El mundo, ya lo sabemos, está polarizado, enfrentado, dividido como pocas veces lo hemos visto. Dicho de una forma literaria, el mundo está demediado. En mi juventud leí como un poseso las hermosas novelas de Italo Calvino. Una de ellas llevaba por título el sugestivo de “El vizconde demediado” Era una parábola, con muchas dosis de filosofía, sobre la naturaleza humana, sobre esas dos almas que nos enfrentan. Un cañonazo de guerra turco alcanza al vizconde Medardo de Terralba y lo parte por la mitad. Cuando regresa a sus posesiones, lo hace con sus dos mitades. Una es bondadosa y generosa, preocupada por los demás. La otra, cruel y perversa, obsesionada por fastidiar al prójimo. Sus lugareños reaccionan con confusión y desconcierto ante esas dos mitades tan contrapuestas. Algo pasa así en la política de nuestros días, que protagoniza una lucha fratricida entre buenos y malos. Colombia, al igual que Perú, asiste a esa pelea electoral encarnizada.

La primera vuelta de las elecciones colombianas ha arrojado un resultado que deja al país al borde del abismo político y social. Lo preocupante no es que los dos candidatos defiendan posiciones, programas y propuestas distintos o, incluso, contrapuestos. Lo inquietante es que ambas formaciones, que recogen las dos sensibilidades extremas del país, se han jurado un odio africano. Y eso, en un país con la tradición de Colombia, es mucho. Abelardo de la Espriella, el candidato de la ultraderecha con el Movimiento Defensores de la Patria, ha obtenido un 43,7% de los votos. Es un mediático abogado penalista, conocido por sus posiciones extravagantes y extremas y por haber defendido a paramilitares. Quiere acabar con todo y fracturar el sistema político tradicional. Se define como un ultraconservador, miembro de la creciente bandada trumpista latinoamericana, junto a Milei y Bukele y, en menor medida, Kast y Novoa. Pregona la “mano dura” contra los grupos armados, mayor seguridad, la defensa del libre mercado y decidida beligerancia contra el progresismo.

En el otro lado, aparece Iván Cepeda, heredero de Gustavo Petro y representante de la extrema izquierda con el Pacto Histórico. Obtuvo un 40,9% de apoyo electoral. Enemigo feroz de Alvaro Uribe, es un senador, filósofo y defensor de los derechos humanos, considerado uno de los más respetados líderes de la variopinta izquierda colombiana. Aspira a conformar un segundo gobierno progresista en la historia de Colombia. Propone profundizar en las reformas sociales, la igualdad, la defensa de las minorías y lograr una salida negociada con los grupos armados que operan en la geografía colombiana. Opciones más moderadas como las encarnadas por la uribista Paloma Valencia o el siempre interesante Sergio Fajardo no han merecido el refrendo del votante. El resultado no ha dejado de ser una sorpresa, pues Cepeda era el indiscutible favorito. El presidente Petro, siempre alejado de la prudencia y la contención, no dudó en señalar que había habido fraude en el conteo.

Por mucho que se firmasen los acuerdos de paz impulsados por el presidente Santos, por mucho que se hayan desarmado guerrillas, por mucho que se hayan atacado al narcotráfico, la realidad es que la presencia de los grupos armados y de los nuevos reyes del narcotráfico siguen siendo una realidad en el país. Una realidad que enfrenta y divide a la sociedad colombiana, pues ve complacencias y connivencias de unos con otros.
La economía colombiana que deja un presidente tan errático como ha sido Petro es, cuando menos asimétrica. Por un lado, ha mejorado los datos de pobreza, desempleo y salarios. Por, otro el crecimiento está estancado, la inversión internacional deprimida y el déficit fiscal elevado.
De acuerdo con el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), la pobreza multidimensional se ha situado por primera vez por debajo del 10%, una mejora sensible frente al 11.5% registrado en 2024. Unas 800.000 personas salieron de esa condición. Pero, el gobierno de Petro termina con un déficit fiscal de casi el 7% del PIB y una deuda pública que supera el 64% del PIB. Una deuda que se destinó al gasto corriente y a programas sociales, en lugar de a inversión en infraestructuras. Una inversión pública y privada que ha caído hasta el 16% del PIB, la peor de los últimos 20 años. Al tiempo, el crecimiento ha sido débil en estos años, entre un 1,5% y un 2%, muy por debajo de los anteriores periodos, que alcanzaba el entorno del 3,5%, o el 7% de 2022. Los últimos datos de inflación tampoco son buenos, pues se acerca al 6%. Aunque el desempleo está en un 9%, la denominada economía informal, la sumergida, sigue cobrando un peso muy elevado en el país.
El Center for Economic and Policy Research, en un reciente análisis de la economía colombiana concluye que ha realizado importantes avances en reducción de la pobreza, distribución de tierras, aumento salariales y elevación del gasto social. Pero también destaca una política monetaria restrictiva, que ha limitado inversión y crecimiento. Más duro son las conclusiones del analista económico Edwin Moreno en “La República”, al concluir que: “Petro no deja una economía colapsada, pero sí una economía más frágil, más vulnerable y con menores bases para crecer de manera sostenible”. Y continúa afirmando que “el próximo gobierno no hereda una economía destruida, pero sí una economía donde varias fragilidades empiezan a reforzarse entre sí: menos inversión, menor productividad, mayor presión fiscal, riesgos energéticos, deterioro de la seguridad y pérdida de confianza”.
El café sigue siendo una de las joyas de la corona de la economía colombiana para la obtención de divisas, pero también destaca en floricultura, automóvil, textil, petróleo, carne y esmeraldas, oro, zafiros y diamantes.
El próximo 21 de junio Colombia elige un nuevo presidente. El resultado electoral es incierto, tan incierto como lo que pasará el día después. No sé qué ocurre a la humanidad que, en lugar del consenso, del encuentro, de los puntos comunes, opta por el enfrentamiento, y la división. Por una de esas dos mitades del vizconde de Calvino. Y, eso, en la tradición de Colombia es mucho.

