En la Italia de los años treinta, el fútbol se había convertido en uno de los grandes símbolos del país. Miles de personas acudían cada fin de semana a los estadios y las victorias de la selección alimentaban el discurso de un régimen que veía en el deporte una herramienta para exhibir poder y cohesión nacional. Pero aquella pasión tenía un protagonista único: los hombres.
Para las mujeres, el balón apenas tenía espacio. La dictadura defendía un modelo de feminidad centrado en el hogar y en la maternidad, por lo que cualquier actividad considerada demasiado exigente o competitiva era vista con recelo. El fútbol, por su popularidad y por el contacto físico que implicaba, quedaba completamente fuera de ese ideal.
Por eso, cuando un grupo de jóvenes decidió organizar un equipo femenino en Milán en 1933, la iniciativa llamó inmediatamente la atención porque cuestionaba, de forma inesperada, una idea que pocos se habían atrevido a poner en duda.
Todo empezó en Milán
Detrás del proyecto estaba Giovanna Boccalini, una joven milanesa que compartía con sus hermanas y un grupo de amigas una pasión poco común en la Italia de la época: jugar al fútbol. Lo que comenzó como una afición terminó convirtiéndose en una iniciativa mucho más ambiciosa con la creación del Gruppo Femminile Calcistico (GFC).
Las integrantes del equipo eran, en su mayoría, adolescentes y veinteañeras. La más joven, Elena Cappella, tenía solo 14 años. Junto a las hermanas Boccalini (Giovanna, Luisa “Gina”, Marta y Rosa “Rosetta”) también formaban parte del grupo futbolistas como Maria Bedetti, Brunilde Amodeo, Wanda Dell’Orto, Margherita Loverro, Maria Lucchese, Ninì Zanetti y otras jóvenes que decidieron sumarse a una idea inédita en el país.

Nada estaba preparado para ellas. No existían clubes femeninos, campeonatos ni estructuras que respaldaran su iniciativa. A pesar de ello, las propias jugadoras organizaron el equipo, buscaron un lugar donde entrenarse y asumieron todas las tareas necesarias para que el proyecto saliera adelante. Sin proponérselo, acababan de escribir el primer capítulo del fútbol femenino organizado en Italia.
El permiso llegó con límites
Poner en marcha el GFC dependía de una decisión política. En la Italia fascista, ninguna iniciativa de este tipo podía salir adelante sin la autorización de las autoridades, por lo que las jóvenes presentaron una solicitud oficial para poder crear el equipo.
La respuesta llegó desde Roma. Leandro Arpinati, máximo responsable del deporte italiano, dio luz verde al proyecto. La decisión resultó inesperada, ya que hasta entonces no existía ningún precedente similar en el país.
El permiso, sin embargo, estaba sujeto a estrictas condiciones. Los encuentros debían disputarse a puerta cerrada, el balón sería más ligero que el utilizado en el fútbol masculino y las reglas se adaptaron para reducir al máximo el contacto físico. Además, las jugadoras tuvieron que someterse a evaluaciones médicas con las que el régimen pretendía demostrar que aquella práctica no suponía un riesgo para la salud femenina. El equipo había recibido autorización para jugar, pero cada paso quedaría bajo el control de las autoridades.
Entre burlas y aplausos
La creación del club no pasó desapercibida. En pocas semanas, la existencia de un equipo formado exclusivamente por mujeres comenzó a ocupar espacio en los periódicos y abrió un debate que iba mucho más allá del deporte.
Buena parte de la prensa recibió la noticia con ironía. Algunas cabeceras evitaron hablar del asunto por considerarlo una simple extravagancia, mientras que otras publicaron artículos y caricaturas en las que ridiculizaban a las jugadoras y cuestionaban que el fútbol pudiera ser una actividad adecuada para ellas.
No todas las reacciones fueron negativas. El semanario deportivo Il Calcio Illustrato decidió respaldar la iniciativa y siguió de cerca la evolución del equipo con reportajes, fotografías e ilustraciones.

El día que jugaron
Tras semanas de entrenamientos y preparativos, el GFC pudo cumplir su objetivo: disputar un partido de fútbol.
La cita tuvo lugar el 11 de junio de 1933 en el campo Fabio Filzi de Milán. Como en Italia todavía no existían otros equipos femeninos, las propias jugadoras se dividieron en dos formaciones para enfrentarse entre ellas y hacer posible aquel encuentro, el primero de estas características en el país.
Sobre el césped lucieron camisetas de rayas blancas y negras inspiradas en las de la Juventus. Aunque las autoridades habían impuesto restricciones para limitar la repercusión del evento, más de un millar de personas se acercaron para presenciar el partido. Aquella respuesta evidenció que la curiosidad por ver a mujeres jugando al fútbol era mucho mayor de lo que el régimen estaba dispuesto a reconocer y confirmó que el experimento había despertado un interés inesperado.
Un final antes de tiempo
La aventura del GFC tuvo un recorrido tan breve como intenso. Apenas unos meses después de su creación, el proyecto comenzó a perder el respaldo que había hecho posible su nacimiento.
El cambio llegó con la salida de Leandro Arpinati, uno de los pocos dirigentes que había permitido la experiencia. Su relevo por Achille Starace supuso un giro en la política deportiva del régimen, mucho menos dispuesto a tolerar la presencia de mujeres en un deporte que seguía considerándose exclusivamente masculino.
Sin apoyos y cada vez con más obstáculos para desarrollar su actividad, el GFC terminó desapareciendo antes de que acabara 1933. Con él también se desvaneció el primer intento de organizar el fútbol femenino en Italia. Habría que esperar hasta finales de la década de 1960 para que nuevas iniciativas devolvieran a las mujeres a los terrenos de juego y comenzara a construirse, esta vez de forma más estable, el futuro de este deporte en el país.

El recuerdo del GFC
Durante décadas, el club milanés fue prácticamente olvidado. Su breve trayectoria y la ausencia de una continuidad inmediata hicieron que la historia de aquellas jóvenes quedara relegada a unos pocos documentos y recortes de prensa.
Solo con el paso del tiempo investigadores e historiadores comenzaron a reconstruir quiénes fueron aquellas futbolistas y qué significó realmente su iniciativa. Ese trabajo permitió devolver al GFC el lugar que nunca había ocupado en el relato del fútbol italiano.
Uno de los reconocimientos más simbólicos llegó en 2021, cuando el Ayuntamiento de Milán dio el nombre del equipo a una calle del Parco Sempione, como reconocimiento al valor de unas jóvenes que decidieron jugar cuando hacerlo parecía impensable. Casi un siglo después, sus nombres forman parte, por fin, de la historia que ayudaron a empezar a escribir.

