En algún lugar de Ceuta hay un adolescente enfermo al que nadie consigue poner nombre. Llegó al hospital con fiebre muy alta y necesitaba permanecer ingresado, pero el miedo pudo más que el malestar. En cuanto encontró una oportunidad, se levantó y huyó. Regresó a la calle todavía febril y no se sabe si encontró refugio entre otros jóvenes o si alguien le proporcionó los medicamentos que necesitaba. Solo se conoce la razón de su fuga. Estaba convencido de que, si permanecía allí, acabarían devolviéndole a Marruecos.
El caso nos lo cuenta la enfermera Elisabeth Muñoz Vallejos, secretaría general del sindicato SATSE en Ceuta y representante de CEMSATSE en la junta de personal del INGESA. Es una de tantas historias que circulan entre el personal sanitario durante estos días de agotamiento. El menor aprovechó un descuido de los profesionales para abandonar el hospital. Huyó de la posibilidad de ser identificado, registrado y deportado.
Se habla de 2.168 menores localizados e identificados por la Policía desde el 30 de julio y de centros desbordados. Según la organización Save The Children, unos 4.000 niños todavía permanecen fuera del sistema. Algunos se presentan con un nombre incompleto, otros aseguran no recordar su fecha de nacimiento y la mayoría evita tanto a los agentes como a los servicios sociales. Son, de momento, los niños sin nombre.
En el Hospital Universitario de Ceuta, la crisis migratoria obliga a trabajar con pacientes de los que se desconocen los antecedentes médicos, las vacunaciones, las enfermedades previas o incluso la edad exacta. A la dificultad clínica se suman las barreras lingüísticas y, sobre todo, la desconfianza. La tensión también ha provocado situaciones insólitas. Un médico experto en enfermedades infectocontagiosas consultado por Artículo 14 nos relató el caso de un menor marroquí hospitalizado que recibió una visita y, en algún momento, ambos comenzaron a fumar marihuana.
El episodio obligó a intervenir al personal, encargado de mantener la seguridad en un espacio sanitario ya sometido a una presión excepcional. Nos indica que es importante no convertir esta conducta en el retrato de todos los llegados, pero tampoco ocultarla. “El hospital está absorbiendo situaciones médicas, sociales y de orden interno para las que no está preparado”. Una fuga y un porro dentro de una habitación son hechos muy distintos. Sin embargo, ambos muestran hasta qué punto el centro sanitario se ha transformado en el escenario de una emergencia que rebasa lo estrictamente clínico.
Aya salió de casa con lo puesto
Algunos de esos menores sí han permitido que se conozca una parte de su historia. Aya tiene 17 años y vivía en Rincón, la localidad marroquí de M’diq, donde estudiaba Peluquería. La noche de la entrada masiva, su hermano de 14 años la despertó para anunciarle que iba a cruzar a España. Ella no le creyó. Consultó el teléfono y vio los vídeos que recorrían las redes. Decenas de personas avanzaban hacia Ceuta y la frontera parecía abierta. Salió precipitadamente de casa, sin preparar una mochila ni despedirse. Caminó unos 22 kilómetros en la oscuridad, guiándose por las luces de los móviles de quienes recorrían la misma ruta. Después se lanzó al mar.
Alcanzó Ceuta con las piernas heridas, descalza y empapada. Pasó dos noches sola antes de que Zohra Mohamed, una vecina de 62 años y abuela de once nietos, la encontrara en un callejón. La muchacha todavía llevaba la ropa mojada. Zohra se la llevó a casa y comenzó a buscar un lugar seguro para ella. En las fotografías publicadas, Aya mordisquea nerviosamente un colgante con forma de mariposa.
Ilhame quiere ser enfermera
Ilhame tiene 15 años y procede de Río Martín. Cruzó a nado con varias amigas, pero las perdió durante la travesía o en el caos posterior. No sabe dónde están. Una vecina llamada Wafa la acogió en la habitación de su hija. En la misma casa dormían otras cuatro menores, algunas sobre un sofá de dos plazas. Wafa debía mantener también a sus hijos, ayudar a su madre y pagar el alquiler, pero seguía regresando al supermercado para comprar más comida. No podía asumir aquella responsabilidad y tampoco era capaz de abandonarlas.
