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Jazmín Garibaldi, cuando la mente de una chica de 17 años colapsa y le obliga a dejar el baloncesto de élite

“Llegó un momento en que no podía ver un partido ni por televisión”, admite la jugadora panameña

Jazmín Garibaldi.
Jazmín Garibaldi.

“Estaba tan estresada que colapsé en un entrenamiento por un fallo tonto, y a partir de entonces, se me fue quitando la ilusión de seguir con el baloncesto”. La historia de Jazmín Garibaldi (Estados Unidos, 2003) es más común entre los jóvenes de lo que la gente cree. La adolescencia es una etapa de la vida en la que una chica de 17 años tiene que tomar decisiones que resultan aún más costosas cuando la familia se encuentra a miles de kilómetros de distancia. La vida le sonreía. Sin embargo, su sonrisa era muchas veces forzada para disimular su estado de ánimo real. “Es que todo se me hizo bola”, arguye.

Había conseguido hacer un grupo de amigas en Málaga, se le daba bien el baloncesto y solo le faltaba deshojar la margarita de qué carrera estudiar en la universidad. De la noche a la mañana su mente se bloqueó. A partir de entonces ya nada fue como antes. Son situaciones difíciles de explicar si alguien no las ha vivido antes en sus propias carnes.

Jazmín Garibaldi nació en el estado de Luisiana, aunque se crio en Panamá, el país de donde era originaria toda su familia. De pequeña no quiso seguir los consejos de su madre. “A ver si conseguimos tener en casa otra Serena Williams”, le solía decir para que lo intentara con el tenis. No hubo manera. “No me gustó para nada aquella experiencia con la raqueta”, recuerda. Durante unos años estuvo jugando la liga escolar de baloncesto con Crossroads Christian  Academy, un centro privado y católico de la capital de bastante prestigio. Más tarde se enroló en la Jumpshoot Basketball Academy, una de las dos academias de baloncesto que había en la capital. Los martes y jueves por la tarde los dedicaba al baloncesto. Los sábados entrenaba o disputaba un partido. Hacía lo que le gustaba. Nada ni nadie le hacía sentirse presionada.

Sus inicios en España

Llegó a España con 15 años. Su idea inicial era participar en uno de esos campamentos de tecnificación que organizan algunos equipos los meses de verano. Para entonces, ya llevaba dos años disputando partidos internacionales con las selecciones inferiores de su país.

En su caso, se desplazó hasta Sevilla, donde fue acogida por el Betis. El club vio potencial en ella y, aun así, le aconsejó que buscara otro conjunto en Andalucía porque ellos no tenían equipo femenino. “Me llamaron del Unicaja para hacer una prueba, me dijeron que era un diamante en bruto que estaba por pulir, y eso fue lo que me convenció”, espeta.

Regresó con la buena nueva a Panamá y explicó a sus padres el proyecto. Nadie fue capaz de retenerla allí. “Lo veían todo con un poco con miedo, pero al comprobar el hambre que tenia por jugar y las ganas por desarrollarme en el baloncesto tuvieron que ceder porque sabían que en Panamá no iba a crecer”. Dicho y hecho. En octubre de 2018 su madre y ella se plantaron en Málaga. Todo sucedió de una forma bastante rápida. Su madre le acompañó hasta la puerta de las instalaciones del club, le dieron la equipación, “y me dijeron que tenía que ponerme a entrenar por lo que casi no me dieron tiempo ni a despedirme de ella”.

Acudía al pabellón deportivo  cinco días a la semana durante tres horas. En el plano deportivo todo iba sobre ruedas. El primer año ganó en Huelva con la selección andaluza de cadetes el campeonato de España de selecciones autonómicas. Tenía como compañera a Marta Morales, la jugadora que acaba de conquistar el bronce en el último Campeonato del Mundo. Ya se podía intuir por sus números que la granadina iba a ser una auténtica figura, ya que en aquella final contra Cataluña obtuvo 31 puntos y capturó 13 rebotes. Vivía en la residencia María Inmaculada con unas monjas “que me ayudaron a crecer” y de lunes a viernes acudía a diario al colegio Salesianos.

Querer escapar

Los estudios los llevaba “bastante bien” con el hándicap de que en Panamá “todas las clases eran en inglés. salvo la de español”.  El cambio, según afirma, fue “un poco brusco”. Y es que tampoco entendía muy bien cómo se puntuaban las notas en España. Además, las clases de matemáticas se le hacían bastante cuesta arriba porque siempre pensaba en inglés.

En su tercer y último año en Unicaja la cosa se torció pese a que solo recibía halagos por su juego. “Un día me comentan durante un entrenamiento que había un equipo interesado en mí y yo seguí tan contenta con mi trabajo sin hacer mucho caso a lo que me acababan de decir”. Ya por entonces, al concluir cada sesión, se repetía en voz baja: “se han acabado las tres horas de estrés”. Comenzó a darse cuenta de que, en vez de disfrutar, “solo quería escapar de allí cuanto antes”. Como ella misma dice: “todo se me hizo bola”. Ese desánimo se juntó con la ansiedad por obtener una buena nota en la EBAU. Y eso que no se había decantado aun por la carrera que quería estudiar. Dudaba entre ser médico o fisio. “Muchas chicas ya tienen claro en primero de Bachillerato lo que van a hacer y lo que necesitan para conseguirlo, y en mi caso, además, se juntó que no sabía si iba a seguir en el equipo, si iba a fichar por otro o si lo iba a dejar”, explica.

