Visionarias

Daphne Koller, la científica que enseña a las máquinas para mejorar la vida de las personas

Su desafío es muy ambicioso porque ella continúa utilizando la inteligencia artificial para acelerar el descubrimiento de nuevos medicamentos y cambiar la manera en que la medicina comprende enfermedades

Hay investigadores que dedican su carrera a responder preguntas. Daphne Koller (Jerusalén, 1968) se pone del otro lado y transforma el futuro generando preguntas buscando satisfacer nuestras necesidades con la ayuda de las máquinas. Primero se dedicó a entender la inteligencia artificial, cuando todavía era un territorio reservado a laboratorios universitarios. Después, con la creación de Coursera, una plataforma que democratiza el acceso al conocimiento para estudiantes de todo el mundo, cambió su estrategia para enseñar a sus alumnos. Su desafío es muy ambicioso porque ella continúa utilizando la inteligencia artificial para acelerar el descubrimiento de nuevos medicamentos y cambiar la manera en que la medicina comprende enfermedades como la esclerosis lateral amiotrófica (ELA).

La trayectoria de Koller está marcada por su manera de valorar la tecnología para satisfacer y mejorar la vida de las personas. Su fascinación inicial por las matemáticas nunca fue puramente intelectual. “Me enamoré de la belleza intelectual de los modelos matemáticos del mundo real, de la elegancia de tomar algo complejo y difuso y convertirlo en un sistema matemático capaz de hacer predicciones y ayudar a tomar decisiones inteligentes”, ha explicado. Sin embargo, pronto apareció uno de los grandes retos de su carrera. “La elegancia está muy bien, pero ¿ayuda a alguien? ¿Puedo sentir realmente el impacto que tiene en la vida de las personas?”.

Una infancia marcada por la curiosidad intelectual

Nació en Jerusalén en una familia donde la curiosidad intelectual era parte de la vida cotidiana. Su padre era botánico y su madre profesora de inglés. La educación ocupaba un lugar central en casa y ella avanzó en su educación a un ritmo poco habitual. Mientras todavía cursaba la enseñanza secundaria asistía también a la universidad. Obtuvo un máster en Ciencias de Computación con apenas 18 años, completó el servicio militar obligatorio en Israel y, con 21, se trasladó a Estados Unidos para iniciar el doctorado en la Universidad de Stanford junto a quien después sería su marido.

Mirando atrás, reconoce que aquella decisión exigía una enorme dosis de inconsciencia. “Admiro la audacia de aquella joven de 21 años que se mudó a otro país sin saber realmente lo que le esperaba. Simplemente avanzaba. No dejaba que los obstáculos o el hecho de no saber exactamente qué estaba haciendo me detuvieran” ha dicho de sí misma. Esa misma actitud fue la que décadas más tarde la llevó a abandonar su prestigiosa carrera académica para dedicarse a la enseñanza.

El peso de los premios académicos

Durante años, Koller fue una de las investigadoras más influyentes del departamento de Ciencias de Computación de Stanford. Sus trabajos en aprendizaje automático, modelos probabilísticos e inteligencia artificial la situaron entre las voces más respetadas del campo. Los premios comenzaron a llegar muy pronto, pero el éxito terminó convirtiéndose en una inesperada carga. “Había recibido muchos reconocimientos académicos, pero siempre eran premios otorgados por un grupo relativamente pequeño de especialistas”, recuerda. Cuando recibió una de las mayores distinciones científicas de Estados Unidos, la reacción fue de desconcierto. “Pensé. ¿Qué he hecho para merecer esto?. Pasé gran parte de mi carrera intentando ganarme ese reconocimiento, pero lo realmente quería era que mi trabajo tuviera significado”.

