es la descripción de un país exótico ni la de un territorio pintoresco. Es la mirada de una artista que observa una ciudad desde la misma cercanía con la que contempla un cuadro: con curiosidad, atención y el deseo de comprender antes que de juzgar.

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