Hubo un tiempo – no tan lejano aún – en el que, cuando los medios hablaban de algo juvenil, yo notaba la impostura. No tenían ni idea. Se dejaban llevar (posiblemente a sabiendas) por el sensacionalismo, por lo inmediato.
Juegos de rol, manga, Forocoches, heavy metal, gore, la Deep Web… todo lo mezclaban, lo confundían. Si el mundo fuera como ellos lo pintaban, sería todo mucho más divertido. Recuerdo cómo Alchemy (una tienda de bisutería para siniestros) fue tildada de “tienda de satanismo” (sic), o cómo el manga era la antesala de la violencia y la psicopatía (no como el fútbol, donde no importa cuántos altercados tengan lugar, nunca será considerada un foco de violencia), siendo los otakus los seres más pacíficos de este planeta.
Hubo un tiempo en el que me enteraba de estas cosas. Y un día, de repente, ya no sabía lo que estaba pasando. Veía la pantalla sin entender nada de lo que sucedía. Los hijos de los amigos comenzaron a hacer cosas inexplicables en sus redes sociales (que ya no eran Instagram o Facebook), me llamaron “señora”, y de repente estaba mejor en casa con amigos que en esos bares llenos de veinteañeros solteros y cuarentones divorciados. Si te quedas con los Niños Perdidos, tarde o temprano parecerás un pederasta. Hui a mi rango de edad. Y hace unas semanas le pregunté a un alumno si ellos aún decían “choza”. No les entiendo y, a pesar de todo, son iguales que nosotros, y nosotros éramos iguales que los anteriores. Por eso existen los clásicos, porque casi todas las experiencias nos sobrevienen a todos los humanos sin importar nuestra época y contexto.
El sábado cometí el error de mirar el móvil mientras iba al baño en mitad de una película. Barcelona estaba en llamas, como París. Otro estallido de violencia antes de darle otra vuelta de tuerca a la normalidad. Como todo el mundo, me pregunto quién está detrás, y me planteo eso del cui prodest de los disturbios. Tildarles de “extrema izquierda” es de un cerril absurdo; el alborotador de izquierdas es extremadamente idealista y considera que el fin está por encima de los medios. Tampoco eran de extrema derecha porque, seamos honestos, aunque hubiera habido un solo joven magrebí en el grupo ya sería forzar demasiado la ideología. De extremo centro tampoco. Eso lo será Semper.
¿Quiénes son estos chicos? Según los medios salen de algo llamado Blocus. Cuando explican Blocus me quedan muchas dudas. Soy una habitual de los agujeros de conejo de las redes sociales, pero aquí me faltan datos. A priori parecen los tipos grupúsculos radicales en los que uno se mete saltando de link en link, y yo no soy el perfil. Además, en esos grupos de Telegram no se entra así como así.
Quien esté detrás tiene un objetivo político claro, y nosotros estamos demasiado cerca del cuadro como para poder entender la figura. Quien esté agitando este avispero entiende a los jóvenes mejor que todos nosotros. No solo entiende sus frustraciones; también entiende las motivaciones primitivas, animales, que hacen que el hombre (aquí como sinónimo de “humano”) se convierta en masa. Y la masa es mucho más manejable que el individuo.
Me debato ahora entre dos cuentos (relatos cortos) distintos para entenderlo.
Uno es de Ray Bradbury, y el otro es de Graham Green. Dos años separan ambas narraciones. Las dos tratan del mundo tras la quema. En las dos, los chicos lo destruyen todo a su paso, como es consuetudinario en la adolescencia e incluso en la infancia. Ya saben: estos chicos que ven una rama de árbol y la arrancan, la deshojan, golpean alrededor, y luego la tiran. La destrucción por la destrucción. Como los niños de Pinocho, los críos van a un lugar en el que no hay más norma que la iconoclastia más literal, y allí experimentan las formas más primarias del placer hasta quedar convertidos (literalmente) en burros. La violencia cambia a quien la ejerce. En una se destruyen obras de arte, y en otra destruyen la casa de un anciano. En una, un chico salva la sonrisa de la Mona Lisa. En la otra, un adulto admite que es divertido. En uno la humanidad se salva, y en el otro no tiene demasiada esperanza. Me gusta más el primer cuento pero, siendo sincera, creo que el segundo se asemeja más a lo que sea que hay detrás de tanta llamada a la violencia.

