En una partitura militar caben más batallas que en un parte de operaciones. No son solo notas; son códigos emocionales. Ahí está el estruendo de la batalla, el pulso de la marcha, el temblor previo al combate, la victoria que estalla y la ausencia que queda después. Cada obra concentra un estado de ánimo colectivo donde un solo acorde basta para que un soldado recuerde dónde estaba, para que un veterano reconozca un gesto, para que un civil entienda, sin palabras, lo que significa servir.
La música militar no describe, convoca. Y en ese lenguaje, grave y profundo, el fagot de la sargento primero Lidia Alea Fernández añade un color que antes no existía.
Durante décadas, en la Unidad de Música del Regimiento Inmemorial del Rey -la más antigua del Ejército de Tierra– el sonido grave del fagot nunca había tenido manos de mujer. Nadie se había presentado hasta que llegó ella.

La sargento descubrió la música antes que cualquier vocación militar. “Mi primera relación con la música fue cantando en el coro del colegio”, recuerda. Tenía diez años cuando vio por primera vez un fagot. No sabía nada de su historia ni de su rareza en las bandas militares, solo sintió un flechazo. “Quería un instrumento de viento y de sonidos graves. Vi el fagot y dije: este es para mí”, confiesa a Artículo 14.
Tocar el sonido del fondo de la tierra
El fagot es un instrumento extraño solo para quien no lo ha escuchado de cerca. Grande, de madera, desmontable, con un sonido grave que parece salir del fondo de la tierra. No busca protagonismo, sostiene. Da cuerpo, da sombra, da profundidad. Es el color oscuro que hace que todo lo demás tenga sentido. No está en todas las bandas militares; solo en las más grandes, donde su presencia cambia la textura del conjunto. Lidia lo eligió con diez años, sin saber que ese instrumento reservado a unos pocos acabaría siendo su voz.
Un gesto en la infancia que acabó abriéndole una puerta que llevaba décadas cerrada. Primero sería la música y después el paso al frente a la vida y música militar.

Los conciertos de Vivaldi
Si el fagot tiene un héroe en la historia de la música, es Vivaldi. No porque lo tocara, sino porque lo convirtió en protagonista cuando nadie más lo hacía. El compositor veneciano escribió más de treinta conciertos para fagot -una cifra insólita para la época- que hoy son el corazón del repertorio del instrumento. “A mí me encanta tocar los conciertos de Vivaldi; todo lo que interpreto de él me gusta”, dice. Ese vínculo con un repertorio tan exigente explica también la profundidad con la que ella entiende este instrumento.
No es casual que un instrumento grave, capaz de sostener el peso emocional de una obra, haya encontrado su lugar en la banda más antigua del Ejército. El fagot y Lidia sostienen así una tradición.
Catorce años de estudio para un minuto de audición
Ser músico no es una decisión, es una resistencia. “Son muchos años, muchas horas de estudio y muchos sacrificios”, dice. Catorce cursos de conservatorio, un instrumento que pesa cuatro kilos y una disciplina diaria comparable a la de un deportista.

Cuando estudiaba el grado superior, descubrió que algunos compañeros eran músicos militares y ahí nació la posibilidad. “No voy a cerrar puertas”, pensó. Y se presentó. El proceso selectivo fue una carrera de fondo: dos meses de pruebas, un año de academias militares, tres centros distintos -Talarn, León, San Fernando- y después la Academia Central de la Defensa para la formación específica. “Unas oposiciones no siempre las gana el mejor, sino el que mejor oposita”, resume.
Cuando por fin llegó a su destino, ya había pasado más de un año desde que obtuvo la plaza.
Antes de entrar en las Fuerzas Armadas, la sargento Aldea dedicó años a enseñar música a niños. Les instruía en cómo respirar, a escucharse, a esperar al de al lado, a no dejar a nadie atrás. Sin saberlo, estaba entrenando la misma lógica que después encontraría en la vida militar. Sin embargo, “en la vida civil no encontré nunca un compañerismo como el de aquí”, en la milicia. En el Inmemorial descubrió algo que no había visto en ningún conservatorio ni en ninguna escuela: la certeza de que nadie avanza solo. Que si uno falla, el conjunto se resiente; y si uno mejora, mejora toda la unidad. Ese sentido de apoyo mutuo es lo que ella define como la mayor diferencia entre la música civil y la música militar.
El Inmemorial
El Regimiento Inmemorial del Rey nº 1 no es una unidad cualquiera: es la formación más antigua del Ejército de Tierra, heredera directa de las compañías reales del siglo XVI. Su Unidad de Música es, por tanto, algo más que una banda, es el archivo sonoro de todo un país.
Acompaña honores, ceremonias, recepciones oficiales y actos donde la historia se representa en forma de sonido. Cada uniforme, cada marcha, cada compás tiene detrás siglos de tradición.

Y es ahí, en ese escenario solemne y simbólico, donde el instrumento de Lidia adquiere un peso inesperado. Son 62 músicos, repertorios cambiantes, ensayos diarios y la obligación de estar listos para cualquier acto, incluso con un día de antelación. “Tenemos de todo menos rutina”, dice Lidia.
Su día empieza con un ensayo conjunto, sigue con otro, y termina con estudio individual o deporte. Porque en la música militar la disciplina es doble: la del músico y la del soldado. “Somos como deportistas: si un día no entrenas, lo notas”.
En su unidad son siete mujeres. Una minoría que, aun así, convierte al Inmemorial en una de las bandas con mayor presencia femenina.
La música como puente entre dos mundos
La sargento primero Lidia Alea sabe que “la sociedad desconoce el trabajo de los músicos militares… mucha gente piensa que solo desfilamos”. Pero su labor es otra: rendir honores, acompañar ceremonias, representar a las Fuerzas Armadas y, sobre todo, emocionar.
Los conciertos en ciudades sin presencia militar son sus favoritos. “El público queda muy sorprendido. Es una manera de hacer cultura de defensa”.
Ahí, en esos auditorios donde nadie espera ver un uniforme, la música militar se convierte en un puente.

Pionera
Lidia no se considera una heroína ni una revolucionaria, pero es la primera mujer fagotista en el Inmemorial. Pertenece a una generación que está cambiando el paisaje sonoro -y visual- de las Fuerzas Armadas. Y lo hace desde la naturalidad: “En el día a día no hay diferencias. Tienes que tocar tu instrumento, igual que todos”.
Su sueño de niña era vivir en el campo rodeada de animales. Hoy vive rodeada de partituras, marchas, zarzuelas y honores militares. Y asegura que es feliz. “Espero seguir en esta unidad muchos años”.
“Ojalá más mujeres se animen a presentarse; hay sitio para todas”, dice. No lo dice como consigna, sino desde la experiencia de quien sabe lo que cuesta llegar y lo que ayuda tener a alguien delante que ya ha abierto una puerta. Advierte de que la música militar es también un lugar donde las mujeres pueden crecer porque “si yo he podido, ellas también pueden”, resume. Su presencia al fagot no es solo un logro personal, es una invitación.
En un mundo donde cada compás guarda memoria, el sonido de Lidia ya forma parte de la historia del Inmemorial. Un color nuevo en una tradición de siglos donde “las Corsarias”, ese seguirá interpretando con su sonido grave.