La panameña, que siempre ha tenido claro que su “prioridad” eran los estudios”, sintió poco a poco que el mundo se le venía encima. “Colapsé”, asegura. En realidad, fue un ataque de pánico. Veía todo borroso. “Ya fue cuando el club me preguntó qué me pasaba si estaba jugando bien y aparentemente no me sucedía nada”. A pesar de todo, siguió con sus cinco entrenamientos semanales “sabiendo que tenía que parar cuando me ponía super exaltada y empezaba a verlo todo borroso”. Ella achaca esa situación ahora a que jamás se percató del estrés que estuvo acumulando aquellos tres años. Regresar a casa nunca fue una opción. “Puse todo en una balanza y comprobé que tuve muchos momentos malos, pero también muchos buenos, así que opté por esperar a volver a Panamá en verano de cara a tomar una decisión que fuera definitiva”, añade.

Tras ser examinada por una especialista, se dio cuenta de que tenía que resetear “y de que ya nada iba a ser igual”. Su estado físico lo define “como si fuera algo que me estuviera apretando el pecho cada dos por tres”.  Mientras, la procesión iba por dentro. Sus compañeras de equipo desconocían por completo lo que le ocurría. “Cuando terminamos el último partido del campeonato todas saltábamos muy emocionadas cuando en realidad, yo solo pensaba, ¡venga, que me quiero ir!”. No le importaba ganar o perder, solo le rondaba por su cabeza la idea de colgar las botas. “Llegó un momento en que no quería ver baloncesto ni por la tele”, afirma sin ambages.

Abandonar el baloncesto

Tras reflexionar con su familia, decidió abandonar la práctica del baloncesto. “Quiero pensar que el nivel de exigencia es mayor para las chicas que vienen de fuera porque están invirtiendo en ti, y entiendo esa presión viéndolo de fuera, pero a los 15 años uno no lo ve así, sino que ve a personas que son súper pesadas conmigo y no me dejan ni respirar”.

La propia Jazmín admite que aquella situación le sobrepasó. “No me despedí muy bien de allí; es que lo único que quería era salir”. De vuelta España se matriculó en la universidad Alfonso X El Sabio para cursar medicina. Había guardado el baloncesto en el baúl de los recuerdos. “Cuando me ocurrió todo esto no era capaz de recapacitar”. Se le había metido en la cabeza que, aunque hiciera todo lo posible, “no iba a ser suficiente”. Por eso, apenas dudó a la hora de afrontar una decisión tan drástica. “Me dije que ya no quería luchar más”. sentencia. El pánico que sentía al errar un tiro le sobrepasaba. “Ya no veía el juego como algo que quería o amaba”, precisa.

“Me dije que ya no quería luchar más”

Cuando comenzó sus estudios universitarios quiso comprobar por sí misma si su problema era que no daba el nivel físico “o era directamente el baloncesto”. El rugby fue el motor del cambio. Se cruzó en su vida y sus dudas quedaron resueltas. Todavía se ríe del primer mote que le pusieron sus compañeras, “espagueti”, que al año siguiente pasó a ser el de “kamikaze”, por su forma de placar “y de sacar a las rivales del campo”. Lo que antes era oscuridad, se convirtió en luz. ”Era otro ambiente y otra dinámica totalmente diferente en la que todas se animaban, no había favoritismos y no eras el centro de atención”. No tenía que pensar. “Si ellas corren yo corro; si ellas van para atrás, yo también”. En el baloncesto le ocurría todo lo contrario. “Tenía que estar pensando todo el rato en un montón de cosas y el rugby me ayudó a tener un poco de paz con el deporte”, añade.

Cinco años después de todo aquello, Jazmín Garibaldi no es capaz de jugar una pachanga y divertirse al mismo tiempo. Si yerra el primer tiro no pasa nada, “pero si fallo el segundo la cabeza me trae recuerdos y es como si viviera otra vez lo mismo”. Como espectadora, sin embargo, ha disfrutado viendo los partidos de la selección durante el último campeonato del mundo. “Soy fan de todas ellas y las admiro muchísimo porque soy consciente del sacrificio que han hecho para llegar a donde han llegado”. Lo de volver a competir lo ve imposible. Ahora mismo está centrada en terminar sus estudios de medicina. De momento le tira lo de ser endocrino o nutricionista.

Jazmín Garibaldi jugando al rugby.

Atrás quedan sus recuerdos en la Jumpshoot Basketball Academy, cuando un buen día se presentó con ropa de calle “y de la misma me pusieron a entrenar”. No tuvo mal maestro. Quien dirigió sus pasos en la adolescencia fue el mítico jugador panameño Davis Peralta en unos años en que el baloncesto femenino en Panamá era un deporte bastante minoritario, “si bien ahora se le está dando bastante visibilidad”. Tan es así que hasta los 13 años se tenía que contentar con jugar en equipos mixtos con chicos. Ahora, en cambio, ya no juega con nadie.

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