Opinión

Francia, Barcelona y la Historia haciéndose un selfi

BARCELONA (ESPAÑA), 25/10/2026.- Los disturbios provocados anoche en Barcelona han causado daños en el mobiliario urbano por valor de unos 36.000 euros, han informado a EFE fuentes municipales, que han precisado que esta mañana ha reabierto la estación de Metro de plaza de Cataluña y que las líneas de autobús recuperan progresivamente su frecuencia de paso por la zona. EFE/ Quique García
Los disturbios provocados en Barcelona han causado daños en el mobiliario urbano por valor de unos 36.000 euros. EFE/ Quique García
Actualizado: h

De los altercados en Francia hemos visto muchas cosas, casi todas iluminadas por el fuego, que como todo el mundo sabe sirve tanto para devorar a un mártir como para calentar una cena navideña, cuando no para reducir a cenizas la fachada de una civilización. Hemos visto arder la cúpula del Ayuntamiento de Limoges y a dos paisanos beberse un vino en una terraza, conversando tranquilamente sobre cualquier desgracia personal, yo qué sé, el miedo a que un día experimentemos el fascismo, mientras a sus espaldas crepitaban los contenedores. Hemos visto a parisinos indefensos tratando de proteger sus tiendas de las hordas y a una runner atravesar el apocalipsis como quien atraviesa una carrera de obstáculos de un programa de televisión, sin acelerar ni reducir un segundo el ritmo, así de entrenada debe tenerla la ciudad.

La estampa de contrastes ha sido tan llamativa, la escenificación de la revolución tan alambicada, destructiva y estética, que no sorprende que su chispa haya venido a prender, de todos los lugares de España, en Barcelona. La ciudad que, cuando la sentencia del Procés, soltó a sus cachorros para que pudiesen lanzar adoquines de ocho a ocho, porque a las nueve tenían que cenar, es quizá, a fuerza de proponérselo, la capital de nuestra región más afrancesada. Y así como hace siglo y medio pudimos beber champagne gracias a ellos, bebiendo cava, hoy podemos, arrastrados por su manada juvenil, entender el fenómeno Marine Le Pen observando directamente a Sílvia Orriols.

Claro que eso no quiere decir que el resto de plazas españolas estén vacunadas de afrancesamiento. Aquí en Madrid también hay sitios en los que la historia parece estar haciéndose un selfi. Lugares en los que los episodios, más que acontecer orgánicamente, y después ser traspasados a los libros de texto, parecen acudir primero a leerlos, no vaya a ser que después no ocurran con la pose exacta con la que interpretamos que ocurrieron los sucesos de ayer.

Uno acude a Sol y, entre tiendas de campaña semiabandonadas y el fantasma de las asambleas ciudadanas pasadas todavía encadenado allí —no hay permiso para que lo marchen—, puede contemplar el cadáver de lo que fuimos hace quince años, se me ocurre. Basta abrir un periódico para leer al presidente del Gobierno, candidato en las elecciones inminentes, explicarnos que si ganan “los otros” retrocederemos todavía más: ¿qué tal 50 años? Después se pone a posar delante del Guernica, como proponiéndonos retroceder 89. Y la ironía está en que sería suficiente hacerlo un mes para recordar su último asalto a la arquitectura de nuestra democracia.

Se acumula así una sensación como de escaparate, como de mercado de hitos y de épocas, como de catálogo de hogar para viajeros en el tiempo. Regresan las revoluciones como regresan las modas —¿de qué convulsión social histórica le apetece formar parte hoy?—, y la receta para surfearlas nos las ofrecen nuestros políticos en frascos que recuerdan a los que debían venderse también entonces, sólo que con líneas más depuradas, supongo que para evitar heridas engorrosas si la gente, harta al fin, decidiese lanzárselos de vuelta a la cabeza.

TAGS DE ESTA NOTICIA