Cuando le preguntaron a Ilhame por qué había venido, respondió que quería estudiar Enfermería. No todos los menores llegan con un plan realista, pero casi todos traen una idea de lo que desearían ser. Peluquera, enfermera, mecánico, futbolista o trabajador capaz de ayudar a sus padres. Sus proyectos pueden estar construidos sobre una imagen ingenua de Europa, pero no son menos humanos por ello.

Un teléfono como única brújula
Siraj, de 16 años, también atravesó el mar el 30 de julio. Cuando escuchó que España y Marruecos habían acordado colaborar en los retornos, escribió inmediatamente a un amigo. En menos de media hora, el mensaje recorría los grupos de WhatsApp de los jóvenes.
Se aferran al teléfono porque les sirve para llamar a casa, encontrar a los amigos con los que cruzaron, traducir una indicación o descubrir dónde se está repartiendo comida. Pero también es el instrumento por el que recibieron las mentiras que los empujaron hasta Ceuta.
Ayoub El Abyad, de 16 años, se encontraba a doce horas de la frontera cuando vio en Instagram los vídeos de quienes parecían haber conseguido entrar. Viajó hacia el norte con un primo, haciendo autostop. Tomó la decisión con la velocidad con la que se comparte una publicación. Así se produjo el contagio colectivo.
Los que tienen una familia que los busca
La expresión menor no acompañado puede sugerir que todos son huérfanos o niños abandonados. No es así. Algunos proceden de hogares extremadamente vulnerables, pero otros estudiaban, vivían con sus padres y desaparecieron sin avisar. Hay familias marroquíes que solo supieron que sus hijos habían marchado cuando dejaron de responder al teléfono. Otra, aun deseando su vuelta, temen que el adolescente vuelva a intentarlo por una ruta todavía más peligrosa.
Algunos evitan los centros de acogida porque circuló el rumor de que registrarse equivalía a aceptar la repatriación. Por esa razón duermen bajo coches, detrás de contenedores, en playas, parques y portales. No estar identificado les parece una forma de protección, aunque en realidad los deja mucho más expuestos a la violencia, la explotación y la enfermedad.
Ante el desbordamiento institucional, fueron muchos vecinos quienes comenzaron a poner nombres donde la Administración todavía solo veía números. Wafa abrió su casa. Zohra acogió a Aya. Rajaa salió de madrugada al escuchar los gritos de una niña de 12 años que dormía detrás de un contenedor y estaba siendo acosada.
En una pista deportiva de la barriada de Sidi Embarek, los vecinos instalaron tiendas y colchones para proteger a las niñas. Durante la primera jornada llegaron cincuenta; al caer la noche ya eran más de cien. Comenzaron a apuntar sus nombres en un cuaderno blanco hasta superar los doscientos registros. Aquel cuaderno rudimentario adquirió el valor de un censo. Escribir el nombre de una niña era confirmar que estaba viva. Entre ellas estaban Jamnat, de 17 años, y Zineb, de 16. Una procedía de Castillejos y la otra de Agadir. Se conocieron en Ceuta y decidieron mantenerse juntas. Cuando les preguntaban si eran amigas, unían los dedos para dibujar un corazón.
Poner rostro a estos menores no significa idealizarlos. Pueden mostrarse asustados, generosos, desconfiados, impulsivos o desafiantes. Algunos incumplen las normas y otros sobreviven ocultándose. Humanizarlos significa permitirles esa complejidad. Jennifer Zuppiroli, especialista en migración de Save the Children lanza una advertencia: “En una crisis de esta magnitud, las niñas y adolescentes pueden volverse especialmente invisibles. No basta con contar cuántas niñas y adolescentes han llegado: necesitamos saber quiénes son, dónde están y cuáles son sus necesidades. Una adolescente que está sola y fuera del sistema puede ser extremadamente vulnerable a la violencia, la explotación o la trata de personas”.