La oportunidad surgió con Coursera. Junto a Andrew Ng decidió convertir los cursos universitarios abiertos en una plataforma capaz de llevar la educación de las mejores universidades a cualquier persona con conexión a internet. La decisión suponía abandonar la estabilidad de Stanford para crear una empresa desde cero. “No tenía ni idea de cómo se construía una empresa. Fue como saltar desde un precipicio sin saber dónde estaba el suelo”. Aun así, la magnitud del reto compensaba el vértigo. “Lo hice porque vi una oportunidad extraordinaria para generar un impacto masivo”.

Lo consiguió. Hoy Coursera reúne a alrededor de 150 millones de estudiantes en todo el mundo desde donde ofrece un nuevo concepto de educación continua. Koller rechaza una de las críticas habituales dirigidas a los cursos masivos en línea por sus bajas tasas de finalización. “Muchos estudiantes no tienen intención de completar un curso”, explica. “Lo utilizan igual que alguien toma un libro de una biblioteca, lee unos capítulos y siente que ya ha aprendido lo que necesitaba”.

Atraer a más mujeres hacia la tecnología

Para Koller, la educación siempre ha sido un instrumento de transformación social. Esa convicción también explica su interés por atraer a más mujeres hacia las disciplinas tecnológicas. En su experiencia, muchas encuentran una motivación especial cuando la informática deja de presentarse como una disciplina abstracta. “Las mujeres suelen sentirse más atraídas cuando la informática se vincula con problemas reales”, sostiene. “Cuando hablamos de cómo utilizar los ordenadores para mejorar la educación o la sanidad, la disciplina resulta mucho más atractiva”. En su opinión, mostrar desde edades tempranas el potencial social de la tecnología es una de las herramientas más eficaces para aumentar la diversidad en las carreras STEM.

Ese mismo enfoque explica el siguiente giro de su carrera. Tras abandonar Coursera fundó Insitro, una empresa biotecnológica que combina inteligencia artificial y biología para reducir el enorme coste del desarrollo farmacéutico, que supera los 2.000 millones de dólares por medicamento.

La idea parte de un cambio tecnológico que considera decisivo. Durante décadas, la biología generaba pocos datos y resultaba difícil aplicar técnicas de aprendizaje automático. Hoy, gracias a herramientas como la automatización, la secuenciación genética, CRISPR, la microscopía avanzada o los organoides, los laboratorios producen cantidades masivas de información que permiten entrenar modelos de inteligencia artificial con una precisión impensable hace solo unos años.

12.000 millones de neuronas para entender la ELA

Entre los proyectos de los que se siente más orgullosa figura una investigación destinada a comprender la ELA. Su equipo generó más de 12.000 millones de neuronas motoras procedentes de pacientes y de individuos sanos para construir, mediante inteligencia artificial, el primer eje predictivo de progresión de la enfermedad. “No hablamos todavía de una cura. Hablamos de modificar la enfermedad. Se trata de cambiar realmente su evolución”. El objetivo final sigue siendo detenerla por completo, aunque reconoce que todavía queda camino por recorrer. “Espero que algún día podamos lograrlo”.

Su visión de la inteligencia artificial se aleja tanto del entusiasmo ingenuo como del catastrofismo. Para Koller, el verdadero potencial de esta tecnología consiste en ofrecer a la biología un marco predictivo comparable al que el cálculo supuso para la física. “Lo que intentamos construir es una base formal para la biología humana que permita hacer predicciones que sean correctas la mayor parte del tiempo”, explica. “Es uno de los grandes santos griales de la humanidad”. Si ese objetivo llega a alcanzarse, los científicos podrán saber con mucha mayor precisión qué experimentos merece la pena realizar y cuáles tienen mayores probabilidades de éxito. “Siempre habrá una parte de nosotros que seguirá trabajando para construir algo mejor”, responde.

Desde la universidad hasta los laboratorios de biotecnología, pasando por las aulas virtuales de millones de estudiantes, Daphne Koller defiende que el uso de la inteligencia artificial no es un fin en sí mismo. Su verdadero valor aparece cuando deja de admirarse por su elegancia matemática y comienza, por fin, a mejorar la vida de las personas.