Detrás del desfile de las Fuerzas Armadas: así cuida la capitán veterinaria de la Guardia Real a 180 caballos y 50 perros

Asegura que conoce a todos los animales "perfectamente". "Sabemos sus puntos débiles y lo que puede indicar que algo no va bien"

La capitán veterinaria de la Guardia Real, María
La capitán veterinaria de la Guardia Real, Maite Álvarez Fabián.
Guardia Real

En el cuartel de La Reina, en El Pardo, el día amanece entre resoplidos y relinchos. El heno cruje bajo las pezuñas, una herradura golpea el suelo con un tintineo metálico y el aliento de los caballos se mezcla con el aire de la mañana. Entre esos sonidos cotidianos, que para cualquiera serían apenas el ruido de fondo de una cuadra, la capitán veterinaria de la Guardia Real, María Teresa Álvarez Fabián, detecta señales, estados de ánimo y posibles alertas. Y así, recorre los boxes, con la rutina de quien lleva años leyendo a los animales casi sin mirarlos. No necesita comprobar nombres porque distingue a cada caballo por cómo se mueve, por la forma en que respira o por un gesto leve. “Los conocemos a todos perfectamente. Sabemos sus puntos débiles y lo que puede indicar que algo no va bien”, explica.

 

La capitán veterinaria de la Guardia Real con uno de los caballos.
Guardia Real

Su trabajo no se limita a estas cuadras: ella y su equipo son los veterinarios que sostienen a todos los animales de la Guardia Real: Los caballos de la Sección Hipomóvil que tiran de los cañones Schneider en los actos oficiales; los perros de defensa, ataque y rastreo de la Sección de Guías y Perros; los caballos del Escuadrón de Escolta Real que acompañan a la Familia Real en los actos solemnes. Decenas de animales que cada día entrenan, desfilan y trabajan junto a los militares, dependen de ellos y de sus cuidados. “No hay ningún otro tipo de animal pero si lo hubiera, también nos haríamos cargo de él”, precisa la capitán veterinaria.

La primera revisión del día marca el tono de una unidad que funciona sin interrupción. En la Guardia Real, cuatro veterinarios cubren el servicio las 24 horas, los 365 días del año. El que está de guardia revisa a los animales que están en seguimiento por alguna lesión o patología, realiza curas y pruebas diagnósticas -radiografías, ecografías, analíticas- y decide si pueden continuar con su trabajo o necesitan descanso. El resto del equipo sostiene el andamiaje invisible: control de plagas, inspecciones de Seguridad Alimentaria, vigilancia de legionella en instalaciones de riesgo. El trabajo silencioso que permite que, cuando España mira al desfile, todo funcione con precisión quirúrgica.

 

Cada semana, uno de ellos está de guardia y pasa reconocimiento a los animales que están en seguimiento por alguna lesión, patología o dolencia derivada del trabajo diario. Radiografías, ecografías, analíticas, curas, fisioterapia. Lo que haga falta hasta que vuelvan a estar operativos.

La costumbre como escudo

En el Día de las Fuerzas Armadas, mientras miles de personas se agolpan en las aceras y las cámaras enfocan el paso firme de los escuadrones, la capitán Álvarez Fabián no desfila. Ella está en los márgenes, en los puntos estratégicos, siguiendo de cerca a los 180 caballos y 50 perros que participan en los actos. Su misión es clara: que ninguno sufra, que ninguno se descompense, que todos puedan cumplir su cometido sin riesgo.

“Los animales notan el ambiente especial”, reconoce. “Los caballos, sobre todo. Son herbívoros, animales de presa, y los cambios de clima, el ruido, la multitud… les afectan más”. Por eso entrenan a diario situaciones que simulan el desfile: música, motores, aplausos, movimientos bruscos. La costumbre como escudo.

Capitan veterinaria de la Guardia Real con uno de los caballos que desfilarán el Día de las Fuerzas Armadas.

Aun así, hay un instante que cada año exige un pulso firme: el relevo entre la sección de motos y el Escuadrón de Escolta Real. El rugido de los motores, la gente que grita y aplaude al paso del Rey, la cápsula de seguridad que se forma alrededor de los vehículos oficiales. “Es el momento más crítico”, admite. “Los caballos se ponen más nerviosos. Pero están muy entrenados y se realiza con la máxima seguridad”.

Si algo falla, el protocolo es inmediato: evacuar al animal a una zona segura y atenderlo sin demora.

Patologías que marcan el ritmo

Los caballos y los perros de la Guardia Real comparten una vida de trabajo exigente, y sus patologías reflejan ese ritmo. En los equinos, lo más habitual son las cojeras, los problemas de cascos, las tendinitis y las lesiones musculares derivadas del entrenamiento y de las largas horas de servicio; también aparecen problemas digestivos como cólicos, alteraciones respiratorias y pequeñas heridas por rozaduras de monturas o arneses. “Los caballos son mucho más delicados, son animales menos manejables y más peligrosos a la hora de tratar por su tamaño y fuerza”. 

En los perros, las consultas más frecuentes son las lesiones articulares -especialmente en los de defensa y ataque-, las patologías cutáneas, las otitis, los problemas digestivos y las afecciones derivadas del trabajo olfativo intensivo, como irritaciones nasales o alergias ambientales. 

Son dolencias comunes en unidades operativas, pero aquí se vigilan con una gran precisión, porque cualquier mínimo cambio puede alterar el rendimiento de un animal que forma parte del ceremonial y la seguridad del Estado.

 

Imagen de un militar ajustando la herradura a un caballo de la Guardia Real.
Guardia Real

El vínculo que sostiene todo

La capitán habla de los jinetes y de los guías caninos con un respeto que se contagia. “La relación es muy estrecha”, dice. “Ellos son el primer escalón. Conocen a sus animales mejor que nadie y nos avisan ante cualquier mínima alteración“. Es un triángulo perfecto: jinete, animal, veterinario. Cada uno sostiene al otro.

Cuando se le pregunta si tiene un animal favorito, no duda: “Para mí todos son igual de importantes. A cada uno le tengo un cariño especial”, subraya la capitán.

Un año para convertir a un potro en un caballo de desfile

Los caballos llegan a la Guardia Real con tres años, potros cerriles que aún no han sido domados. Desde cero, los jinetes los preparan para montar, para desfilar, para escoltar. “Es un proceso muy largo y riguroso”, explica. “Depende del temperamento del animal y del jinete, pero una media razonable son doce meses de trabajo constante”.

Después del desfile, la rutina es casi un ritual: hidratación, ducha, limpieza, exploración física completa, alimentación y descanso. “La recuperación es tan importante como el entrenamiento”, afirma.

La vocación que unió dos pasiones

Cuando habla de su profesión, la capitán Álvarez Fabián asegura que “es vocacional al cien por cien”. Desde pequeña quiso ser veterinaria. Y desde pequeña vivió el amor al Ejército y a España. “Estoy cumpliendo un sueño: unir mis dos pasiones, los animales y el servicio militar. Y hacerlo en la Guardia Real, que es una unidad muy especial”.

Quizá por eso, cuando el país contiene el aliento ante el paso de los escuadrones, ella está en otro lugar: observando un tendón, escuchando una respiración, calmando un caballo que se inquieta ante el ruido de una moto. Su desfile es otro. Su misión también.

La de proteger a quienes, sin pronunciar una palabra, sostienen parte del ceremonial más antiguo y más visible de España.

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