El verano trae consigo muchas alegrías: vacaciones (para quien puede disfrutarlas), días más largos y tiempo que invita a pasar más horas (aunque sean nocturnas) en el exterior. Sin embargo, en los últimos años también es un momento de crecimiento exponencial para la soledad estacional; un fenómeno cada vez más frecuente en la época estival y que se acrecienta con los cambios en las rutinas sociales y el mítico FOMO (Fear of missing out) tan habitual durante estas fechas.
Algo que no solo se refiere a las experiencias de otros en las redes sociales, pero que sí se mide (cada vez más) bajo este prisma; “el dolor emocional puede amplificarse en verano para quienes están socialmente aislados o sienten que se están perdiendo las experiencias que otros disfrutan” razona John Ogrodniczuk en su análisis al respecto para Psychology Today. Una teoría que también respalda Robin Dunbar, desde una perspectiva que apela al contacto frecuente como base de seguridad para las amistades, especialmente para mantenerse en los círculos más íntimos. De hecho, la Universidad de Cardiff llevó a cabo un estudio en 2019 que ya concluía que la soledad es el factor que más explica el deterioro del bienestar psicológico por encima de otros problemas asociados a esta época del año.
No obstante, la amistad cada vez depende menos de factores de antaño como la proximidad o los objetivos vitales comunes, y cada vez más de la intencionalidad como casi último reducto. Algo sobre reflexionó de forma personal y analítica el periodista Juanjo Villalba, en un tema que fue viral y sigue trayendo resonancia hacia el colaborador con base en Barcelona. “Escribí el artículo porque la amistad (las relaciones en general pero sobre todo la amistad, que quizá a veces se le presta menos atención) está amenazada por múltiples cosas, como aparece en el desarrollo del tema”.

De hecho, tras publicar el artículo, Villalba empezó a ser consciente del impacto que acarreó. “Creo que toqué un punto que a la gente le estaba molestando mucho”, reconoce. “No te puedes imaginar la cantidad de gente que se refiere a este tema cuando me conoce… Básicamente, me da la sensación de que hay un problema generalizado con que mucha gente no puede relacionarse con sus amigos con normalidad en el mundo real”, dice el periodista. Sobretodos reconoce que es un tema al que no se le da la suficiente importancia (“aunque cada vez más”), especialmente en lo que nos afecta.
“Una de estas cosas es el precio de la vivienda en ciudades como Madrid, que ha fragmentado algunos grupos de amigos”, explica el autor y colaborador en varios medios nacionales. En general, todos ellos son temas “muy actuales”, también porque tal y como reconoce, “estamos saturados de las redes sociales y creo que estamos sedientos de realidad”, concede.
Si hay algo que dejan claro los psicólogos es que la amistad ya no depende de la proximidad, sino de la intencionalidad; pero también que en este escenario, la tecnología está jugando un doble papel: ayuda a mantener vínculos, pero “no sustituye la profundidad de las relaciones”. De hecho, la psicóloga feminista Ianire Estébanez (@ianiereestebanez) asegura que las redes sociales “modifican la forma de relacionarnos, pero no eliminan la necesidad de establecer vínculos seguros, respetuosos y auténticos”.

Aunque Estébanez lo aplica también desde las relaciones de pareja, la recurrencia es la misma cuando se trata de amistades: “¿Por qué no me ha contestado?”, “ha visto el mensaje, “o ha subido una historia pero no responde” son en ocasiones motivos para malentendidos y situaciones de ansiedad que no hacen sino un flaco favor a un sólido y nutrido vínculo entre dos amigos. En este caso, tal y como especifica, es la información sobre la disponibilidad del otro lo que puede generar este malestar; algo que, tal y como especifica la bilbaína, afecta más tangencialmente a las nuevas generaciones para las que internet ya no es un espacio separado de la vida: Ya que las nuevas tecnologías forman una parte esencial “de nuestro presente, la juventud vive, se socializa y crece en este espacio virtual”.
A pesar de que usar la tecnología para mantenernos en contacto no sea algo dañino per se, la psicóloga mantiene que la calidad del vínculo sigue estando “fuera de la pantalla”. Tal y como apuntan las investigaciones más recientes sobre bienestar social y soledad, la amistad necesita habilidades humanas (escucha, empatía, reciprocidad) que la tecnología solo facilita (mediante ese canal). Así, uno de los retos actuales tanto para las nuevas como el resto de generaciones pasa por distinguir presencia de disponibilidad; “nunca habíamos estado tan localizables y, al mismo tiempo, tan necesitados de presencia auténtica”. Tal y como sostiene la investigadora Julianne Holt-Lunstad (a la que también se refiere Villalba) la conexión social es fundamental para cubrir la necesidades humanas; “todo quizá se resume en ese carácter mediterráneo que es parte de nuestra personalidad y que nos ha mantenido durante siglos. Ahora lo echamos de menos porque, en el fondo, sabemos que algo no va bien”, dice el periodista.
En base a esta teoría lo que Hold-Lunstad defiende es que no vivimos una falta de conexión social, sino una crisis de “vínculos significativos”. Como se dice popularmente (no es la cantidad sino la calidad), una de las ideas que más se repiten en sus lecturas es la de que una persona puede vivir sola y tener una vida social rica, mientras que puede estar rodeada de personas y sentirse profundamente sola. Parece una idea obvia pero una reciente revisión publicada en World Psychiatry insiste en que el baremo a buscar en el equilibrio interno es el de afianzar los tres pilares básicos (que defiende la autora): sentirse apoyado, tener relaciones de confianza y experimentar reciprocidad. A fin de cuentas “la salud no depende solo de lo que comemos o del ejercicio que practicamos, sino también de la calidad de nuestras relaciones”, tercia la catedrática en psicología y neurociencia estadounidense.

El problema ocurre cuando, además ese vínculo(s) o red que nos sostiene se rompe o desintegra; no solo porque, tal y como apunta el antropólogo y psicólogo evolutivo Robin Dunbar, nuestra forma de entender la amistad ha cambiado en lo últimos años, sino porque también esa capacidad para mantener relaciones profundas es cada vez más limitada. Más allá del conocido “número de Dunbar” (alrededor de 150 relaciones estables), su aportación más relevante es que nuestras amistades se organizan en círculos de distinta cercanía: apenas cinco personas suelen formar nuestro núcleo más íntimo y unas quince constituyen nuestro círculo de apoyo emocional. Mantener a alguien en ese espacio requiere una inversión constante de tiempo, atención y experiencias compartidas; por eso, muchas rupturas amistosas no responden a un conflicto concreto, sino a los cambios inevitables de la vida. “Cuando aparecen nuevas responsabilidades (pareja, hijos, un cambio de ciudad o un trabajo absorbente) el ‘presupuesto’ de tiempo y energía se redistribuye, y algunas relaciones pasan, de forma natural, a un segundo plano”.
No es casualidad que, con el paso de los años (y el tiempo), esta problemática haya saltado a la palestra pública y, quizá primero, también a la ficción. Un ejemplo es Se Tiene Que Morir Mucha Gente, la novela de la humorista y podcaster Victoria Martín, que Movistar + ha adaptado al formato televisivo y que refleja esa brecha social y personal entre tres amigas del colegio en momentos vitales muy diferentes.
Además, tal y como reflexiona Villalba, cada vez más, y también “van saliendo algunos libros, como el de Amiga Mía (de Raquel Congosto), a quien entrevisté”. Pero también se trata de algo precisamente cada vez menos individual y más colectivo, una problemática quizá a la que hacer frente de forma conjunta. “Siento que hay un movimiento callado y que, a pesar de si termina en algo más o menos global, nos lleva al punto de que las redes sociales nos están amargando la vida por muchos lados. Lo peor es que creo que nos lo estamos haciendo nosotros mismos porque, al final, hemos dejado en manos de ‘estas personas’ nuestra vida entera”, reflexiona.
Precisamente lo que los investigadores de Cardiff resaltaban no era el hecho de que el verano cree soledad, sino que evidencia aun más la distancia en la vida que ya tenemos (y también la que creemos que tienen los demás). “No sé si ha habido un cambio como tal, pero al menos nos hemos concienciado de que hay que cosas cambiar”, tercia al respecto Villalba. “Ojalá en 20 años miremos atrás y nos preguntemos cómo fuimos capaces de disociarnos tanto”.

